• 10 junio, 2009


Llegó la hora de revisar cada una de nuestras acciones y preguntarnos seriamente si son fuente de vida o de muerte. No veo otra forma de salir de esta herida que tanto nos duele: nuestros jóvenes no quieren vivir.

Duele cuando un joven se quita la vida. Es algo que no nos deja indiferentes. La juventud se asocia a grandes intereses e ideales. Se asocia a estudio, a proyecto de vida de cara al futuro. Juventud se asocia a enamorarse, a soñar, a lanzarse a la vida. Sin embargo, pareciera que para muchos jóvenes se acabaron los sueños, los ideales. La vida se les presenta como una desgracia, como una fatalidad de la que hay que liberarse. Y la forma de hacerlo es quitarse la vida.

Es lamentable saber que el suicidio juvenil es mucho más común de lo que uno se imagina. Y dado que es absolutamente contradictorio con el principio más propio de los seres humanos de cuidar la vida, nos interpela y nos impulsa a buscar respuesta y soluciones.

Seamos sinceros. El mundo se presenta para muchos como hostil. Hostil porque lo viven carente de amor, carente de sentido. Es doloroso saber que un número no menor de jóvenes no tiene una experiencia de sentirse amados, queridos, escuchados, respetados… sencillamente por el hecho de existir. Se suma a este hecho una concepción materialista de la vida, en la cual el sistema nos hace creer que para ser feliz hay que tener dinero, ser exitoso, ser un ganador. Ello lleva a que haya personas de primera categoría, los ganadores; y de segunda, los perdedores que, por supuesto, bajo esta óptica están de más. Estoy cierto de que si la educación estuviese más volcada a enseñarnos a compartir, y no tanto a competir, la situación de esos jóvenes hubiese sido otra.

¿Quién nos ayuda a encontrarle sentido a la vida? No podemos negar que son muchos los factores los que inducen a un joven a atentar en contra de su vida. Una funcionaria del ministerio de Salud hablaba, cuando se produjo una serie de suicidios en nuestro país, que esos jóvenes tenían “un dolor en el alma”. No puedo estar más de acuerdo con este diagnóstico. Dolor en el alma, porque la dimensión trascendente de la vida fue cambiada por un inmediatismo inconducente. Dolor en el alma, porque el horizonte de desarrollo de todas sus capacidades son truncadas por una sociedad que no da oportunidades y que, peor aún, quienes tienen la responsabilidad de velar por el bien común y generar las instancias que nos lleven a aquello se sirven de sus cargos en beneficio propio. Aunque parezca un poco exagerado, los tristes episodios de corrupción que hemos apreciado en este último tiempo en nuestro país y de personas que “salen en la tele” entristecen el alma de estos jóvenes y la cierran a la esperanza.

Si queremos jóvenes más sanos, si queremos menos consumo de droga y de alcohol, si queremos menos suicidios, no queda otra opción que fortalecer a la familia. El gran desafío de nuestro país es que cada joven tenga una familia, tenga un padre y una madre, tenga identidad. El gran desafío es, reconociendo el valor del desarrollo económico, darles una cualificación más humana en cuanto trampolín hacia una sociedad que integre especialmente a los más vulnerables y no los rechace.

Por último, es necesario promover a todo nivel el valor de la dimensión religiosa del ser humano. Promover y apoyar la labor que realizan la Iglesia Católica y otras comunidades que día a día nos recuerdan que somos hijos de Dios, que nos ama entrañablemente y que no estamos de más, sino que somos únicos, amables y que estamos para colaborar por un mundo mejor. Sería lamentable que siguieran aconteciendo estos hechos tan dolorosos. No hemos de esperar que estos tristes episodios estallen en nuestras propias familias para empezar desde hoy a gestar, con nuestro modo de ser, de actuar, de trabajar, un mundo fraterno donde nos preguntemos con sinceridad cómo estamos y no tanto qué hacemos o cuánto tenemos. Llegó la hora de revisar cada una de nuestras acciones y preguntarnos seriamente si son fuente de vida o de muerte. No veo otra forma de salir de esta herida que tanto nos duele: nuestros jóvenes no quieren vivir.