Bob Dylan se presentó en Chile por segunda vez el pasado 11 de marzo en Arena Santiago. Una noche epifánica para quienes lo seguimos de cerca y un enorme desafío para quienes esperaban una jornada repleta de hits. Por Andres Valdivia

  • 19 marzo, 2008


Bob Dylan se presentó en Chile por segunda vez el pasado 11 de marzo en Arena Santiago. Una noche epifánica para quienes lo seguimos de cerca y un enorme desafío para quienes esperaban una jornada repleta de hits. Por Andres Valdivia

 

Bob Dylan se presentó en Chile por segunda vez el pasado 11 de marzo en Arena Santiago. Una noche epifánica para quienes lo seguimos de cerca y un enorme desafío para quienes esperaban una jornada repleta de hits. Por Andres Valdivia

 

Lo decíamos en estas mismas páginas hace algunas semanas: lo de Dylan en vivo es una experiencia extraña, algo difícil a veces, pero con el potencial de cambiarte la vida. Y eso fue lo que pasó el 11 de marzo en Arena Santiago. Este fue mi tercer encuentro con Dylan y llegué a él con las aprehensiones necesarias para pasar un buen rato: expectativas bajas en torno a la selección de canciones y sabiendo que el veterano no es una de esas estrellas dispuestas a sonreírle al público por un par de aplausos extra. Por una de esas suertes de la vida, terminé sentado en la tercera fila y no sólo escuchaba a la perfección, sino que podía ver cada gesto de la bestia sobre el escenario. Lo que vi y escuché no sólo me emocionó de manera estructural, sino que además me ayudó a comprender un poco más a este personaje hermético y rebosante de talento, aun a sus 66 años de edad.

 

Hace más de 15 años que Dylan no revive sus canciones tal como las escuchamos en sus discos de los 60s y 70s. En algún punto sintió que debía observarlas desde otra perspectiva y no es novedad alguna que mucho de lo que ofrece en vivo muchas veces parece irreconocible. Al verlo cantar uno entiende finalmente que el desprecio de Dylan no es para su público, sino para la gran emoción gatilladora de la que han lucrado la gran mayoría de sus contemporáneos: la nostalgia. El tipo está fuera de ese circuito y quienes llegaron pensando en escuchar baladas folk con guitarra de palo tienen que haberse llevado una gran decepción. Y en el centro de esa decepción aparece un fenómeno del que poco se habla: la tendencia a la apropiación que todos tenemos sobre la música que nos emociona. Exigimos ser saciados por quienes la interpretan o la componen, y en esa exigencia poco espacio dejamos para comprender la búsqueda de un creador por encontrar una voz que le haga sentido y a más de cuarenta años de haber sido ungido como el salvador de una era.

 

Dylan dio un concierto impecable e incluso me atrevería a decir que fue mucho más generoso de lo que es generalmente en vivo. Sonrió, improvisó, tocó la armónica, dio pasitos de baile y hasta hizo un bis. Pero lo realmente sobrecogedor fue escuchar “Just Like A Woman” en una versión country salida del peor de los tugurios de El Paso, Texas. Una banda de viejos zorros para el jefe de todos los zorros, viejos y jóvenes. Una noche redonda, emocionante y por nada del planeta nostálgica.