Por M. Cristina Goyeneche Es junio del 2005. 12 de junio, para ser exactos. Hace calor, se nota por la ropa liviana de los asistentes, las botellas de agua en sus manos y los libros que ponen sobre sus cabezas para darse algo de sombra. De todas formas, corre algo de aire. El público está […]

  • 11 julio, 2014

Por M. Cristina Goyeneche

Stanford

Es junio del 2005. 12 de junio, para ser exactos. Hace calor, se nota por la ropa liviana de los asistentes, las botellas de agua en sus manos y los libros que ponen sobre sus cabezas para darse algo de sombra. De todas formas, corre algo de aire. El público está sentado sobre el pasto y ha llenado las graderías de un anfiteatro al aire libre. El lugar está repleto. Los futuros graduados, que pese al calor, llevan puestas sus togas y sombreros, se ven a gusto, relajados. Varios tienen collares de colores colgando. Y qué más da. Es California y ellos están egresando de Stanford.

Pese a estar al aire libre, el silencio de este peculiar auditórium es casi monacal.

Ante ellos, en un pequeño estrado, acaba de pararse Steve Jobs, para ese entonces CEO de Apple y Pixar. Steve Jobs es “la estrella de rock” a cargo de dar el discurso que debe encender el alma de los futuros graduados.

Lo que, con una alta probabilidad, nunca imaginaron las autoridades de Stanford, los graduados de la escuela de negocios y el propio Jobs, es que los casi 15 minutos de intervención se transformarían en el himno del emprendimiento; en la música de fondo que se escucharía cada vez que alguien sentado en algún café del mundo garabatee en una servilleta los principios de una nueva compañía. Youtube y las redes sociales tuvieron lo suyo en la viralización del discurso.

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Las frases más fuertes del speech comenzaron a ser pegadas en las paredes de las oficinas de decenas de startups como mantras: “Tienen que confiar en algo, su instinto, su destino, su vida, su karma, lo que sea. Esta perspectiva nunca me ha decepcionado y ha hecho la diferencia en mi vida”; “En ese entonces no lo entendí, pero sucedió que ser despedido de Apple fue lo mejor que podía haberme pasado. La pesadez de ser exitoso fue reemplazada por la liviandad de ser un principiante otra vez, menos seguro de todo. Me liberó para entrar en una de las etapas más creativas de mi vida”; “Recordar que van a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que tienen algo que perder. Ya están desnudos. No hay ninguna razón para no seguir a su corazón”.

Han transcurrido catorce años desde que estas palabras retumbaron en pleno Silicon Valley y todo su entorno de clusters y puntocom. Y pese a que Stanford –fundada en 1925 como la alternativa del “este” a las universidades Ivy League del “oeste”– se convirtió en una institución top antes, durante y después de la intervención de Jobs, sus palabras parecen haberla dotado de un nuevo halo. De una renovada inspiración.

