El académico Eduardo Engel, al volver el año pasado a Chile, después de 10 años de ejercer como profesor en Yale, señalaba en una entrevista –por cierto, con bastante ironía– que su regreso al país se debía a que “en Chile, los economistas influyen más en el debate de las políticas públicas que en […]

  • 8 agosto, 2013

 

El académico Eduardo Engel, al volver el año pasado a Chile, después de 10 años de ejercer como profesor en Yale, señalaba en una entrevista –por cierto, con bastante ironía– que su regreso al país se debía a que “en Chile, los economistas influyen más en el debate de las políticas públicas que en EE.UU., incluso más que algunos tan importantes como Paul Krugman”. Pero la verdad es que es así: es un hecho irrefutable y lo hemos visto en los últimos 30 años.

Para algunos, ellos han sido el verdadero poder detrás del trono y, para otros, avanzar hacia el gobierno de los técnicos es precisamente lo que se ha tratado de hacer. Impregnados por esta cultura en Chile, todos en algún momento hemos caído en la tentación de que los cargos públicos deban ser cedidos –en desmedro de los vilipendiados políticos– a los que tienen el cartel de sorprendernos con soluciones técnicas y eficaces, por encima de consideraciones ideológicas o políticas. Son nuestros tecnócratas. Los managers: esos personajes que se asignan la tarea de articular o asociar lo heterogéneo e incierto, y hacer posible el desarrollo social.

Pero, a estas alturas, ¿son héroes o villanos?

En el actual contexto social de crispación, todo el peso ha caído sobre la clase política. Ellos serían los que se aferran al poder, los que se repiten el plato, los que abusan y los que mantienen conflictos de interés.
Es tan así que es la clase política la que hoy intenta responder a la calle, casi humillada, reconociendo sus faltas y dando señales de rehabilitación. ¿Y qué pasa con los técnicos? No vemos espacios relevantes de autocrítica. Vemos nuevos movimientos políticos –Revolución Democrática de Giorgio Jackson o Evolución Política de Felipe Kast–, pero no vemos a los técnicos o a nuevos técnicos revisando sus modos de implementación de las políticas públicas en aras de asegurar que realmente conecten sus propuestas con los estilos de vida y necesidades ciudadanas.

Porque impolutos no están; de lado y lado. Mal que mal, si nos vamos a casos emblemáticos de la crispación social con la clase política, como fue el Transantiago, cabe preguntarse quiénes fueron los reales responsables. Por ahora, los técnicos la llevan peladas, poco se habla de aquéllos que fallaron. Por lo que sabemos, fue un proyecto realizado en un simulador y los datos que éste arrojaba eran que a las personas les costaría entender de primera, pero que finalmente les cambiaría la vida. ¡Cuek!

La paradoja es que, tanto en el gobierno de Bachelet como en el de Piñera, se intentó renegar de la clase política (los verdaderos culpables), colocando a los técnicos de Expansiva, en un caso, y a los gestores del sector privado, en el otro, como fórmula para dejar atrás a los políticos tradicionales. Pero, finalmente, en ambos gobiernos se tuvo que recurrir a los viejos cracks de la política.

Pero los técnicos siempre vuelven.

Hoy vemos, en el caso de Bachelet, que las huestes se han calmado cuando han visto entrar a los tecnócratas de siempre al comando: Cortázar, De Gregorio, y otros. Y quizás se hayan calmado aún más, al ver que parte de las figuras técnicas de Velasco –como Tokman– sigan sus pasos.

Matthei, por otro lado, es la tecnócrata por antonomasia. Y que hoy hable de equidad, reducción de brechas salariales, de escuchar a la calle (y no continuidad de la obra de Piñera) no se ve como preocupante. Es un tecnicismo. Además, es interesante que la candidata muestre su cercanía con personajes como Dante Contreras, técnico afín a su competidora, como si con ello tratara de confirmar que sus soluciones definitivamente carecen de ideología y son técnicamente puras.
Los técnicos nos alejan de las tormentas ideológicas y nos bendicen el futuro cuando el origen político de sus soluciones es irreconocible y expresan el poder de los especialistas. Bajo este halo de estabilidad, los técnicos de ambos lados vuelven a la pista, y en plena carrera presidencial se preparan para entrar de lleno en la formulación de los programas. Y por primera vez, la galería tiembla algo.

Hoy las instituciones y servicios públicos no tienen la capacidad para responder a la misma velocidad en que han cambiado los anhelos y expectativas de la ciudadanía. Reducir esa brecha es una tarea mayor. Avanzar en la modernización implica crecientes niveles de incertidumbre, el mundo se hace más complejo y las soluciones técnicas ya no son verdades absolutas, requieren incorporar factores sociales, éticos y políticos. Así, el conocimiento técnico requerirá crecientemente del llamado conocimiento profano de las personas, aquél que surge de la propia experiencia. Lo que vamos a necesitar es técnicos con calle.

La calidad democrática del país requerirá crecientemente de más participación, de la obligación de dar cuenta, y de mayor receptividad ante las preferencias ciudadanas. En otras palabras, los técnicos deberán superar el individualismo tecnócrata, si es que quieren seguir influyendo.•••