En apenas 710 kilómetros cuadrados (la Región Metropolitana tiene más de 15.000), un puñado de 5 millones de personas se las ha apañado para encabezar cuanto ranking hay. Aunque pululan por sus calles con un aura sofisticada y mucha onda, en el fondo los habitantes de esta ciudad-estado pueden ser unas máquinas si de rendir se trata. Para muchos, todo un ejemplo. Uno, sin embargo, que en algunos de sus recovecos exige mirar para el lado.

  • 16 noviembre, 2011

En apenas 710 kilómetros cuadrados (la Región Metropolitana tiene más de 15.000), un puñado de 5 millones de personas se las ha apañado para encabezar cuanto ranking hay. Aunque pululan por sus calles con un aura sofisticada y mucha onda, en el fondo los habitantes de esta ciudad-estado pueden ser unas máquinas si de rendir se trata. Para muchos, todo un ejemplo. Uno, sin embargo, que en algunos de sus recovecos exige mirar para el lado. Desde Singapur, por Roberto Sapag.

La historia de éxito de Singapur comenzó a escribirse oficialmente como república independiente hace sólo 46 años. Un periodo tan breve, que la experiencia de recorrer sus calles intachables y plagadas de estilosos rascacielos como que no calza. Cuesta creer que ahí mismo, donde todo luce impoluto, moderno y perfecto, hace cuatro décadas había un puñado de habitantes que frágilmente mantenía en rodaje una economía de baja industrialización y muy dependiente.

Hoy Singapur, con su esperanza de vida al nacer de más de 80 años y su PIB per cápita de casi 45.000 dólares, es tal vez el ejemplo al cual más recurrentemente se acude cuando se mencionan casos de transformaciones milagrosas. Un honor que, para ser honestos, se lo tiene bien ganado. Ya sea por competitividad, eficiencia, globalización o educación, esta nación encabeza sin discusión los rankings más exigentes y reputados a nivel mundial… y lo viene haciendo desde hace un buen rato.

Singapur se precia de sus estándares, los que entre otras cosas establecen que los gobiernos no pueden gastar más de lo que generan en su periodo de cinco años. Una sociedad exigente y severa, en la que son habituales la pena de muerte por linchamiento y los varillazos a los delincuentes.

¿Cómo lograron tanta maravilla? ¿Es verdad, entonces, que existen los milagros? Esas son las preguntas que caen de cajón. Y las respuestas están entrelazadas, ya que la forma en que lograron su actual estatus de nación modelo demuestra, justamente, que no existen los milagros.

Y no existen porque esta ciudad-estado se ganó con esfuerzo, disciplina y, sobre todo, con un escalofriante pragmatismo la posición que hoy ostenta en el mundo. Detrás de todo ello están sus líderes políticos y, en especial, uno que es más que un padre de la patria. Su nombre es Lee Kuan-Yew, de quien hablaremos pronto más en extenso.

Planes a 50 años

Como las cosas entran primero por los ojos, lo que más llama la atención y, a la vez, ilustra a una escala de simple mortal lo eficiente y bien armado que está este país es el pulso y despliegue de sus ciudades. Con calles intachables y ordenadas, una arquitectura cuidada, estándares de seguridad ciudadana impresionantes (poco más de 20 homicidios por año) y, qué duda cabe, una increíblemente bien administrada escasez de terreno, Singapur tiene marca registrada en las dimensiones de sustentabilidad y calidad de vida.

Detrás de aquello, y como ya dijimos, en esto no hay milagros: hay muchas horas hombre y una microscópica planificación. Esta es quizás la palabra clave que hay que retener, porque acá todo es obra de un plan. La ciudad está planificada en materia de uso de la tierra, transporte y viviendas públicas con un horizonte de 50 años, carta de navegación que se actualiza cada 10 años.

El Estado no descuida ningún detalle. Constituye los fondos con aportes de empleados y empleadores, compra las tierras (o las crea, ya que eso de quitarle espacio al mar es una política), desarrolla el proyecto arquitectónico y dirige su construcción. Así van tomando forma con una impresionante armonía barrios satélites auto-contenidos, con supermercados, colegios, clínicas, facilidades recreativas y centros de alimentación. Barrios que además consideran modelos de integración multiétnica, en un país donde los habitantes de origen chino representan el 76,8%; los malayos (la raza, no la nacionalidad, que es malasia), el 13,9%; los indios, el 7,9%; y en donde un alto porcentaje de las tareas productivas menos sofisticadas son realizadas por inmigrantes.

