Estas palabras responden a la frustración e incomprensión de miles de posteos que me ha tocado ver en estos años estudiando el fenómeno e incluso sufrir en carne propia por columnas que he escrito, donde usuarios –especialmente en Twitter– llaman a mi suicidio, muerte accidental y renuncia, por supuesto, a mi posición universitaria.
Por Daniel Halpern, académico UC e investigador de TrenDigital

  • 6 junio, 2019

No muchos entienden por qué un adolescente podría llegar a suicidarse por mensajes que recibe en redes sociales. No hace sentido. ¿Acaso no son solo mensajitos? Y es cierto. El problema es que pasa: las palabras matan. Y es justamente ese desconocimiento lo que genera el temor o “miedo” que vemos hoy en los resultados de este estudio.

¿Pero qué es lo que sucede en la cabeza de una víctima como para permitir que ello suceda? Hoy escribo desde el dolor. Estas palabras responden a la frustración e incomprensión de miles de posteos –en nombre de la libertad de expresión y derecho de opinión– que me ha tocado ver en estos años estudiando el fenómeno e incluso sufrir en carne propia por columnas que he escrito, donde usuarios –especialmente en Twitter– llaman a mi suicidio, muerte accidental y renuncia, por supuesto, a mi posición universitaria.

Lo primero que uno debe saber es que los casos más complejos suceden cuando una persona es expuesta cometiendo un error o por la filtración de imágenes íntimas. La publicación busca sancionarlo de forma pública, lo que se agrava si se agregan comentarios para denigrarlo.

Acá se produce el primer quiebre emocional en la víctima: se proyecta a sí mismo con la acción que lo denigra y se asusta al creer que ahora todos lo verán así. Piensa que se va a “convertir” en la acción que los mensajes buscan proyectar. Esto se explica por los conceptos de identidad –cómo me veo– e imagen –cómo me ven los demás–. Nosotros hemos estudiado que en las redes sociales las personas valoran tanto los likes, views y comentarios ajenos, que desdibujan el quiénes son para servir el cómo se ven. La imagen termina comiéndose la identidad.

Un efecto similar sucede en las empresas: sucumben ante las amenazas de usuarios por hacer pública información que no quieren ver. Hoy los trabajadores de cualquier empresa –y empresarios a cargo de las mismas– le temen al cómo serán retratados por terceros y los intimida la posibilidad de perder el control de su imagen. 

Volvamos a las personas. El segundo quiebre en la víctima sucede cuando ve que el mensaje se difunde por actores externos: se imagina que todos están hablando de ello. Lo considera injusto. El efecto audiencia acá es central, sobre todo cuando ve que el posteo tiene cientos de vistas o comentarios. Las acciones y atención de los usuarios en esta etapa varían en función del posteo original, pero van desde la funa hasta el morbo por ver el sufrimiento ajeno.

La gran cantidad de actividad en redes genera un tercer quiebre en las dos dimensiones más relevantes de la persona: tiempo y espacio. Al ser el ataque constante y recibirlo incluso en su hogar, la víctima cree que es incapaz de actuar, lo que cierra en su cabeza cualquier posibilidad de respuesta. Acá, aparece el cuarto quiebre, al sentir que es tan grande lo sucedido, que no tiene vuelta atrás. No hay reacción posible y se cierra en sí misma, para finalmente pensar que nadie puede ayudarla.

Dos ideas. La primera es que no debemos normalizar las funas. En el momento que como sociedad validamos el tomar la justicia con nuestras manos, ya no hay vuelta atrás. El detener un exceso o defender a una víctima no justifica el ataque a su victimario. Es más, hoy se ha normalizado atacar a terceros por tener una opinión distinta y hemos olvidado que el disenso es fundamental para el consenso en cualquier sociedad democrática. 

Dos: no hay que temer. Si yo como persona respeto al otro y como empresa procedo de forma correcta, ¿por qué debería temerles a las redes sociales? Al contrario, lo único que debería asustarme es la búsqueda desenfrenada de popularidad social. Aquellos que persiguen popularidad terminan encontrando incoherencia, porque no hay nada más impopular que acomodar un discurso para encontrar el gusto popular. Debemos entender que incluso un director de orquesta debe darle la espalda al público para dirigir. La preocupación debe ser hacer las cosas bien para uno, no para los demás. Y por lo mismo, el valor de una idea nunca debiera estar condicionado por el precio de un like.

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