Cuando están de moda los vinos bombásticos, es un gusto encontrar una propuesta como la de Anakena: tintos y blancos abordables y perfectos para beber junto a la comida. POR M.S. Siempre he pensado que el vino y la comida son indisolubles. Uno no puede existir sin el otro. Por eso mientras la gastronomía local […]

  • 15 junio, 2007

Cuando están de moda los vinos bombásticos, es un gusto encontrar una propuesta como la de Anakena: tintos y blancos abordables y perfectos para beber junto a la comida.
POR M.S.

Siempre he pensado que el vino y la comida son indisolubles. Uno no puede existir sin el otro. Por eso mientras la gastronomía local siga siendo tan pobre como es –me refiero a la oferta de restaurantes– resulta difícil, por no decir imposible, que logremos que nuestros vinos sean reconocidos más allá de la etiqueta de “bonito y barato”. Es como una carrera de postas o una banda de música: si una de las partes no corre a la misma velocidad, el conjunto desafina y pierde.

Una anécdota: el domingo pasado fui al Liguria de Manuel Montt y la experiencia fue desastrosa. No me malinterpreten. Me encanta la comida de ese lugar –sobre todo el arrollado y el conejo– y siempre lo recomiendo. Sin embargo, el domingo del que hablo todo empezó y terminó mal. Y rayando en lo incomprensible, cuando pedí la carta de vinos ni siquiera me advirtieron que había una atractiva oferta (el Festival de Vinos Reserva que organiza durante junio y julio La Vinoteca: compras una botella y te llevas de regalo otra igual a tu casa. ¡Aprovechen!).

Lo que quiero decir es que la comida, como el vino, necesita consistencia. No basta con hacer bien las cosas un día. Hay que hacerlas bien siempre. De lo contrario, no resulta. No vale. Mejor que devuelvan la plata.

En la industria local hay muchos ejemplos de viñas que sobresalen una temporada y a la siguiente pierden el rumbo. Desde esta perspectiva, el ejemplo de Anakena merece todos los aplausos. Es una viña joven, pero está haciendo las cosas bien y cada año sorprende con mejores vinos.

Anakena se encuentra en el Alto Cachapoal, un lugar que debería ser visita obligada de todo capitalino o turista de paso por Santiago. Está mucho más cerca que Colchagua y tiene vinos tan buenos, si no mejores, que los de la famosa denominación de origen aledaña a Santa Cruz.

Desde el año 2003, ha quintuplicado su producción, superando hoy las 200 mil cajas. La gracia de este crecimiento es que no ha perdido el foco en la calidad. Como me explica el enólogo Gonzalo Pérez, en la bodega de Rapel, a los pies de la cordillera: “Me han pedido un vino icono, pero pienso que hay que ir con calma. A veces por presiones comerciales se opta por vender cantidad antes que calidad. Yo siempre apuesto por lo segundo. En eso soy inflexible. El público, al final, castiga las marcas que se ven tentadas a bajar los estándares por un puro afán de negocio”. Anakena posee cuatro líneas –Varietal, Reserva, Single Vineyard y Ona–, que van desde los $ 2.500 a los $ 13 mil, y en todas ellas lo que manda es la consistencia, el hacer bien las cosas sin ánimo de lucimientos. No es una viña boutique ni garage, pero deja espacio para la experimentación.

Estuve con Gonzalo una mañana probando algunos de sus vinos –el día anterior había llovido y la vista era magnífica– y me gustó sobre todo la amplitud de su paleta. Tienen buenos blancos y buenos tintos, y un par de mezclas que marcan la diferencia. Aunque sus viñedos principales están en Rapel y Colchagua, Anakena no se queda atrás y hace poco plantó viñedos en Leyda, la zona de San Antonio donde todo el mundo quiere estar.

Como primicia probamos su Sauvignon Blanc Single Vineyard 2006 de ese sector de la V Región y creo que será una compra segura para los fanáticos de la cepa. Pérez también ha hecho cosas interesantes con el riesling, a partir de viejas parras del Maule y Lolol. Si buscan algo distinto prueben el Ona Viognier-Riesling- Chardonnay 2006, una mezcla elegante y poco común, aunque nadie podría sentirse defraudado con el simple y fresco Riesling Single Vineyard del mismo año.

La etiqueta también ofrece tintos muy recomendables, sobre todo en variedades como el syrah y el carménère, pero si me dan a elegir me quedo con el Ona Ensamblaje Cabernet Sauvignon-Merlot-Carménère 2005, en la senda más clásica de los rojos de Burdeos. Anakena no está descubriendo la pólvora ni inventando la rueda. Lo suyo es tomar lo mejor de la tradición y la tecnología para entregar algo diferente, una melodía que nos suena familiar aunque sea inédita. Sus vinos no pretenden otra cosa que ser una excelente compañía de comidas. Y eso, a mi entender, es una virtud.