Foto: Verónica Ortíz

  • 30 agosto, 2019

Milú Concha siempre le fascinó el tejido. Comenzó haciendo un taller en una casa de acogida para mujeres embarazadas, pero no tuvo éxito. Con esta inquietud de hacer algo por los demás, un amigo le sugirió hacer uno en la Cárcel de Mujeres de San Joaquín. Y así, con cuatro amigas: Malala García, Paula Serrano, Josefina Morandé y Pauline Benoit, le dieron vida a esa iniciativa.

Con lana y palillos se sentaban los miércoles a las 9:30 en un patio al aire libre dentro de la prisión, a esperar que alguna de las reclusas llegara a participar. Les enseñaron a tejer, en principio, ropa para ellas. Luego, con la idea de que estas mujeres pudieran generar algo de plata, comenzaron a vender sus creaciones. Les enseñaban cosas más fáciles, chalecos para guaguas o una bufanda.

“En un principio era solo palillo. Hacían cosas y entre las amigas lográbamos venderlas, también a través del Instagram ‘Tejidos San Joaquín’. Con eso empezamos a crecer cada vez más y ahí partimos con el crochet”, comenta Concha. Con la ayuda de un libro aumentaron a un nivel más avanzado. Comenzaron creando diferentes animales con la técnica del amigurumi y según como quedaban, iban aumentando la dificultad. Ahora tienen decoraciones como cabezas de animales, virgencitas para primeras comuniones, zapatos para niños, entre otros, todo tejido por las internas.

“En general se demoran, pero salen adelante. Hay una que me contaba que cuando aprendió a hacer un abrigo, la primera vez lo desarmó once veces hasta que le salió bien. Yo no puedo llevar cosas con defectos porque no las vendo. Pero han logrado salir adelante y están felices porque están aprendiendo algo que después van a aplicar en su vida personal. Les sirve para tejerles a sus hijos o a sus nietos”, destaca.

En un principio, cuando se vendía un producto, se le daba la ganancia a su creadora. Ahora, una vez al mes, le pasan un listado a Gendarmería con cuántos productos entregó cada una, se les hace la transferencia del total, y ellos son quienes les pagan. “Esto es sin fines de lucro. Lo que se trata es que ellas ganen más. Ahora tenemos un fondo chico donde tratamos de dejar algo por cada producto. Por ejemplo, si se vende algo que cuesta 15 mil pesos, se dejan 500 o 1.000 pesos para reponer y comprar la lana y los materiales”.

Muchas de las internas están en la cárcel por tráfico de drogas, por lo que una de sus preocupaciones es que cuando salgan no vuelvan a caer en lo mismo, por eso les insisten en que sigan trabajando en los tejidos desde afuera. Hay dos que han salido y siguen en contacto con ellas para vender sus productos.