Vapuleada por los medios opositores y presa de una opinión pública crítica a su gestión, la viuda de Néstor Kirchner se encamina a paso firme hacia su segundo mandato. Su oferta populista y una oposición fragmentada explican su éxito en las encuestas, pero, ¿cuánto hay de espejismo y de verdad en su modelo? Por Roberto Cox, desde Buenos Aires.

  • 7 octubre, 2011

Vapuleada por los medios opositores y presa de una opinión pública crítica a su gestión, la viuda de Néstor Kirchner se encamina a paso firme hacia su segundo mandato. Su oferta populista y una oposición fragmentada explican su éxito en las encuestas, pero, ¿cuánto hay de espejismo y de verdad en su modelo? Por Roberto Cox, desde Buenos Aires.

Si el próximo 23 de octubre Cristina Fernández de Kirchner supera el 52% en las urnas –como pronostican varios analistas–, se convertirá en la mandataria que mayor respaldo popular haya obtenido desde el retorno de la democracia en Argentina después de Raúl Alfonsín. Tras el 50% obtenido en las recientes primarias de agosto, sus seguidores apuestan por un desafío aún mayor: alcanzar el 62% de Juan Domingo Perón en aquel septiembre del 73 y pasar a la historia como la presidenta más votada por los argentinos.

Lejos de anecdóticos y supuestos records, nadie, ni los más acérrimos e influyentes líderes opositores, pone en duda el triunfo cristinista. Tanto así que, a tres semanas de las presidenciales, el clima electoral es prácticamente indetectable. El ejército de candidatos que busca frenar el avance oficialista ya dio por perdida la batalla y su pobre presencia propagandística da la impresión de existir sólo por fair play.

Hace tres años el escenario era totalmente opuesto. En plena pugna con “el campo”, la Casa Rosada debía lidiar con bajísimos niveles de aprobación que superaban apenas los 20 puntos. La guerra entre el gobierno y los medios, liderados por el grupo Clarín, estaba abiertamente declarada y hasta el vicepresidente Julio Cobos ponía en jaque su propia administración al votar en el Congreso contra una de sus leyes emblemáticas, que buscaba elevar las retenciones a la producción agrícola.

El descontento popular se dejó sentir en las parlamentarias de junio de 2009 cuando el oficialista partido Frente para la Victoria obtuvo el 30% de apoyo y el ex presidente Néstor Kirchner salió segundo en su elección a diputado en la provincia de Buenos Aires. Un fuerte revés electoral que desde entonces el gobierno comenzó a revertir. Un renacer que radica en hechos concretos y palpables en la cotidianidad de los argentinos, inmersos en la histórica tradición de crisis internas que el país –una vez más– intenta superar.

Sentado en el imponente sillón de Equis, la principal consultora oficialista de estudios políticos, Artemio López es uno de los principales referentes K a la hora de analizar los vaivenes de la actualidad trasandina. Su estilo está lejos de las formas que exige su alto nivel de influencia. Recibe a Revista Capital en polera y buzo, nos ofrece amablemente un mate con edulcorante y pregunta sobre la crisis estudiantil en Chile antes de intentar una explicación de los permanentes temblores políticos que afectan a la nación.

“Argentina siempre tuvo un comportamiento de estas características, cargado de tensión con intereses contrapuestos que se resuelven quizás un poco espectacularmente en el espacio público. Este tipo de conflictos instala también un país con niveles de desigualdad bastante más atenuados, con un sistema de salud que aún sigue existiendo, un sistema de educación que tiene cierta consistencia, con universidades públicas y gratuitas. Todo eso es atribuible a esta actuación un poco desprolija de las tensiones en el marco institucional. Yo prefiero eso que la paz de los cementerios. Es una tradición del país”, señala.

En la vereda contraria, Rosendo Fraga, columnista del opositor diario La Nación, opta por un análisis histórico que retrocede a los orígenes mismos de la política trasandina pero que mantiene ese aparente desorden institucional. “La Argentina tiene un fenómeno particular difícil de entender desde el exterior: el peronismo. Es partido, movimiento, doctrina, ideología y cultura política al mismo tiempo. Es oficialismo y oposición a la vez. El peronismo puede crear cierta sensación de caos, pero al mismo tiempo es el que facilita la gobernabilidad de un país complejo, ambiguo y contradictorio”.