Cuando se conversa con las autoridades encargadas de la planificación se percibe dominio de la situación. Y no hablamos de técnicos que tienen bajo control eventuales focos de colapso urbano, sino de profesionales que van mucho más allá y que argumentan, por ejemplo, que sus planes les han permitido aumentar las cubiertas verdes de la ciudad desde un 35,7% (sí, con decimales) hasta un 50% entre los años 1986 y 2010, mismo lapso en que la población saltaba desde 2,7 millones de habitantes a 5 millones. En simple, y sin soberbia, lo que dicen es que no sólo absorbieron esa mayor población, sino que lo hicieron aumentando los espacios verdes en el escaso terreno que son los 710 kilómetros cuadrados que dan forma al país.

Y ni hablar de otros datos apabullantes que conforman a su perfectamente bien planificado sistema. Así, y como el agua potable no abunda (de hecho, gran parte la importan desde Malasia), han logrado construir una red de canales colosal que transporta, recupera y distribuye el vital elemento, del cual sólo se pierde un 4,5%, una de las tasas más bajas del mundo. Además, tienen plenamente cubiertas y resueltas las necesidades de transporte, tanto con redes de metro (hoy unos 130 kilómetros) como con exigentes cuotas y onerosos cobros a quien quiera tener un auto. Y, por supuesto, también saben qué pasa con cada kilo de basura (54% se recicla, 43% se incinera y se destina a producir energía y sólo un 3% va a vertederos). En fin, la lista es larga.

Es tanto lo que saben en materia de “hacer ciudad” y tanta la reputación que han ganado, que ya están a la vanguardia en el desarrollo de eco-ciudades, con un proyecto impresionante en Punggol, y ya están exportando el modelo a China, India y Medio Oriente. Un ejemplo es el proyecto de eco-ciudad que trabajan con el gobierno chino y que albergará a unos 350.000 habitantes.

Eso, sólo en materia urbana comercial y habitacional, porque a nivel productivo e industrial no se quedan cortos ni perezosos. Sí, porque en cosa de pocos años este país ha sido capaz de impulsar el ensamblaje y fusión de siete islas, las que hoy dan forma a Jurong Islan, donde se emplaza un hub petroquímico en que se han invertido 30.000 millones de dólares en activos fijos de compañías del calado de BASF, BP, Celanese, Exxon Mobil, Dupont, Mitsui Chemicals, Chevron Oronite, Shell, Singapore Petroleum Company y Sumitomo Chemical.

Conexiones de lujo

Para no abusar, sólo decir que también sorprenden en el despliegue territorial su impecable aeropuerto y su puerto.

El primero, con una circulación de 42 millones de pasajeros al año, es una taza de leche, una mezcla de relajado y sofisticado mall y spa. Allí hay terrazas con piscinas gratuitas para amenizar las esperas; zonas de lectura con libros a disposición; salas de cine, jardines botánicos y mariposarios, Wi Fi gratuito, zonas de relajo, etc.

El segundo, el puerto, es una especie de gigantesco mecano, altamente computarizado. Los camiones pasan por una suerte de portales en los que, a medida que avanzan, se les proporciona la información del lugar preciso y el minuto exacto en que deben estar para las faenas de carga/descarga. Así, dentro del puerto, los vehículos se mueven casi en forma robotizada, con una precisión de reloj suizo. Son 27 millones los contenedores anuales y 60 los buques que a diario operan en el puerto de PSA, el mayor en este nicho a nivel mundial. Es tan grande y todo opera tan sincronizadamente que es fácil sospechar que una falla en los engranajes del sistema tendría insospechados alcances económicos.

De más está decir que tanto puerto como aeropuerto son seguidos con detención desde Chile y que más de alguna cita se ha hecho para establecer contactos.

Todo ensambla

Detrás de todo esto hay, por cierto, personas, ciudadanos que tienen una historia compartida y adscriben a un sistema. La historia, anticipamos, es reciente y tiene como uno de sus puntales la figura de Lee Kuan Yew, padre de la patria y quien desde 1959 (antes de la independencia de la Federación Malaya) y hasta 1990 fue amalgamando gran parte de los atributos que hoy identifican al modelo singapurense.

Bajo su firme mano, el timón de este país apuntó hacia un norte cargado de orden y pragmatismo; uno donde el trabajo bien hecho es una máxima y la corrupción es una condena segura. Así nació esta sociedad exigente y severa, que algunos califican de autoritaria, en la que la muy usada pena de muerte por linchamiento y los varillazos a los delincuentes (el caning) son señalados por los defensores de los derechos humanos como los enormes lunares de esta sociedad.

Lee Kuan Yew, quien aún vive, fundó el Partido de Acción Popular, conglomerado político mayoritario y que es el motor y combustible que ha inspirado el devenir de esta república parlamentaria unicameral cuyos códigos ideológicos tienen contornos difusos, y lo que de verdad moviliza el destino nacional es el pragmatismo. Acá las autoridades políticas no osan cruzar la frontera de lo legal porque el castigo es, literalmente, mortal. Acá quienes cumplen funciones públicas no pueden hacerlo si no han pasado el test de la blancura del head hunting. En fin, acá no se brindan espacios al amiguismo y la improvisación; menos, en la conducción del destino nacional.

