Si las movilizaciones sociales tienen que ver con timing, recursos y frustraciones concretas, es bueno preguntarse si no hay espacios de sensatez para resolver las diferencias y hasta dónde se quiere llevar las cosas sin amagar bienes superiores.POR ROBERTO SAPAG

¿Es la sociedad chilena del siglo XXI una sociedad polarizada en el plano ideológico? ¿Las visiones sobre cómo está organizado el sistema político y económico son radicalmente incompatibles? ¿Las movilizaciones sociales de los últimos meses se explican como la confrontación de modelos de sociedad inconciliables, como la natural colisión de grupos que enarbolan banderas de lucha discordantes?
Puesto en estos términos, probablemente se convendrá en que la respuesta a las tres preguntas es no. Puede ser que en los extremos de la termografía política haya actores más o menos afiebrados que piensen o deseen que así sea, pero, siendo honestos, es difícil sostener que los conflictos que estremecen políticamente a Chile surgen de un masivo divorcio con la forma en que se ha organizado económica y políticamente el país por varias décadas. No obstante, hay malestar, hay protestas y hay un clima ambiente un tanto crispado, que ya no pasa inadvertido y que copa debates, foros y sobremesas.
En el tema de portada de la presente edición de Capital, el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa califica el fenómeno de “interesante” cuando mira la parte medio llena del vaso. Interesante porque, desde ese ángulo, las movilizaciones que han sacudido a Chile indican que el país está viviendo un tipo de problemas propio de naciones desarrolladas, como Francia o España. Textualmente, el escritor dice que todo esto que está ocurriendo “es una manifestación, paradojalmente, de lo que ha sido el gran despegue chileno”. Algo similar ha dicho el presidente Piñera, quien en más de una oportunidad ha explicado de modo más o menos similar el fenómeno, al señalar que este tipo de problemas es frecuente en las llamadas naciones de ingreso medio, en las que, pese a estar mejor, la ciudadanía quiere más y lo quiere ya.
Hasta ahí, todo bien, salvo porque el vaso también tiene su parte medio vacía. Un vacío cuya fuerza de gravedad puede arrastrar a la sociedad chilena a un “camino muy peligroso”, según dice el propio Vargas Llosa en la entrevista que nos concedió junto a Jorge Edwards.
Y es un camino peligroso porque, por las razones que sea (un espontáneo repertorio de movilizaciones impulsadas por “jovencitos románticos” o una agenda algo más precocinada), el país puede verse atrapado en un torbellino que derive en situaciones indeseadas e indeseables. Vargas Llosa lo expone de modo algo más crudo en la entrevista al señalar que cuando la confrontación escala más allá de los espacios sanos de convivencia, “detrás de eso vienen las balas, los muertos, asesinatos, represión”.
Para algunos sonará exagerado, pero es un punto a tener en cuenta. Si es verdad que no hay una confrontación ideológica total, con bandos inconciliables; si, como parece, lo que hay en juego son puntos que se pueden resolver en el corto plazo, por la vía de la negociación y, en el mediano y largo plazo, por la vía de las reformas y los votos, por qué no cuidar más la convivencia nacional, especialmente cuidando de no empujar las cosas más allá de los márgenes que fija el estado de derecho.