• 23 marzo, 2010


El espejo trizado del país “cuasi desarrollado” ha puesto en escena una imagen más humana. Lo que no se ha desvanecido es la imagen de Chile. Pero lo que emerge es la imagen de los chilenos.


“¿Con qué impresión se quedó de Chile y de los chilenos después del terremoto?” Tal fue la pregunta que
hicimos en Feedback a muchos amigos, amigas, conocidos y clientes extranjeros, todos residentes en sus respectivos países. Les solicitamos que nos respondieran con una imagen o en pocas palabras. Y la sorpresa fue mayor: no sólo tuvimos rápidas y masivas respuestas, sino que nos llegaron largos textos; la verdad es que, en algunos casos, interminables.

El terremoto había logrado, al menos, algo que siempre ha sido deseado: poner a Chile por algunos días en el centro del mundo. Lograr la atención es algo que todos queremos en algún momento. Pero si la estima y el alma andan resquebrajadas, puede llegar a ser como una droga. Leímos una y otra vez las imágenes que nos llegaban sobre Chile, sobre nosotros, tratando de desentrañar las distintas miradas y de encontrarnos en esos textos ajenos.

En casi todos estos correos internautas subyacía que se había trizado el espejo en el que nos vemos: nuestra imagen país, cultivada en la aspiracionalidad y en la formalidad, no resistió. Las ondas de los 8,8 traspasaron nuestras fronteras. Y si partes de nuestra costa del Pacífico se habían alterado para siempre, nuestra imagen país se develó y nos expuso como nunca. Tunick se habría extasiado: todo el país quedaba al desnudo. Perdimos el pudor y, quizás, por vez primera nos mostramos hacia fuera tal como somos. Ante los ojos extranjeros surgieron lo bueno y lo malo. Y lo notable es ver cómo conviven en las distintas impresiones.

De lo malo, se recoge que no éramos como decíamos que éramos. Al final, el niño mateo del barrio, el que hacía todas las tareas, el cumplidor, tenía asignaturas pendientes. Las críticas más odiosas tienen relación con la improvisación, la lentitud de la respuesta gubernamental, con el supuesto fantasma vigente del rol de las FF.AA. y, sobre todo, con los bolsones de pobreza que parecían ocultos para el mundo y, al parecer, para los propios chilenos.

Hay dos escenas que se suceden y refuerzan, las que muestran consistentemente una imagen crítica de nuestro comportamiento. La primera es la del gobierno saliente subestimando el desastre y desestimando la ayuda extranjera. Esto se ve como soberbia y un exagerado orgullo nacionalista. La otra es el modo cómo los chilenos se mostraban extrañados y choqueados por el pillaje y los saqueos. Era como si nos hubiéramos creído el mito, creado por nosotros mismos, de ser los ingleses de Latinoamérica, el jaguar, el cuasi país desarrollado.

Esto nos respondieron:

“La primera impresión fue la soberbia de Chile, tratando de proyectar una imagen de superioridad y que no necesitaban de la ayuda de otros países…”. “Primero, diciendo que Chile no necesita ayuda, después extrañados por el pillaje. Una imagen confusa, como si no conocieran su propio país, es una ironía”.

Pero en los mismos correos también convive otra mirada, que es la que ordena el texto y lo cierra: la impresión sobre los chilenos, ya no como país, sino como personas, en nuestros rasgos de personalidad,
carácter y condición frente a un desastre mayor. No quiero pecar de esa soberbia nacionalista antes mencionada, pero de manera uniforme se destaca el modo en que finalmente los chilenos se reponen y se paran frente a la situación que viven.

Las palabras que más se repiten son dignidad, seriedad, solidaridad, coraje, educación. En definitiva, palabras que dan cuenta de la convicción de un pueblo para enfrentar y salir adelante, frente a
lo que se entiende como un megaterremoto.

Así lo expresaron nuestros consultados:

“Aprecié positivamente la unión entre los presidentes entrante y saliente”. “La impresión de los chilenos es muy buena, muy preparados, educados y muy solidarios”. “La imagen de un Chile próspero y de primer mundo se vio contrastada con las imágenes iniciales. Pero a la vez se vio un país unido, institucionalmente fuerte, una presidenta capaz y digna y un presidente entrante, cuya imagen era un
poco frívola, pero se ve muy preparado a enfrentar una situación que va a requerir de muchísimo esfuerzo colectivo”.

El espejo trizado del país “cuasi desarrollado” ha puesto en escena una imagen más humana. Lo que no
se ha desvanecido es la imagen de Chile. Pero lo que emerge es la imagen de los chilenos.

El país está en condiciones de salir adelante y nadie en el mundo parece dudar que lo pueda hacer. Y como ha dicho el presidente Piñera, hay una oportunidad de que la reconstrucción nos conduzca a un país efectivamente mejor. Y en este plano, como bien dice The Economist, el desafío de la elitista tecnocracia que gobierna es cómo se maneja frente a un país que se ha vuelto más pobre y socialmente más desigual.

Pero en el plano de la imagen de país se pueden capitalizar desde ya atributos de “marca” que hemos proyectado estos duros días, y salir fortalecidos. Por lo mismo, no creo que funcione la campaña de Imagen País realizada en los países que colaboraron con Chile que dice GRACIAS. Ese agradecimiento publicitario es parte de un modo correcto y compuesto en retirada después del terremoto. Es poco creíble y gatilla más un golpe de soberbia que identificación. El capital de imagen que se ha develado tiene más
relación con el coraje, la resolución y la solidaridad de los chilenos. Allí están la posibilidad de diferenciación… y la oportunidad.