Fuimos hasta Casa Silva para probar el magnífico Micro Terroir de Los Lingues carménère 2006, pero terminamos hablando de otras cosas. Eso pasa, a menudo, con el buen vino.

  • 27 noviembre, 2008


Fuimos hasta Casa Silva para probar el magnífico Micro Terroir de Los Lingues carménère 2006, pero terminamos hablando de otras cosas. Eso pasa, a menudo, con el buen vino.

Fuimos hasta Casa Silva para probar el magnífico Micro Terroir de Los Lingues carménère 2006, pero terminamos hablando de otras cosas. Eso pasa, a menudo, con el buen vino. Por Marcelo Soto

No son pocos los que creen que la división geográfica del vino chileno –con valles transversales que cruzan el país de norte a sur– está quedando un tanto estrecha y que lo correcto sería hacer una especificación de acuerdo a tres corredores longitudinales: cordillera de los Andes, planicie central y costa.

Uno de los que piensa así es Mario Geisse, el enólogo y director técnico de Casa Silva, la popular y premiada viña de Colchagua. “En Chile se plantó todo al revés, buscando volumen antes que calidad”, me dice un viernes nublado y frío de noviembre, durante una degustación en la hermosa bodega de esta empresa familiar en Angostura.

Y luego precisa: “en el sector con influencia del Pacífico, por un lado está la sombra de costa, es decir la parte oriental de la cordillera de la costa, donde el sol se esconde antes y genera una sombra que baja fuertemente las temperaturas. Y por otro lado está la costa propiamente tal, al lado del mar, donde se ven los pinos que sobreviven gracias a la brisa y la humedad”.

¿Qué tiene que ver todo esto con el vino? Demasiado. Sucede que llegamos hasta Casa Silva pensando en hablar de tintos, en especial de su notable carménère Micro Terroir 2006, y terminamos hablando de climas y suelos y del potencial blanco de un valle chileno famoso por sus tintos.

En la mesa hay un chispeante Casa Silva Sauvignon Gris 2008 (6 mil pesos), nacido de viejas parras de 1912. Esta variedad, con más cuerpo pero menor potencia que el sauvignon blanc, llegó a Chile en el siglo XIX, procedente de Burdeos, donde crecía mezclada con otras cepas. Geisse decidió cosecharla y vinificarla por separado y los resultados están a la vista. Un vino de frescura absoluta, que uno por lo común no relaciona con Colchagua.

Pero no es la única sorpresa blanca de Casa Silva. Luego probamos un Sauvignon Blanc 2008 de Paredones, una zona costera de la región colchaguina hasta ahora poco explorada. Aunque por el momento no está disponible en el mercado, el vino le da la razón a Mario Pablo Silva, gerente comercial de la viña, cuando dice: “en Colchagua tenemos una larga costa, con sectores espectaculares. ¿Por qué no podemos hacer blancos tan buenos comos los de Leyda?”. No está claro cómo va a evolucionar, pero este Sauvignon blanc de Paredones es hoy una bomba de frescor que nos deja helados. La idea es embotellar la próxima cosecha con la leyenda “Colchagua Costa Fría”. Buena idea.

La degustación es larga y conversada y desfilan por la mesa una excelente mezcla blanca –Quinta Generación 2007– y muy buenos tintos como Syrah Gran Reserva Lolol de 2006, aparte del ícono Altura 2003, pero la idea era detenerse en el carménère, la cepa que más satisfacciones ha dado a la viña de Colchagua.

Después de realizar una investigación en sus viñedos, que costó 400 mil dólares, para individualizar 90 mini-parcelas de 0,1 hectáreas –cada una con cualidades diferentes– se llegó a establecer con precisión milimétrica cuáles eran las mejores secciones para el carménère y de ellas nació Micro Terroir 2006 (54 mil pesos).

La gracia de este vino es que no es un carménère maquillado para parecerse a otra cosa, sino un carménère de gran carácter, bastante delicado, con fruta roja madura y una suavidad casi embriagadora, pero que a la vez muestra ese lado especiado, con notas a pimienta verde que aportan singularidad. No es un blockbuster para disfrutar con pop corn. Más bien se parece a un proyecto familiar.

No por nada cada vino de la empresa es evaluado por un panel que incluye no sólo a Mario Geisse y a su mano derecha, el enólogo José Ignacio Maturana, sino también a tres representantes de los Silva, que ocupan cargos en la viña. Para que una botella salga a la calle, debe haber unanimidad entre los cinco integrantes de la mesa; de lo contrario, no sale. Así de simple. Una cuestión de estilo. Un asunto de tradición.