Cronenberg lo hace todo bien en su filme sobre Freud y Jung, salvo dejarse un poco de libertad para algo que ellos mismos habrían recomendado: soñar. Por Christian Ramírez

  • 20 junio, 2012

 

Cronenberg lo hace todo bien en su filme sobre Freud y Jung, salvo dejarse un poco de libertad para algo que ellos mismos habrían recomendado: soñar. Por Christian Ramírez

Fue en 1945, en medio del rodaje de Spellbound, mientras trataba desesperadamente de escenificar los diseños hechos por Dalí para una secuencia de pesadilla, que Hitchcock recordó de golpe algo que había descubierto en sus años británicos y que parecía haber olvidado: en el cine, los grandes temas de poco sirven si no eres capaz de dominar los más básicos y primarios. Contar tu historia. Emocionar. Empatizar.

No reaccionó a tiempo. La película –que había soñado como su gran manifiesto sobre los misterios de la mente y los poderes del sicoanálisis- terminó convertida en una obra menor de su canon, una curiosidad.

Y algo parecido podría haberle ocurrido a David Cronenberg con A dangerous method, su efectiva adaptación de una obra de teatro a su vez basada en un libro acerca de la compleja relación entre Sigmund Freud, Carl Jung y la paciente Sabina Spielrein. La posibilidad de tropezar en las huellas dejadas en la cultura por ese par de gigantes era demasiada si es que el filme se dejaba atrapar por la discursividad. Se agradece que el guionista –y autor de la obra-, Christopher Hampton, haya optado justo por lo contrario: por reducir cada escena a su mínimo de duración, confiando en que el espectador podría transmutar este intercambio y combate de ideas y métodos en algo más terrenal. Una historia de afectos traicionados, de paternidad, deseo y dominación. Así de básico es el dilema, más allá de que Cronenberg y el compositor Howard Shore vayan salpicando la trama con referencias vienesas y ecos wagnerianos: la banda sonora está cruzada por citas musicales a El anillo de los nibelungos, jugando con la idea de que al menos por un momento nuestros protagonistas no son Sigmund, Carl y Sabina, sino Wotan, Siegfried y Brünhilde.

En cualquier caso, la referencia sobra. Mucho más útil es asociar A dangerous method con la tardía pareja de Dead ringers (1988), la obra maestra que Cronenberg filmó junto a Jeremy Irons. Ambas películas configuran un trío de dos doctores y una paciente. En la primera se trata de hermanos gemelos que exploran hasta el límite el lazo mental y carnal que los une. En A dangerous method, Freud (Viggo Mortensen) asume gustoso el rol de padre, mentor y amigo frente a un Jung (Michael Fassbaender que, paso a paso, va descubriendo más de sí mismo, alejándose de un punto de partida intelectual y emocional que de pronto le resulta insostenible. Al centro, en los dos filmes, la mujer concebida como solaz, como punto de retorno, pero también como agente gatillante de cambios que los protagonistas no están preparados para manejar. Del dúo, Dead ringers es la que lleva ventaja por un asunto de belleza, pasión invertida y perspectiva. De ambas, es A dangerous… la que hace más sentido en el desbocado mundo de pulsiones masculinas que Cronenberg venía investigando en su último par de trabajos junto a Mortensen (Una historia de violencia, Promesas del este) y en la recién presentada en Cannes, Cosmópolis.

Tan ocupado está de estas tormentas, que el personaje de Sabina –la paciente que se convirtió en la primera amante de Jung y más tarde en aventajada analista- irremediablemente va perdiendo interés en medio de la tensión que escala sin tregua entre discípulo y maestro, sepultando en el camino las ambiciones del propio filme que, pese a su notable economía y energía, no puede aspirar a competir con una historia que lo rebasa. No sólo en implicancias sino que probablemente hasta en emoción.

En cierta forma, a la cinta le sucede lo mismo que al pobre Jung: como si en el esfuerzo por contenerse, lo mejor de sí mismo fuera quedando bajo el agua y sólo fuese perceptible a medias. Está claro que los únicos instantes en que parece realmente libre es cuando les cuenta sus sueños a Freud o a Sabina. Cuando avizora, quizá, lo mismo que Hitchcock, quien a mediados de los 40 dejó de maquinar y comenzó, por fin, a soñar.