Por María de los Ángeles Naudon Es una mujer alta y delgada, que habla con entusiasmo y ríe con facilidad. Está casada y tiene dos hijos (Nikky y Bryan Junior). Vive y trabaja en Nueva York. A primera vista, nada llama particularmente la atención en esta ruandesa de 42 años. Hasta que cuenta su historia… […]

  • 13 junio, 2014

Por María de los Ángeles Naudon

Immaculée Ilibagiza

Es una mujer alta y delgada, que habla con entusiasmo y ríe con facilidad. Está casada y tiene dos hijos (Nikky y Bryan Junior).

Vive y trabaja en Nueva York. A primera vista, nada llama particularmente la atención en esta ruandesa de 42 años. Hasta que cuenta su historia… y entonces, la cosa cambia exponencialmente.

Immaculée Ilibagiza tenía apenas 22 años cuando, en abril de 1994, estalló el genocidio en Ruanda, uno de los episodios más aberrantes de la historia moderna, que este año celebra tristes dos décadas de historia. Casi un millón de personas fueron asesinadas en poco más de tres meses, incluidos sus padres, dos hermanos, tíos, primos y la mayoría de sus amigos. Asesinados y torturados: diferentes testimonios dan cuenta de violaciones masivas, amputación de extremidades a golpes de machete, contagio del virus del sida, masacre de niños y guaguas.

Luego de la muerte del presidente Habyarimana–cuyo avión fue derribado por un misil– el odio histórico entre Hutus (tribu que representaba en torno al 85% de la población) y Tutsis se incrementó en Ruanda, dando paso al genocidio de casi el 80% de este último grupo. Los “Interahamwe” –un grupo paramilitar extremo de Hutus– recorrieron cada rincón del país, con el objetivo de exterminar a las “cucarachas Tutsis”, como les llamaban.

Immaculée sobrevivió al genocidio gracias a la caridad de un pastor conocido de su familia, que la escondió –junto a otras siete mujeres– en un baño del porte de un ropero pequeño, desde el que ella sentía cómo los asesinos la buscaban para matarla y torturarla. Ese baño fue su hogar durante 91 días, un hogar donde no se podía hablar, en el que apenas podían hacerles llegar comida y en el que no podían ni moverse ni utilizar la ducha. Salió de ahí sin nada. Sin familia, sin casa, sin ropa, sin dinero. En la soledad más absoluta y con 20 kilos menos de peso.

 

Dios y el perdón

Lo sorprendente de la historia de Immaculée es que ella no siente odio ni rencor. Todo lo contrario. Una vez en libertad, volvió a su aldea natal, buscó los cuerpos de sus padres y hermanos (encontró sólo a un hermano y a su madre), les dio sepultura, enfrentó cara a cara a los asesinos y los perdonó. Lo que es doblemente sorprendente, si se toma en cuenta que muchos de ellos habían sido conocidos y amigos de su infancia.

Y es que, a pesar de que la enemistad entre Hutus y Tutsis tenía años de historia y se había ido incrementando luego de la independencia de Bélgica en 1962, Immaculée dice que en la tranquila aldea de Mataba, donde creció, nunca percibió conflictos. En su libro Sobrevivir para contarlo cuenta con detalle la armoniosa relación y amistad que tenía con vecinos y cercanos Hutus.

Hasta su novio al momento del genocidio pertenecía a esa tribu.

Su historia de perdón y de reconciliación ha recorrido el mundo, y ella es enfática en mencionar que la clave de todo está en haber descubierto a Dios en medio de su tortuoso encierro. ¿Cómo sucedió aquello? Lo único que alcanzó a darle su padre antes de separarse de ella y enviarla donde el pastor, fue un antiguo rosario que rezó con fervor durante sus largas horas de cautiverio. Y cuenta que fue a través de la oración, que Dios le fue dando pistas para sobrevivir y la fue guiando para que, una vez fuera, pudiera rearmar su vida, perdonar y servir a los demás.

Según su testimonio, fue Dios quien la inspiró para rogar al pastor que la escondía que pusiera un mueble sobre la puerta del baño, cosa que permitió que los asesinos no la descubrieran durante sus múltiples allanamientos en busca de refugiados Tutsis.

Durante el encierro, aferrada a la fe, entendió que debía aprender inglés, cosa que hizo con una biblia y un diccionario solicitados al pastor. A través de la oración, comprendió que su familia había muerto, pero que ella debía seguir adelante.

-Resulta difícil creer que usted perdonó a los asesinos de su familia y de tantos amigos. Que no los odia, que reza por ellos…

-No es difícil cuando tienes a Dios. Con Él realmente puedes amar a tu país y preocuparte del futuro y de las nuevas generaciones. El odio y la venganza son estériles.