Hoy, si hubiese que escoger una escuela de negocios donde los estudiantes “mueren” por entrar a cursar su MBA es Stanford Graduate School of Business. No importa el ranking que se mire, Financial Times, Forbes, Fortune, Bloomberg o The Economist, cada vez que una institución de prestigio decide medir los más potentes programas de MBA de Estados Unidos y el mundo, esta escuela siempre se está moviendo entre el primer y segundo lugar. Top 10 seguro. Para darse una idea de cómo se construye su curva de demanda, cada año recibe en torno a 7 mil postulaciones, llenando algo menos de 400 vacantes. O sea, tan sólo un 7% de los postulantes que cumplen con el 100% de los requisitos llega. Este número lo convierte en el programa de MBA más selectivo del mundo. En territorios más fríos, bañados por aguas de otro océano, en Boston, su “archirrival”, Harvard, acepta el 12% de las aplicaciones recibidas. Donde también compiten mano a mano es en el nivel de remuneraciones de sus egresados. La recompensa por tener un cartón de Stanford colgado en la pared no es menor. Los alumnos de sus programas de MBA aterrizan en California –en promedio– con cuatro años de vida laboral en el cuerpo y ganando un sueldo –también promedio– del orden de los 80 mil dólares anuales. Tras pasar por las aulas californianas, éste se dispara a los 221.000 dólares, asegura el ranking de Forbes. Financial Times lo pone en 194 mil dólares, seguida por Harvard, Pennsylvania, Chicago y Berkeley. Para más abundamiento, Bloomberg señala que a tres meses de haber terminado las clases, el 94% de sus egresados ha recibido ofertas de trabajo. Por lo general, son las consultoras gigantes, como Bain, Boston ConsultingGroup y McKinsey, además de los titanes de Silicon Valley Apple y Google, quienes se pelean a sus estudiantes. Tres años después de egresar, cerca del 20% ya es presidente o CEO de una compañía, el 25% ocupa alguna vicepresidencia y otro 25% tiene un puesto a nivel senior.

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Varios son los chilenos que han sido atraídos por el imán de Stanford. Axel Christensen, director de estrategia e inversiones para América Latina e Iberia de BlackRock; Sebastián Piñera Morel; Bernardo Larraín Matte, presidente de Colbún; Richard von Appen, presidente de Ultramar, son algunos de los nombres que han pasado por los pasillos de su escuela de negocios.

De más está decir que no hay MBA chileno que no se haya “inspirado” en la lógica Stanford. Así como la clásica metodología harvariana del “estudio de casos” es parte de la manera en que se hacen las clases en todos los master de negocio, toda la lógica que hay tras la enseñanza del emprendimiento, la creatividad y la innovación es “stanfordiana”. Mucho desorden, mucho trabajo en grupo, mucha discusión y muchas pruebas imposibles de superar, contra el tiempo, con compañeros desconocidos. A Stanfod le gusta que las distintas carreras se mezclen, y lo promueven.

En Santiago, al igual como ocurre en París, Beijing y Bangalore, es posible vivir la experiencia Stanford cada cierto tiempo. Y es que en todas estas ciudades la universidad organiza su programa Stanford Ignite, enfocado a desarrollar la innovación y el emprendimiento. El 2014 se hará por primera vez en una ciudad de Latinoamérica. Cinco escogidos tendrán la oportunidad de vivir esta experiencia entre el 8 de agosto y el 26 de octubre en las oficinas de Microsoft Chile.

Graficos Stanford1

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Graficos Stanford3

Grafico Stanford4

 

Moral garage

William Hewlett y David Packard eran compañeros en Stanford cuando, en el garage de la casa de Packard, desarrollaron el oscilador de audio de precisión que los catapultó al éxito. Eran los años 30 y Stanford recién comenzaba a hacer historia. El garage que dio vida a una de las 40 mayores empresas electrónicas del mundo, hoy es punto de peregrinación. Jobs y su amigo, Stephen Wozniak, también partieron en un garage. Claro que Jobs no terminó la universidad y Wozniak egresó de Berkeley. De todas formas, Jobs lo destacó en su discurso. “Yo fui afortunado, descubrí lo que amaba hacer temprano en la vida. Woz y yo comenzamos Apple en el garage de mis padres cuando tenía 20 años. Trabajamos duro y en 10 años Apple había crecido a partir de nosotros dos en un garage, transformándose en una compañía de 2 mil millones de dólares con más de 4.000 empleados. Recién habíamos presentado nuestra más grandiosa creación –la Macintosh– un año antes y yo recién había cumplido los 30”.