¿Fue Yew quien estableció los cimientos de todo esto? Eso lo responderán los libros de historia. Como sea, por ahora, a nivel de la gente de la calle nadie lo pone en duda. Él fue y es un líder, un punto de referencia. Gracias a sus decisiones el inglés es casi una lengua nativa. Gracias a los estrictos códigos esbozados bajo su mandato, virtualmente no hay crímenes; gracias a él, el Estado no aplasta pero sí está detrás del más mínimo detalle.

Hoy Singapur se precia de sus estándares, los que entre otras cosas establecen que los gobiernos no pueden gastar más de lo que generan en su periodo de cinco años y fijan estrictas normas sobre endeudamiento público. Cuestiones, era que no, que cumplen a pies juntillas, ya que el único año desde la independencia en que han echado mano a las reservas fue en 2009, para la mayor crisis desde la Gran Depresión.

A nivel de gobierno se resume esta filosofía señalando que cada una de las décadas, de las últimas cinco de independencia, ha presentado desafíos distintos para Singapur, y que la forma de enfrentarlos ha sido con una estrategia de largo plazo que involucre a la población en las transformaciones que se estén impulsando. “El desafío principal es lograr que la población se acople a las metas trazadas con cierto grado de consenso”, dicen.

Un desafío no menor, dado que observadores plantean que, como está ocurriendo en tantísimos lugares del mundo, la porosidad de las fronteras culturales termina infiltrando especialmente a los jóvenes y, a la larga, introduciendo transformaciones culturales. Pregunta: ¿podrá Singapur seguir teniendo la monolítica performance política y social de las últimas décadas o podría ver aguadas las convicciones que hasta ahora han funcionado tan bien?

Por cierto que hay otros problemas que están latentes, como su cercanía a naciones productoras de narcóticos o su dependencia de los inmigrantes para mantener activo el aparato productivo. Son sombras que se proyectan sobre un modelo que parece inmaculado, pero que obviamente no puede ser perfecto. Tal cosa –a menos que creamos en milagros– no es humanamente posible.

 

Chile, a la distancia
Un país como Chile, que más de alguien ha calificado como el milagro sudamericano, tiene más de una razón para depositar la mirada sobre el caso de Singapur. En puertos y aeropuertos, por cierto, pero también en cómo ha logrado la excelencia en materia educacional. Todas esas y muchas más son áreas en que se puede sacar lecciones.

Hoy Chile no está precisamente al centro del radar de Singapur. Ese lugar en América latina lo ocupa Brasil, coloso que en el área energética tiene un importante volumen de negocios con esta nación del sudeste asiático.

En Chile los capitales singapurenses están presentes en nichos específicos y muy dirigidos. Temasek, el gigantesco fondo soberano de ese país, tomó hace un año y medio una participación en Lan Chile superior al 1,18%. Sembcorp, un imponente grupo industrial con operaciones en las áreas energía, sanitaria y marina, también tiene presencia en Chile en el rubro sanitario (Aguas Santiago, Aguas Chacabuco) y diseña planes de expansión.

Dicen en Singapur que siguen mirando atentamente a Chile, en especial por su recorrido como nación estable, en donde destaca entre sus pergaminos el estar en la OCDE.

Nuestro país, en tanto, ya está acudiendo al modelo educacional singapurense para importar modelos y experiencias; entre otras áreas, en matemáticas. A nivel corporativo, la presencia chilena se hace sentir en las oficinas que en Singapur tiene la minera BHP, que cuenta entre sus profesionales a una amplia camada de chilenos, los que son un porcentaje importante de los 120 connacionales que viven en esas lejanas tierras. Otra empresa que ostenta una pica clavada en el suelo singapurense es Concha y Toro, que tiene radicadas allí sus oficinas para esa región.

Datos: pocos, pero potentes
• Población total: 5 millones
• Población residente: 3,8 millones
• PIB en dólares: 223.000 millones
• PIB per cápita: US$ 45.000
• Tasa de desempleo: En torno a 2%
• Principales socios comerciales: Unión Europea, Malasia, China, EEUU, Indonesia
• Principales socios comerciales A. Latina: Brasil, México, Panamá, Venezuela
• Reservas extranjeras: US$ 250.000 millones
• Jornada laboral semanal: 44 horas
• Multinacionales con sede en el país: 7.000
• Áreas de expertise: Puertos, aeropuertos, energía y gas, telecomunicaciones, infraestructura urbana, servicios ambientales