La quinta temporada de esta comedia que retrata las miserias de los emprendedores tecnológicos de Palo Alto está a punto de volverse obsoleta. Pero no.

  • 7 junio, 2018

Lo queramos o no, la eficacia de los dispositivos electrónicos depende de sus tediosas actualizaciones. ¿Qué mejoras y novedades traerá la nueva versión de una aplicación o de un sistema operativo? Con las nuevas temporadas de las series pasa un poco lo mismo y en una serie de innovación tecnológica, la analogía es directa. Para la quinta temporada de Silicon Valley (HBO), muchos nos preguntábamos si el guion se podría estirar un año más o si la serie sería la misma sin uno de sus actores principales.

Lo cierto es que la comedia, creada el 2014 por Mike Judge (Beavis and Butt-Head, Jackass 3D), alcanzó sus puntos más altos durante sus tres primeras entregas y ya en la cuarta empezó a dar señales de agotamiento. Los chistes parecían repetidos y al guion le costaba avanzar. Silicon Valley cuenta la historia de Richard Hendricks, un genio geek que renuncia a una megaempresa de tecnología cuando crea un algoritmo de compresión y funda su propio startup. ¿El drama? Cómo abrirse paso en el competitivo mundo corporativo de Palo Alto sin comprometer su integridad.

La comedia se ríe de los emprendedores arrogantes, de los millonarios excéntricos y de los supuestos genios tecnológicos. Para esto, centra el guion en un adorable grupo de sujetos desadaptados que a diferencia de sus pares, quieren ocupar la tecnología para mejorar el mundo. En ese sentido, la serie se vuelve política. En esta quinta temporada Richard y sus secuaces se proponen crear una nueva Internet, libre, abierta y descentralizada. Pero en el camino a conseguirlo se toparán con un reparo, ¿hacerse millonarios o hacer lo correcto? El sueño americano se plantea en esta comedia como un dilema de corto plazo.

Antes de llegar a este punto de inflexión, Silicon Valley enfrentó varias dificultades. Unas apuntaban al guion: desde críticas sobre estigmatización de prejuicios raciales hasta preguntas por la representación de los personajes femeninos. Otras afectaron al elenco, como cuando el año pasado perdió a uno de sus rostros más emblemáticos, el comediante T.J. Miller, que interpretaba al charlatán Erlich Bachman, uno de los más logrados personajes de la serie. Pero quizás el mayor conflicto es cómo los guionistas buscan mantener vigente el hilo narrativo.

La tecnología de compresión que Richard Hendricks creó en la primera temporada ha tenido ya tantos usos que resultan inverosímil que sea el único capital con el que cuenta su emprendimiento. El guion ha extremado las posibilidades del algoritmo probándolo en aplicaciones, dispositivos corporativos, realidad virtual, inteligencia artificial… y la lista podría seguir. Sin embargo, hay algo que hace que volvamos a ver la serie: el humor.

Conocido por explorar la sátira, Mike Judge ha incorporado las críticas que se le han hecho a la serie para hablar de racismo, misoginia y discriminación en el microuniverso de emprendedores tecnológicos de Silicon Valley. Como lo hace de manera irreverente, el resultado es divertido y brutal: a través del humor es capaz de insertar una crítica social hacia lo que entendemos por minoría. Así, importa poco si la fortuna le es adversa o no a Hendricks y a su ejército de programadores, lo interesante es ver cómo la vida detrás de la pantalla –con todas sus causas y batallas contemporáneas– es capaz de permear un guion y filtrarse en la ficción.