A los norteamericanos les gustan los garages y a Stanford aún más. “StartupGarage” se llama uno de los cursos electivos del segundo año del MBA que hace furor. Y es que a diferencia de los otros programas de este tipo, el de Stanford procura tener un primer año algo más monolítico para, al que sigue, permitirles a sus alumnos tomar la mayor cantidad de ramos electivos posibles de acuerdo a sus intereses. Alrededor del 95% de los estudiantes sigue alguna clase de emprendimiento. Además del ya mencionado “StartupGarage”, existen “ProductLaunch” y “Fomation of New Ventures”. A este trío se suma “Stanford Venture Studio”, donde los alumnos que postulan a ser residentes utilizan el espacio para diseñar y construir sus futuras compañías.

Además, pueden entrenarse en la construcción de sus pitch elevator, contar con el apoyo de mentores o ser entrenados por sus pares.

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Ciertamente, “StartupGarage” es uno de los cursos estrella. La sala de clases, con estanterías estilo Ikea y repleta de pizarras, intenta imitar el ambiente de un garage. Y la clase, junto con fomentar la idea del fracaso, les permite a los alumnos armar y desarmar la empresa que les gustaría liderar, quedando aptos para salir a levantar capital semilla entre los 250 mil dólares hasta el medio millón. No por nada, en el listado de los 100 mejores startups lanzados por estudiantes de MBAs en el mundo, 32 tienen a egresados de Stanford… y 34 de ellos a harvarianos. El top one de este ranking lo ocupa la firma Wildfire, especialista en marketing a través de las redes sociales, fundada en 2008 por una pareja Harvard/Stanford. En 2012 Google pagó 350 millones de dólares, sólo por el 0,16% de su propiedad. Así de rápido se mueven las cosas en la costa este.

Y es que el foco de Stanford –y quizás ahí radica la razón por la que hoy es una de las escuelas más buscadas y admiradas por estudiantes de negocios del mundo– está en captar a aquellos talentos que van tras la construcción de su propia empresa. No sólo les da las herramientas, sino que todo el ambiente que se vive en Silicon Valley va en esta línea. El registro de egresados del MBA 2012 arrojó que un 18% de los egresados se la jugó por armar su propia firma.  •••

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Stanford boys

  • Richard von Appen, Presidente de Ultramar

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“Junto a mi señora y mis 7 hijos vivimos una experiencia de vida inolvidable, por su diversidad cultural, por su espíritu de comunidad y por sentir que en ese lugar estaban pasando cosas que están cambiando el mundo. Personalmente, fue una experiencia desafiante en lo intelectual y muy motivadora en seguir aportando en el desarrollo de Chile y su gente. A uno le refuerzan la idea de ser agentes de cambio para la vida de las personas, de las organizaciones y del mundo”.

  • Nicolás Shea, Fundador de Cumplo

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“Stanford estimula, promueve y fomenta el pensamiento disruptivo. Te imprime un sentido de urgencia que te fuerza a salir de tu zona de comodidad para acelerar los cambios que nuestra sociedad necesita. En mi caso personal, esto influyó fuertemente en la creación de proyectos como Cumplo, Start-Up Chile y la Asociación de Emprendedores de Chile (ASECH).

  • Federico Valdés, Rector UDD

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“En Stanford confluyen una infraestructura y un entorno natural inigualables, profesores de excepción, la potencia de Silicon Valley y la diversidad racial y cultural que es el sello de esa universidad. El año que pasé en Palo Alto marcó mi vida. Por lo que aprendí de mis profesores. Por lo que aprendí de mis compañeros. Por la nueva perspectiva que me entregó respecto de la forma de visualizar los negocios, de gestionar los recursos humanos, de entender el valor de los procesos”.

  • Axel Christensen, Director de estrategia e inversiones para América Latina e Iberia de BlackRock.

Stanford_Christensen

“Estuve desde 1994 a 1996 en la Escuela de Negocios de Stanford, cuando comenzaba lo que luego sería la burbuja de internet del 2000. No podía haber escogido un mejor momento para conocer a un grupo tan excepcional de personas, tanto profesores como compañeros. Sigo en contacto con algunos de ellos hasta hoy”.