• 2 abril, 2009

Las penurias por las que atraviesan algunos sectores no pueden ser la justificación para gastar irresponsablemente. Destacados economistas han advertido que resulta difícil desembolsar grandes sumas sabiamente en períodos cortos.

Uno de los economistas que han vuelto con fuerza al primer plano como consecuencia de la actual crisis económica es John Maynard Keynes. Sus ideas aparecen como una esperanza para evitar una depresión como la de los años 30. Se ha llegado a decir nuevamente que “ahora somos todos keynesianos”, cita originalmente atribuida a Milton Friedman, quien en su tiempo se defendió diciendo que había sido sacado de contexto. La idea central de las políticas fiscales contracíclicas es que frente a la falta de dinamismo de la economía, el Estado puede elevar el gasto público para estimular la actividad y poner a la economía nuevamente en marcha.

¿Cuál es, sin embargo, el problema? Consiste en recordar que los recursos necesarios para que el Estado gaste en planes de estímulo deben financiarse. Ello se puede hacer posible ya sea con mayor deuda pública o con impuestos. En ambos casos se utilizan ahorros que podrían haber estado disponibles para financiar inversión privada. Como dice el profesor Eugene Fama a propósito del plan de estímulo de los EEUU, “no se agregan recursos nuevos, sólo se mueven de un uso a otro”. En un reciente artículo, el premio Nobel Gary Becker opinó, respecto a dicho plan, que el efecto multiplicador de corto plazo del gasto del gobierno debía estar muy por debajo de uno y que en un horizonte un poco más largo éste debía acercarse a cero. Ello, porque resulta extremadamente difícil gastar grandes sumas de dinero sabiamente en cortos períodos de tiempo.

Para economistas como Luigi Zingales, de la Universidad de Chicago, no se puede pensar que la actual crisis se debe a falta de consumo. Para Zingales el gran déficit de la era Bush es uno de los más agresivos ejemplos de política keynesiana de la historia. Fue el deseo de manejar la demanda agregada, haciendo caso omiso de los costos de largo plazo relacionados con el rol de los incentivos, lo que según él llevó a Greenspan y Bernanke a mantener las tasas de interés excesivamente bajas el 2002. Con ello se produjeron excesos de consumo y de toma de riesgos. Este último factor explica las pérdidas de algunas instituciones y ha contribuido a aumentar en el mundo el sentimiento contra las grandes empresas y el modelo capitalista. En cuanto a incentivos y señales, la diferencia en el tratamiento de los casos de Bear Stearns y AIG por una parte, y de Lehman Brothers, por otra, duplicó la volatilidad en los mercados y dejó a los inversionistas muy confundidos y temerosos.

En el centro de la actual crisis económica no está la falta de consumo, sino la carencia de confianza y la contracción del crédito. Es por ello que las penurias por las que atraviesan algunos sectores no pueden ser la justificación para gastar irresponsablemente. Aunque algunos modelos económicos sugieren que el gasto público puede mover a la economía de un mal equilibrio a uno bueno, no debe olvidarse que la actual crisis, que es de naturaleza global, fue causada en parte por el gran déficit de la economía de los EEUU debido a la falta de ahorro, tanto público como privado.

Los criterios que justifican que los gobiernos intervengan selectivamente la economía requieren de la detección de una falla en el funcionamiento de los mercados y que la solución sea buscada al mínimo costo para los contribuyentes. El esfuerzo de los reguladores debe concentrarse en estabilizar los mercados financieros mundiales, que atraviesan actualmente por dificultades, para que los grandes bancos globales normalicen el crédito. Adicionalmente, se han visto afectados porque una gran parte del financiamiento de la última década en el mundo, que permitía que los bancos vendieran parte de su cartera una vez originada, operaba en mercados que actualmente se encuentran cerrados. Ello obliga a los bancos a mantener los créditos en sus balances, debido a las dificultades para securitizarlos o sindicarlos, haciendo muy escaso el capital disponible para respaldar préstamos.

Como complemento a los programas de estabilización financiera (aumentos de capital, compra de activos tóxicos, etc.), la principal idea fuerza que surge como alternativa a la de mayor gasto público es la de incentivar la toma de riesgos para que nuevamente los ahorros vuelvan al sector real en la forma de créditos (bonos) o capital (acciones). Los incentivos tributarios temporales pueden jugar un rol muy importante en este aspecto. El permitir, por ejemplo, que las personas puedan utilizar las pérdidas de capital como gastos deducibles contra otras fuentes de ingreso (remuneraciones) puede hacer más simétrico el incentivo para tomar riesgos en inversiones financieras. También se puede pensar en hacer deducible el 100% de las inversiones en bienes de capital que efectúen las empresas el 2009: una “depreciación instantánea”. Con ello, Keynes podría estar delegando en el sector empresarial la responsabilidad de encontrar las mejores oportunidades para invertir, maximizando el impacto en crecimiento.