Roberto Brodsky recrea el destierro de un doctor judío enfermo de Alzheimer, relatado por su hijo. Por Marcelo Soto.

 

  • 4 abril, 2008

 

Caminar por un cerro tras un incendio debe ser una de las experiencias menos reconfortantes: todo parece muerto, convertido en cenizas que se pegan al cuerpo y ensucian la ropa, al punto que se tiene la triste convicción de que nada bueno podrá salir de semejante desierto.

A esa sensación alude la nueva novela de Roberto Brodsky, Bosque quemado, que registra la relación entre un viejo doctor comunista, Moisés, y su hijo, un artista adolescente, mientras transitan por el destierro y el olvido. Tras el golpe militar, ambos inician un periplo por Argentina, Venezuela y España, en el que conocen el rostro más ruin del exilio, aquel donde se cargan culpas, sospechas y rencores. La rutina se vuelve inasible y sólo queda sobrevivir, apenas sostenidos en lo que el narrador llama “los parámetros pertinentes”, que vienen a ser esas convicciones que, por muy artificiales que sean, disfrazan el vacío, la derrota.

 

Al volver a Chile, aparece otro costado del desarraigo, cuando el padre comienza a mostrar los primeros síntomas de Alzheimer. La forma en que el autor describe el hundimiento en el pozo de la enfermedad es notable, del mismo modo en que desenmascara el vulgar acomodo de la clase emergente chilena, que de inocente no tiene nada, durante la transición. Como se ve, esta no es una novela amable ni indulgente. Y está dotada de una escéptica mirada sobre la posibilidad de sanarse a través del arte. “Escribir no tenía solución. La fórmula resumía bien mi vocación prohibida por la literatura. Mejor callar, transitar por otra mesa. Destruir las pruebas. Pensaba que entonces los nudos se soltarían, pero fue un error. No hay sobras que arrojar en el inventario del náufrago”, dice el hijo-narrador.

 

Con este título, Brodsky se consolida como uno de los más singulares exponentes de su generación, la misma de Bolaño, si bien en muchos pasajes su estilo denota las grietas mostradas en El arte de callar: una tendencia a la retórica alambicada, al juego de palabras que a veces conduce a la palabrería.

 

Pero la novela posee un espesor, una hondura, que es como mirar hacia el fondo cuando nadamos en mar abierto, que supera tales fisuras. Y en ciertos momentos alcanza verdades mayores, como cuando el protagonista advierte: “En cuanto a mí, no había mayor novedad: mi padre era mi país, mi patria portátil. Yo sería del lugar donde estuviese él”.