No recuerdo mis sueños con frecuencia. El Ravotril que me tomo cada mañana los borra de mi mente. Solo me queda la sensación de emerger de la noche, a veces de zonas que me dejan el ánimo afectado. Despierto confuso, lentamente, con rastros nocturnos adheridos a la vigilia que comienzo a vislumbrar. Por eso mismo, me preocupo de los sueños. Escuchar un sueño ajeno es una situación de confianza, propia de amigos y amantes. Noto que hace tiempo nadie me cuenta uno. Extraño esos relatos breves, entrecortados, sin hilo. Los sueños son historias imposibles, una huella imperfecta de las experiencias nocturnas. Es probable que solo los mencionen los pacientes a sus terapeutas, al final, se trata de intimidades. Y el pudor ronda en la madurez.

Una amiga me contó que luego de despertar e interrumpir el sueño, es capaz de volver a dormir y retomarlo. La admiro. Duerme muchas horas, es una experta en nadar en las profundidades de su cama. A mí lo que más me afecta de no tener memoria de los sueños, en parte, es la pérdida de los sueños eróticos, que con los años se  agradecen, en especial los largos e intensos.

En su ensayo Soñar, escribir, Maurice Blanchot da la mejor explicación que he leído de por qué narramos los sueños: “Contamos nuestros sueños por una necesidad oscura: para hacerlos más reales, viviendo con alguien diferente la singularidad que les pertenece y que parecería no destinarlos más que a uno solo, pero más aún: para apropiárnoslos, constituyéndonos, gracias a la palabra común, no solo en dueños del sueño, sino en su principal autor y apoderándonos así, con decisión, de ese ser parecido, aunque excéntrico, que fue nosotros durante la noche”.

Existen supersticiones relacionadas con los sueños. Las supersticiones son interpretaciones populares de los sueños y pesadillas. La inquietud por el sentido de los sueños es ancestral: está en la Biblia, en los oráculos y recorre las culturas más disímiles. Suele estar vinculada estrechamente a las revelaciones, al contacto con los dioses o a la magia. El griego Artemidoro de Éfeso, en el siglo II d.C., escribió La interpretación de los sueños, una obra que reúne cerca de tres mil relatos tomados de quienes iban donde este profesional de la elucidación onírica. En su libro abundan distinciones, análisis y glosas del material que escuchaba. Sigmund Freud tiene que haberlo conocido, al igual que muchos médicos de su círculo. A Freud le interesaban los sueños, pues constituían una de las forma de acercarse al inconsciente. Una manera de rajar el paño de la realidad para ver qué hay tras él.

Otro libro, La noche, del crítico inglés Al Alvarez, resume los avances científicos ligados a la exploración de la vida onírica. Son impresionantes, corroboran y subrayan el misterio. Se sabe que nuestro cerebro no para cuando cerramos los ojos. Al contrario, se activa y las neuronas continúan haciendo conexiones. Pero de lo que ocurre a nivel profundo, de aquello que se denomina “la conciencia”, no hay más que hipótesis, cuestiones superficiales que en nada explican lo que hacemos en la vida quieta del durmiente. Aún es terreno de la filosofía y la literatura su exposición y definiciones.

Es inverosímil que sepamos tan poco de los sueños y que se hable menos de ellos siendo que el irracionalismo está presente en el arte, el cine y en el mundo de forma cada vez más gravitante. Es imposible comprender al otro si eludimos su psicología. Vivimos entre guerras santas, y escasamente tenemos presente la función que cumplen para las sociedades religiosas los sueños individuales, los que muchas veces son definitivos en sus decisiones. La escasa curiosidad nos invade, la ignorancia sin vergüenza se desplaza entre nosotros. No queremos acordarnos de que nuestras voluntades son pequeñas al lado de los instintos que nos dominan. Lo práctico, el sentido común, lo evaluable y lo decente son insuficientes para abordar lo que nos acontece día a día.