Luego de El padrino, ahora es el turno de Chinatown: otra película setentera que regresa convertida en tesoro audiovisual.

  • 29 marzo, 2012

Luego de El padrino, ahora es el turno de Chinatown: otra película setentera que regresa convertida en tesoro audiovisual. Por Christian Ramirez

 

A su manera, las recientes festividades por los cuarenta años de El padrino –que han sido todo un éxito- implican la canonización definitiva de los movie brats, la generación de cinéfilos que a principios de los años 70 llegó para cambiar a Hollywood. Como todos los agitadores cuya revolución triunfa más allá de sus sueños, fueron absorbidos por el sistema para luego ser integrados o condenados, empoderados o expulsados del reino.

Entre 1972 y el presente, el filme de Francis Coppola se ha convertido poco menos que en un texto sagrado, de esos que se citan y se revisitan sin la menor culpa. Y lo mismo ha ido ocurriendo con otros títulos que están cerca de cumplir los 40: Tiburón, Taxi driver, Star wars, Encuentros cercanos, Annie Hall, El francotirador… Claro, ninguno aspira ni de cerca al estatus de mito viviente que carga encima la saga de los Corleone, aunque hay uno que permanentemente revolotea alrededor: Chinatown, de Roman Polanski.

No es casualidad que justo en estos padrinescos días la Paramount (el mismo estudio detrás de los Corleone) haya decidido editar por fin una edición restaurada del filme en blu-ray. Ya en la fecha de su estreno, en 1974, era posible darse cuenta de que una cinta era el reverso de la otra. Ambientadas en costas opuestas –El padrino en Nueva York, Chinatown en Los Angeles-, ambas habían sido impulsadas por el mismo team de productores (Robert Evans, John Calley y Charlie Bludhorn) y constituían sendas miradas al poder: a las tinieblas donde se detenta, a los formatos con los que se enmascara y a los ritos de los que se autoinviste.

El otro dato clave es que las dos no sólo transcurrían en un pasado histórico sino que, además, apelaban a una suerte de pasado cinematográfico. Si El padrino miraba directo a los filmes de mafiosos de principios de los 30 (Public enemy, Little Caesar y Scarface), Chinatown revisitaba las populares cintas de detectives de los 40 y los inicios del filme noir. Era inevitable pensar que su protagonista, el descreído J.J. Gittes -un ex policía reconvertido en investigador privado y cuya marca de fábrica es la sardónica sonrisa que Jack Nicholson lleva pegada a su cara como la etiqueta de una botella- es en realidad un comentario a buena parte de los “sabuesos” retratados por El halcón maltés o El sueño eterno. Tipos que sobreviven y prosperan en la calle, pero cuya excesiva curiosidad acaba por dejarlos atrapados y a merced del sexo, la corrupción y el poder.

A cuatro décadas de distancia –las mismas que los filmes en cuestión tienen con las respectivas eras que retratan- es tentador pensar que la suya es una mirada posmoderna y hasta terminal sobre una Arcadia que inevitablemente luce fuera de alcance. Tal como le ocurre a Michael Mann en Enemigos públicos, su filme acerca de las andanzas de John Dillinger, la distancia y los cambios en las costumbres son la excusa perfecta para mostrar lo que en la era clásica de Hollywood quedaba “autocensurado” tras los finales de escenas, escondido por la penumbra y en los fundidos en negro: la extrema violencia, lo que ocurre puertas adentro y también bajo las sábanas. Si El padrino aprovechaba esos instantes –y vaya cómo- para disolver su carcasa de realismo, Chinatown usa el camino inverso: se sirve de nuestra voluntad para romantizar el pasado antes de descargar el golpe.

Robert Towne –el venerado autor del guión- ha dicho que lo que realmente quería era narrar la historia de su ciudad: una comunidad desértica que en el primer cuarto del siglo pasado floreció a expensas de la ruina y la sequía intencional de los terrenos agrícolas que la rodeaban. Y sabía que el mejor modo de contarlo era creando una delgada tela de araña, que partía en un simple caso de extorsión sexual llegado al escritorio del detective y que continuaba con la aparición de un cadáver, una viuda misteriosa y una pasión prohibida.

Mirar a Nicholson desplazarse por sus escenas es ver a un sujeto que se mete en el torbellino casi conociendo el libreto y el final de antemano, porque estas historias “jamás terminan bien”. Quizás lo más sorprendente de todo es observar la soltura y el pulso con que Polanski dirige el total, traduciendo en colores y en cinemascope, lo que sus antecesores alguna vez predicaron en blanco y negro y en el cuadrado formato 1.33 a 1. Él mismo cuenta en sus memorias que su frustrada intención original era rodar el filme con Stanley Cortez, el legendario director de fotografía de Los magníficos Amberson, de Orson Welles.

El resultado final por fuerza es más ambiguo. Por cierto que el filme es una celebración de la tierra adoptiva que lo acogió como realizador. De su belleza, de su prosperidad, de su pasado. Pero, tal como le ocurre a Gittes al ir acercándose al centro de la telaraña, en Chinatown las sombras del paisaje resultan tan cegadoras como sus luces. Y eso lo sabe el propio Polanski, que bebió hasta el fondo del veneno de esas soleadas colinas y tuvo la suerte –o la condena- de vivir para contarlo.