Se ha puesto de moda que algunas botellas lleven la firma de su enólogo pero, ¿se puede hablar de autor en una industria como la del vino? POR MARCELO SOTO

  • 27 junio, 2008

 

Se ha puesto de moda que algunas botellas lleven la firma de su enólogo pero, ¿se puede hablar de autor en una industria como la del vino? POR MARCELO SOTO

¿Quién es el creador de un vino? Tradicionalmente se piensa que el enólogo es el gran responsable del carácter de una botella. Sin embargo, en países como Francia es mucho más importante el dueño de la viña. Pocos consumidores podrán decir quién es el enólogo de Château Mouton, por ejemplo, pero seguramente sabrán que detrás de esa etiqueta está la familia Rothschild. La pregunta cobra actualidad cuando se observa entre las viñas chilenas la moda creciente –y pretenciosa– de poner la fi rma del enólogo en ciertas botellas. Como si fuesen el autor de un libro o de una canción. ¿Pero es lo mismo?

Habría que recordar que la idea de autor se puso de moda en los 60 en otra industria: la del cine. Supuestamente, cineastas como Bergman o Fellini eran autores, en contraposición a los artesanos de Hollywood. Un estereotipo bastante discutible, pues en California había creadores como Billy Wilder o John Huston, capaces de dotar de una mirada personal la más estándar de las cintas.

En el vino, como en la pantalla grande, mucha gente trabaja para lograr que una botella alcance una calidad determinada –y en el mejor de los casos se haga memorable–, pero generalmente es el enólogo quien se lleva los aplausos. Como los directores que deciden el corte final de una película, el enólogo es quien determina la mezcla que llega a la botella.

Siguiendo con analogías cinéfilas, hay enólogos que trabajan según lo que dicta el mercado, pero también los que se guían por sus propia convicciones. Se podría decir que Marcelo Retamal, de viña De Martino, pertenece al segundo grupo: una suerte de Scorsese de la enología, un tipo obsesivo, perfeccionista, cuyos vinos siempre tienen algo que lleva su marca, por muy masivos que sean.

La última “creación” de Retamal es 347 Vineyards, una línea cuyo nombre remite a la pulsión del enólogo por encontrar el terroir perfecto, una búsqueda que lo ha llevado a hacer vinos con uvas de centenares de viñedos a lo largo y ancho de Chile. Hemos probado el Cabernet Sauvignon 2007 de esta nueva etiqueta y es un vino notable; más, si se advierte que apenas supera los 4 mil pesos.

Este tinto proviene de tres valles y es un cabernet rebosante de fruta fresca, con un aire distinguido que seguramente otorga el Maipo y a la vez rústico y especiado, que uno puede sospechar aporta el Maule, mientra Cachapoal agrega suavidad y riqueza en boca. El conjunto es sumamente atractivo y placentero. Y la mano de Retamal se nota en la opción por la fruta, franca y sin maquillajes.

Desde otro lado, Gonzalo Pérez, de viña Anakena, podría ser visto como una especie de Robert Zemeckis, alguien que elabora vinos orientados a lo que exige el mercado, pero de excelente factura. Igual que el director de Náufrago, que hace bien cintas de terror como de adolescentes, Pérez se mueve con desenvoltura en distintas variedades y estilos de vinos.

De formación científica (trabajó en investigación biológica en EEUU), el enólogo de Anakena es un tipo mateo, que no cree mucho en los discursos sino en los datos. Quizá el mejor ejemplo de su manera de entender el vino sea su mezcla Ona Cabernet Sauvignon- Merlot-Carménère, de estilo bordelés, un tinto ganador, de impecable estructura y vocación comercial, que le gusta a todo el mundo.

Tanto Retamal como Pérez trabajan en una industria competitiva y globalizada, donde los espacios para el riesgo escasean. Pero sus vinos son una evidencia de que es posible combinar creatividad y oficio. Que no les pille de sorpresa si ven sus firmas en una botella.