Este contexto, un tanto extraño para la realidad chilena, no sólo ha sido propio de la administración de Cristina. Sus antecesores Raúl Alfonsín, Carlos Menem, el renunciado Fernando de la Rúa y Néstor Kirchner han navegado las mismas aguas turbulentas.
Hoy los análisis atribuyen el éxito electoral a tres factores. En primer lugar, los aparentemente buenos índices económicos (que sin embargo han sido puestos en duda; sobre todo, las mediciones oficiales de inflación). Según el FMI, Argentina es el país que más creció durante el año después de China. En segundo plano, pero no menos importante, la incapacidad de la oposición para lograr un candidato fuerte y único. Y por último, la muerte de Néstor Kirchner como elemento emotivo que permitió a su viuda un importante repunte en las encuestas.

En 2009, cuando el oficialismo perdió las legislativas, el PBI cayó 3% y el desempleo aumentó; ahora, para las presentes elecciones, el gobierno enfrenta un panorama mucho más favorable. Un crecimiento sostenido del 8% y una tasa de desempleo de un dígito (de acuerdo a las cifras oficiales). Índices que se reflejan en la mediciones de intención de voto.

Plata dulce

En la calles de Buenos Aires se respira optimismo; sobre todo, en los sectores más populares, el núcleo duro del apoyo a Cristina. El “tenemos laburo y para comer” es recurrente y basta para obtener espontáneas sonrisas de satisfacción. El descontento generalizado de los argentinos con su clase dirigente es conversación obligada en cualquier charla de café y siempre lo fue, pero si de balances se trata el consumo ha aumentado. Hay largas esperas para obtener una mesa en los concurridos restaurantes porteños y todo indica que Mar del Plata quintuplicará su población este verano a pesar de estimaciones que hablan de una inflación del 30%, muy por arriba de la estadística oficial, que la sitúa en 6%.

La periodista Sylvina Walger, autora de la polémica biografía Cristina, de legisladora combativa a presidente fashion, reconoce que por sus venas fluye un exacerbado anti-kirchnerismo. Ya no ejerce su profesión porque “me han cerrado todas las puertas”. Aún así mantiene su discurso.

“Básicamente el argentino es un frívolo absoluto. Es una persona totalmente intrascendente. Es una persona a la que lo único que le importa es tener plata. Mientras el argentino tenga plata, pueda ir a Punta del Este, a Mar del Plata, vos podés poner el país de cabeza y a nadie le importa. Eso presentí que iba a pasar en 2001 y lo vuelvo a sentir ahora”, asegura. “El estilo de gobierno es comprar a los pobres, no quererlos. Y tienen razón, porque los pobres no quieren que los quieran, quieren tener para comer. Toda la plata que entra a la Argentina es la mitad para ellos y la otra mitad para subsidio de los más humildes”.

Walger hace referencias a los múltiples programas financiados por el gobierno en beneficio de los sectores vulnerables. Entre ellos la Asignación Universal por Hijo de 220 pesos –unos 25 mil pesos chilenos– para desocupados, trabajadores que ganen menos que el salario mínimo o personal de servicio doméstico; el programa Conectar Igualdad que busca entregar tres millones de computadores portátiles a estudiantes secundarios; el plan Carne para todos; o el polémico LCD para Todos de los jubilados.

Esta y otras medidas de inclusión social habrían permitido reducir los índices de pobreza en Argentina. El cuestionado Instituto Nacional de Estadística y Censos, INDEC, establece un 2,4% de la población bajo la línea de indigencia y un 8,3% en condiciones de pobreza. Datos, al igual que el de la inflación, que la mayoría mira de reojo por considerar que son manipulados por la Casa Rosada. La misma consultora K de Artemio López desdijo estos números oficiales cuando en un reciente informe situó la indigencia en un 4,8% –el doble– y la pobreza en un 20,9; es decir, cuatro veces más. López justifica estas diferencias en el método de estudio. “La diferencia es que la valorizaciones de la línea de pobreza y de indigencia son distintas. La canasta básica del Indec y la de nuestra consultora tienen valores muy distintos. En lo que sí coincidimos con el Indec es en que el proceso de desempobrecimiento ha sido muy sólido”.

