El director de cine también puede convertirse en una marca (por desgracia).

  • 23 marzo, 2008

 

El director de cine también puede convertirse en una marca (por desgracia). Por Christian Ramírez

Recordando la reciente victoria de los hermanos Coen y Sin lugar para los débiles en la última entrega del Oscar, puede que lo mejor del asunto haya sido la parsimonia con que enfrentaron el entuerto: dos breves discursos, uno agradeciendo el premio a Mejor Guión Adaptado y otro por el Mejor Director, la exigible dosis de buen humor y nada de falsas emociones. Más conmovido estaba el presentador Martin Scorsese, quien antes de abrir el sobre comentó “lo emocionante que es para un director recibir esta clase de reconocimientos”. Tal vez eran frases del libreto escrito por los guionistas de la premiación, pero Scorsese las pronunció sin ninguna ironía “tipo Clooney” (o sea, sin poner una elegante distancia entre las palabras y sí mismo), quizás porque las suscribía al completo, quizás porque, aparte de dirigir películas, lo que más le encanta en el mundo es ser visto y sentirse como director.

Concedido. Deben existir pocos trabajos dentro del mundo del espectáculo que combinen tan bien glamour y cerebro, estética y poder. Ser director garantiza un puesto cerca del tope de la cadena alimenticia de las artes y, por lo mismo, proyecta una imagen a la que muchos se niegan a renunciar una vez que la han encarnado, incluso a costa de la autoparodia: gente como Michael Cimino, el brillante y desbocado cineasta de El francotirador y Las puertas del cielo, que no filma hace más de una década pero todavía se pasea por diversos festivales vestido de rigurosos lentes oscuros, sombrero y botas vaqueras, listo para decir “acción”.

Scorsese, claro, está en el otro extremo de ese espectro, pero viendo por youtube sus comerciales para American Express –donde se queja de sus encuadres para unas fotos de cumpleaños– y el vino espumoso español Freixenet –un alambicado corto homenaje a Hitchcock llamado The key to Reserva–, cabe preguntarse si acaso no ha girado demasiado a cuenta de su personaje de realizador hiperactivo, infalible y cinéfilo. Se podrá argumentar que Hitchcock hizo lo mismo con sus incontables apariciones en su programa de televisión y sus filmes; pero ojo, eran productos suyos, no publicidad para otros.

Con todo lo que le debemos a “Marty” –y, diablos, cuánto le debemos–, sus avisos recuerdan a los infames comerciales de vino que Orson Welles protagonizó a fines de los 70. El creador de Citizen Kane los hacía porque necesitaba el dinero. Algo me dice que con los suyos Scorsese le hace un poco de cariño a su ego.