Las primarias en los Estados Unidos, como todas, tienen la desventaja de que potencian los extremos. Candidatas y candidatos deben apelar a los gustos de las bases, que usualmente son más fervientes en sus posturas que el electorado en general. Luego, tienen que encontrar una forma de girar hacia el centro para ganarse los votos de los que apoyaron a otros candidatos, más votantes que no militan en partidos, e, incluso, algunos votos cruzados. Es por esta razón que tradicionalmente se ha considerado que los candidatos más de centro tienen mejores chances de ganar las elecciones presidenciales; el giro se les hace más fácil. Pero el inesperado éxito de Donald Trump hace cuatro años llevó a muchos a reconsiderar la estrategia tradicional. Tal vez, en la era de la ira, la de un electorado frustrado y enojado, se necesitaban candidatos extremistas. Algunos demócratas piensan que Bernie Sanders les ofrece esa oportunidad. Pero después del Súper Martes, en que 14 estados y un territorio realizaron sus primarias, queda claro que buena parte del partido sigue prefiriendo al moderado ex vicepresidente Joe Biden. ¿Por qué?

La buena racha de Biden comenzó antes del Súper Martes, cuando ganó, y por lejos, las primarias de Carolina del Sur, confirmando el apoyo que tiene dentro de la comunidad afroamericana. Pocos días después, Pete Buttigieg y Amy Klobuchar, dos candidatos moderados, se retiraron y apoyaron públicamente a Biden. Elizabeth Warren se retiró,pero no ha anunciado a quién apoyaría. Kamala Harris, quien suspendió su campaña en diciembre, se demoró un poco más pero también anunció que apoyaría al ex vicepresidente.

Más allá de lo simbólico, el retiro de los y las otras candidatas fue importante para Biden porque algunos estados, como California, establecen un piso para poder ganarse parte de los delegados. Candidatos con menos de 15% del voto popular no se quedan con ninguno; superado el piso, se reparten los delegados proporcionalmente. Con menos candidatos en la papeleta, Biden, aunque haya perdido California, logró llevarse 148 delegados.

Y el camino hacia delante se ve aún más difícil para Sanders. De los estados que aún están por realizar primarias, solamente ocho son relativamente grandes, con más de 100 delegados cada uno. En 2016, Sanders perdió las primarias en siete de esos ocho estados. Solo ganó en Michigan.

Como Trump, Sanders es un candidato enojado. Su comportamiento y su discurso son parecidos a otros líderes populistas que culpan a las élites por todos los problemas de la clase media. Pero Sanders ha cometido un error: su ira va dirigida no solamente en contra de Trump y los republicanos, sino en contra de su propio partido. Sanders, que desarrolló buena parte de su carrera política fuera del Partido Demócrata, sigue viendo al partido como un conjunto de intereses económicos ajenos a sus objetivos. Puede ser que así sea… pero es una postura compleja de sostener en el contexto de unas primarias, donde uno tiene que ganarse el apoyo de militantes del partido. Sanders, como Groucho Marx, pareciera no querer ser parte del club que lo tendría como miembro.

El discurso de outsider de Sanders solo sirve para recalcar que Biden es el elegido del establishment demócrata. Puede ser. Mientras Sanders se lo ha pasado criticando al partido, Biden estuvo 36 años en el Senado y ocho en la  vicepresidencia. Pero no hay que mirar en menos la capacidad de Biden de ganar a solas: su triunfo en Massachusetts, el estado que representa Elizabeth Warren en el Senado, dice mucho. También le ganó a Sanders en Minnesota, donde Clinton perdió contra Sanders, y por lejos, en 2016.

Finalmente, si bien es verdad que hay una diferencia ideológica entre los dos contrincantes principales, ambos representan un clivaje que hemos visto en otros casos similares, como el Reino Unido. El apoyo entre votantes de 18-24 años para el Partido Laborista de Jeremy Corbyn se mantenía consistentemente alrededor de 60%, pero los jóvenes votan menos que los mayores de edad. En el Reino Unido solo un 47% de los jóvenes votaron en 2019, comparado con 74% de los mayores de 65 años. El desastre electoral que fue Corbyn ya es una historia conocida. 

En el Súper Martes, según la empresa Edison, la mitad de los votantes jóvenes optaron por Sanders, mientras que el 41% de los mayores de 45 años votaron por Biden. Pero en EE.UU. también los jóvenes votan menos. Según el censo estadounidense, en el 2016 solamente un 46,1% de los votantes entre 18-29 años votaron, comparado con un 70,9% de los mayores de 65.

Las dos candidaturas principales representan dos almas del Partido Demócrata. En un sistema bipartidista, con dos grandes partidos que funcionan como coaliciones, es evidente que estas diferencias van a existir. Pero las cifras muestran que la política estadounidense no ha cambiado tanto. Factores como geografía, edad, educación y raza siguen jugando un rol importante. Para ganar, la demografía importa.