Miren qué ingenio. Con “Borat” se puede estar en ambos bandos, sin que nadie se sienta traicionado. POR HECTOR SOTO Aunque ya no hacía falta, porque a estas alturas simplemente pruebas al respecto sobran, el entusiasmo de gran parte de la crítica gringa e incluso mundial con ese bodrio de proporciones que es Borat entrega […]

  • 6 abril, 2007

Miren qué ingenio. Con “Borat” se puede estar en ambos bandos, sin que nadie se sienta traicionado.
POR HECTOR SOTO

Aunque ya no hacía falta, porque a estas alturas simplemente pruebas al respecto sobran, el entusiasmo de gran parte de la crítica gringa e incluso mundial con ese bodrio de proporciones que es Borat entrega otra evidencia más de la absoluta irrelevancia cultural en que está cayendo la crítica de cine. En realidad, se necesita tener la brújula muy extraviada para darle contornos de “fenómeno” a una película que es ramplona en sus intuiciones, terriblemente gruesa en su desarrollo y tan graciosa como un chiste fome. Ni siquiera hay que concederle la autoridad de la carcajada.

Creo que pocas veces me reí menos y me aburrí más. Pero, en función de la repercusión de esta porquería en Estados Unidos, es cierto que ahí hay un fenómeno. El asunto es que es tan obvio que no da para mucho análisis. La supuesta gracia de Borat está en contrariar frontal y radicalmente los extremos más beatíficos de la conciencia políticamente correcta de los gringos, donde cualquier palabrota puede servir de base para una acusación de sexismo, machismo u homofobia y donde cualquier coqueteo puede amparar una demanda por acoso. Sacha Baron Cohen, creador del personaje, coguionista y protagonista, encontró la manera de decir, proclamar, difundir y representar todas las incorrecciones posibles e inexcusables en los Estados Unidos de hoy.

Más que eso: encontró la manera de hacerlo sin culpa y sin tener que responder ante nadie, entre otras cosas porque la responsabilidad está desdoblada entre él como autor y él como personaje.

Como autor, él está suscrito a la conciencia política correcta; como personaje, por la inversa, se da el gusto de defecar literalmente sobre ella. Miren qué ingenioso el hombre. Descubrió la manera, calculadora en mano, de estar en lo mejor de los dos mundos.

A lo mejor el único rasgo de la película que no se hunde con el resto es el uso, entre ambiguo, torvo y mañoso, del formato reality al interior de la estructura narrativa de la cinta. El factor reality, como lo sabe cualquiera, ha duplicado expresiva y comercialmente los pulmones de la industria de la televisión norteamericana y tiene tan fascinadas a las audiencias como enloquecidos a los productores.

La idea de transformar la realidad, que normalmente no es muy atractiva, en un espectáculo cruento, satisface instintos muy básicos de voyeurismo, indiscreción y morbo. Hoy no hay trampa más efectiva para exterminar ratones que una buena cámara oculta. La gente lo pasa bien y las víctimas se autoinmolan solas.

Los críticos que han estado aplaudiendo Borat no han parado de contar uno a uno los chistes que contiene película. Dios los guarde. Leyendo sus comentarios pareciera que fueron escritos por plumas risueñas que volvieron a matarse de la risa recordando los despropósitos del protagonista Todo es muy básico y simplón. Que las feministas, que Irak, que el rodeo, que el viejo en pelotas…

No tengo la menor idea de qué diría un Billy Wilder (Una Eva y dos Adanes) o un Blake Edwards (La fiesta inolvidable) frente a Borat. Pero sospecho que uno y otro, que fueron maestros del arte de la comedia, señalarían que este señor Cohen está en un negocio muy, muy distinto del género que ambos cultivaron.