El libro que recopila las críticas de cine de Héctor Soto es un ejercicio admirable de estilo y precisión. Lectura obligada.

 

  • 23 marzo, 2008

 

El libro que recopila las críticas de cine de Héctor Soto es un ejercicio admirable de estilo y precisión. Lectura obligada. Por Marcelo Soto.

Alguien dijo que la patria es el lugar donde uno ha sido libre y es probable que para Héctor Soto aquel territorio se encuentre en una sala de cine. A oscuras, solo ante el telón, ojalá sin saber demasiado del filme que pronto se exhibirá, porque “es preferible llegar con alguna inocencia” y para ser más precisos sentado entre la fila sexta y décima, para que coincida “el espectro visual de la mirada con los bordes de la pantalla”. Otros requisitos: nunca ver una cinta si ya ha comenzado, perderle el miedo a repetirse un filme y no limitarse a las obras maestras, pues las malas producciones pueden enseñarnos tanto como las buenas.

Tales coordenadas son las que entrega Héctor Soto en Una vida crítica. 40 años de cinefilia, volumen que registra su trayectoria como reseñador de películas, oficiada en medios tan diversos como La Unión de Valparaíso, la recordada Enfoque y en esta misma revista, de la que también –como sabrán– fue director. El libro es extraordinario por varios motivos. No sólo porque está escrito de manera impecable, con esa aparente sencillez –que de simple no tiene nada– que logran los mejores escritores, sino porque a la inteligencia de los argumentos suma una contundencia y un razonamiento ejemplares al momentos de expresarlos. Pero quizá eso no sea lo más importante. Lo que perdura, lo que hace que gocemos un libro como este, es el coraje, el cariño con que el autor aborda los misterios de la experiencia fílmica.

Magníficamente editado por Christian Ramírez y Alberto Fuguet, el libro puede leerse desde varias entradas: artesanía versus inspiración; estética versus vida; ideología versus política.

Pese a la diversidad de temas y títulos que trata, posee una fluidez y coherencia admirables y por la claridad de sus conclusiones debería ser lectura obligada en las Escuelas de Cine (otro gallo cantaría si los cineastas locales hubiesen leído bien a Héctor Soto). Dicho sea de paso el autor puede apreciar mucho a los cineastas que aman su oficio y a sus personajes, pero es implacable con la sensiblería disfrazada de emoción o con el panfleto camuflado de realismo. “La política está llena de interrogantes que no tienen respuesta. El resto es candor”, nos dice.

En una de sus columnas más reveladoras, advierte –citando a Truffaut– que todo el mundo se siente con derecho a hablar de cine y en ocasiones puede hacerlo mejor que los comentaristas profesionales. “Esta situación, que para un gran número de personas entregaría una evidencia definitiva de la miseria profesional de la crítica, en definitiva es el factor que redime el oficio y lo ubica entre las delincuencias menos nocivas y más entrañables de esta época”, concluye.

Es cierto. Todos somos críticos, pero algunos son mejores que otros. Y unos pocos, como Héctor Soto, son incombustibles. El periodismo puede ser un oficio desechable, pero estas páginas no tienen fecha de defunción.