-Y los que no creen en Dios, ¿cómo lo hacen?

-Eso no importa, todas las personas pueden perdonar, porque el perdón es una cosa de amor. Lo importante es preguntarse cómo uno puede querer más a su país y a su familia, con amor se perdona. Aunque por otro lado Dios es amor, entonces todo perdón viene de Él.

-¿Y qué hay de la justicia?

-La justicia es importante, pero no para castigar a nadie o condenarlo, porque uno es humano y con Dios puede llegar a entender las debilidades de los demás. La justicia es importante para que quede claro que se cometió un error grave y que no se repita nunca más.

-En estos momentos en Chile se discute un proyecto de despenalización del aborto en caso de enfermedad grave del feto, violación o riesgo de vida de la madre. ¿Usted qué piensa de una medida así, dado lo que le tocó vivir?

-Yo no estoy de acuerdo con el aborto. Me opongo, porque creo que es malo para los países que lo permiten. Además, hay que tener cuidado con esas decisiones, porque tienen consecuencias. •••

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Sobrevivir para contarlo

Portada sobrevivir para contarlo“Escucho a los asesinos llamarme por mi nombre. Estaban al otro lado de la pared, y a menos de tres centímetros del estuco y madera que nos separaban. Sus voces eran frías, duras y decididas.

-Ella está aquí… sabemos que está por aquí en algún lado… Encuéntrenla, encuentren a Immaculée.

Había muchas voces, muchos asesinos. Podía verlos en mi mente: aquéllos que solían ser amigos y vecinos, que siempre me saludaban con amor y amabilidad, ahora recorrían la casa con lanzas y machetes llamándome por mi nombre.

-He matado 399 cucarachas –dijo uno de los asesinos. Immaculée sería la número 400. Es un buen número para matar.

Me agazapé en la esquina de nuestro minúsculo baño secreto sin mover un músculo. Al igual que las otras siete mujeres que se escondían para salvar sus vidas conmigo, contuve mi respiración para que los asesinos no pudieran escucharme mientras respiraba.

Sus voces me arañaban la carne. Sentía como si estuviera acostada en un lecho de carbones ardientes, como si me hubieran prendido fuego. Un viento arrollador del dolor engullía mi cuerpo; miles de ajugas invisibles me destrozaban por dentro. Jamás soñé que el miedo pudiera causar una angustia física tan agonizante.

(…) Sabía que ellos no tendrían misericordia, y en mi mente sólo resonaba un pensamiento: si me atrapan, me matan. Si me atrapan, me matan. Si me atrapan, me matan. Si me atrapan, me matan.

(…) Junté mis manos, sujeté el rosario de mi padre y empecé a orar en silencio: Por favor Dios mío, ayúdame. No me dejes morir así, no de esta manera. No permitas que los asesinos me encuentren. Tú nos dices en la Biblia que si pedimos, se nos dará.

(…) Los asesinos salieron de la casa y todas comenzamos a respirar de nuevo. Se habían ido, pero volverían muchas veces en los siguientes tres meses. Creo que Dios permitió que yo sobreviviera; pero aprendí durante los 91 días que pasé temblando de miedo con siete mujeres en un baño del tamaño de un ropero, que sobrevivir es muy distinto a salvarse… Y esta lección me cambió para siempre”.

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Una vida de testimonio

Luego de escapar de la muerte, Immaculée comenzó a trabajar en la Organización de Naciones Unidas en Ruanda, donde conoció a su actual marido, Bryan Black, con el que vive en Nueva York desde 1998.

También se ha dedicado a recorrer Estados Unidos y el mundo, dando testimonio de cómo descubrió a Dios en medio del genocidio y la importancia del perdón. A la fecha, ha publicado siete libros –Sobrevivir para contarlo, Guiada por la fe, Nuestra Señora de Kibeho, Si tan sólo hubiéramos oído, Una visita desde el cielo, El niño que conoció a Jesús y El rosario– y dictado conferencias en 48 estados americanos y en más de 20 países, incluido Chile, donde realizó dos conferencias el mes pasado.

Su primer libro fue publicado en marzo de 2006 y se transformó en un éxito de ventas: ha sido traducido a 17 idiomas y vendido más de dos millones de copias. También se realizó un documental llamado El diario de Immaculée, que se ha transmitido en las principales cadenas de televisión norteamericanas.

Immaculée también ha sido nombrada doctora honoris causa de las universidades de Notre Dame, Saint John, Seton Hall, Walsh y Siena College. Asimismo, ha recibido destacados reconocimientos humanitarios, como el “Mahatma Gandhi International Award for Reconciliation and Peace” y el “American Legacy’s Women of Strenght and Courage”.