El melodrama argentino

Hasta el 27 de octubre de 2010, a un año de las elecciones, no existía ni la más mínima duda de que el candidato oficialista sería el ex presidente Néstor Kirchner. Era el siguiente paso del plan orquestado por el matrimonio K para sucederse indefinidamente en el poder hasta que algún infortunio del destino dijera lo contrario. Una dinastía todopoderosa.

Pero aquella mañana, día del último censo nacional, la noticia tomó de sorpresa a cada uno de los argentinos. El líder pingüino falleció de un paro cardiorrespiratorio, instalando un halo de misterio y duda en el devenir político del país.

“Ese momento fue una bisagra. La oposición quedó muy conmocionada. Se les fue el enemigo; durante mucho tiempo no podían embestir contra Cristina. Ella no hizo mal las cosas, se refugió en sí misma, se blindó y la gente comenzó a verla de otra manera. Vio que sin él, ella podía gobernar. Cristina logró mantener el timón, hubo un click en la sociedad”, explica José Ángel Di Mauro, director de Semanario Parlamentario y autor de Cristina K, la dama rebelde.

Fraga también apunta en la misma dirección: “Kirchner era una figura desgastada por casi ocho años de ejercicio del poder y su muerte hizo que Cristina apareciera como una figura nueva. En realidad, el gobierno de Cristina como tal tendrá sólo un año al momento de la elección presidencial el 23 de octubre”.

Walger opta por una visión más descarnada: “la Argentina, junto con México, son los creadores del melodrama. Es de telenovela. Una mujer muy criticada de golpe está sola, frágil y sin marido. Es la telenovela que les hacía falta a los argentinos. La empezaron a encontrar divina, buena, sufriente”.

Mauro tiene 44 años. Es arquitecto. La crisis de 2001 lo obligó a trabajar desde entonces arriba de un taxi. Cuenta que siempre votó por los radicales y que jamás lo habría hecho por Néstor y menos por Cristina. “¿Sabés qué me pasó? Cuando él murió me sorprendió ver esa inmensa cantidad de jóvenes llorando desconsolados su partida y ahí me di cuenta de que por algo pasaba eso. No podía ser porque sí y decidí darle una oportunidad. Yo sigo con mi taxi, pero me alcanza para vivir y mantener a mis dos nenes. En octubre voy a votar por ella”. Su relato es el ejemplo de los que muchos llaman “efecto luto”.

En el oficialismo prefieren esquivar dicha teoría. Señalan que sólo es un intento de la oposición por ningunear el liderazgo de la mandataria y hacerla ver demasiado dependiente de su marido. “Esos episodios normalmente acontecen y circundan el periodo del acontecimiento solamente por un tiempo, pero no se prolongan un año. De no existir consistencia en la gestión, eso se diluye”, se defiende López mientras saborea su décimo mate.

Una de las mayores interrogantes de los argentinos es saber qué pasará cuando Cristina asuma un nuevo periodo. Los más alarmistas hablan de una radicalización política del proceso iniciado en 2003 por Kirchner, mientras los más cautos creen en la continuidad de una gestión que ha traído buenos réditos económicos a sectores del país.

Los temores apuntan a una eventual voluntad oficialista por reformar la Constitución y permitir futuras reelecciones. Hoy el gobierno no cuenta con los dos tercios necesarios en ambas cámaras para dichos efectos, pero la futura renovación de la mitad del parlamento podría facilitar los hasta ahora supuestos deseos kirchneristas.

López ríe cuando escucha la teoría de las reformas: “si por radicalizar se entiende desacomodar el país en términos institucionales para garantizar la perpetuidad en el poder, eso no va a acontecer. Si por radicalizar se entiende afectar los intereses empresarios a la manera del populismo chavista, eso tampoco va a acontecer”.

Di Mauro también pone paños fríos a las elucubraciones más temerosas y hace hincapié en un factor que pocos toman en cuenta. “No veo a Cristina con voluntad de perpetuarse en el poder. Sí, la voluntad de perpetuar el modelo. Estos otros cuatro años ella los asume como una carga. Es un desgaste físico muy grande. Antes era un doble comando: ella y su marido; ahora es único”.

Analistas coinciden en que el alto apoyo en las urnas, una mayoría en el parlamento y una oposición desarticulada le permitirán transitar un tranquilo periodo de gracia para mantener las políticas del gobierno. “La gente confía en que esto se va a mantener y que podrán manejar los factores externos más complicados, como los gremios y los empresarios. No tendrán enemigos salvo la crisis internacional, contra la cual Argentina no está blindada. También está el hecho de que Cristina no podrá ser reelecta por tercera vez, por lo que en dos años se va comenzar a pensar en quién la va a suceder, siempre en el seno del propio kirchnerismo”, agrega Di Mauro.

A menos que ocurra un cataclismo, el próximo 10 de diciembre Cristina comenzará su segundo mandato, el tercero de la era iniciada por su difunto marido. Hoy pocos ponen en duda su capacidad para superar el infortunio y enfrentar las turbulencias, pero, ¿serán esos atributos suficientes para conducir a Argentina a través de la incierta crisis internacional?

El efecto Macri
“Da asco la mitad de Buenos Aires”. Estas palabras fueron escritas por el autor de canciones como El amor después del amor. Así Fito Páez expresó a través de una carta publicada en Página 12 su rechazo a la reelección de Mauricio Macri como jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

Su opinión, compartida por los kirchneristas más acérrimos, causó un repudio generalizado, pero a la vez demostró el nivel de radicalización del discurso político. Fue la evidencia del desprecio a todo lo que oliera a liberalismo, personalizado en Macri y reencarnado en corporaciones mediáticas como Clarín.

Desde que Cristina se colocó la banda presidencial, el candidato a vencer en las elecciones venideras era el jefe de gobierno porteño. Exitoso empresario y representante de la nueva generación política, Macri no pudo mantener ni el más mínimo diálogo con la Casa Rosada. Su figura era vista como la única carta capaz de contrarrestar a la maquinaria oficialista pero, previendo lo que venía con las encuestas en la mano, decidió dar un paso al costado y asegurar su reelección en la capital.

Meses después la oposición llegaría a las primarias fragmentada con nombres ya conocidos como Eduardo Duhalde, Ricardo Alfonsín, Alberto Rodríguez Saá, Elisa Carrió y Hermes Binner. Ninguno superó el 13%, mientras Cristina miraba de lejos con su imponente 50,24%. Salvo un cataclismo político de última hora, el destino estaba escrito.

A modo de consuelo, Fraga busca atenuantes. “Con una oposición unida y bien articulada, a lo mejor el oficialismo obtenía cuatro o cinco puntos menos, pero además el voto opositor no se hubiera dispersado y entonces la elección se hubiera planteado entre dos bloques relativamente equivalentes. Aunque el oficialismo finalmente ganara en segunda vuelta, la situación política sería muy distinta”.

En la Casa Rosada están conscientes de que el triunfo fue facilitado por lo que denominan anacronismo de sus competidores. “Creo que no notan el cambio del paradigma. No se dieron cuenta de que este es otro país. Ellos están hablando del país de 2001. Están atrasados en el tiempo, por lo menos 10 años. No han tomado nota de la resolución de la crisis por parte del kirchnerismo. No han tomado nota de la recomposición social, de las transformaciones de las estructuras productivas de la Argentina que demandan otro tipo de representación política. En ese sentido son todos prekirchneristas”, analiza López mientras ceba su último y ya deslavado mate.

“Hoy candidatos como Duhalde dan manotazos de ahogado con frases como las elecciones se definen en las últimas semanas o vienen etapas difíciles y el Gobierno no tiene capacidad de gestión, mientras un resignado Alfonsín hace “un llamado al diálogo entre las distintas fuerzas políticas para encarar en conjunto los problemas del país”.