Hagamos como que cambiamos de identidad; hagamos como que las imposturas son creativas y hagamos como que no quiere la cosa. El juego puede transformarse en arte. POR LUISA ULIBARRI El juego del travestismo, la parodia o la suplantación como modo de ver hasta dónde el arte puede ser capaz de invadir lo real ha […]

  • 18 mayo, 2007

Hagamos como que cambiamos de identidad; hagamos como que las imposturas son creativas y hagamos como que no quiere la cosa. El juego puede transformarse en arte.
POR LUISA ULIBARRI

El juego del travestismo, la parodia o la suplantación como modo de ver hasta dónde el arte puede ser capaz de invadir lo real ha sido por años un ejercicio ingenioso y a veces nutriente de la creatividad. En el cine, por ejemplo, el idealista y muchas veces inocente perdedor Barry Lyndon, protagonista de la cinta homónima de Stanley Kubrick, venía a ser la reinvención del Cándido de Voltaire, pues andaba por el mundo con el optimismo y la convicción de que aquí encontraría una divina bondad a la medida de sus mezquindades, y que, a poco andar, revertía en desgracias y despiadadas humillaciones. Asimismo, el Zelig de Woody Allen era una especie de hombre camaleón que podía alinearse con Hitler, abrazar causas benéfi cas o figurar entre los invitados a las fi estas de Scott Fitzgerald, desnudando una cierta ubicuidad conformista donde todo pesaba lo mismo. Yendo más atrás, en los años 20 André Breton sugería que realidad y ficción artística eran lo mismo al afi rmar que Dadá no era un movimiento artístico sino un “estado de ánimo”. En los 50, por su parte, el artista coreano Nam June Paik, estaba convencido que el potente movimiento artístico Fluxus –ligado al arte, la literatura, el cine, las tipografías y diseños de la época– equivalía más a una forma de vida que a un concepto artístico.

Desde que el chileno Rodrigo Cabezas (1961) comenzó a exponer sus obras pictóricas tamizadas de gráfica y fotomontaje junto a Bruna Truffa y Sebastián Leyton –con una lectura filosa, inconformista y tremendamente mimética en sus alusiones a la sociedad de los años 80– el artista ya arremetía con estética pop, color y simbolismos apocalípticos frente a la supuesta condición posmoderna de un país subdesarrollado como el nuestro. Con enfático manejo del color y del gesto pictórico, para Cabezas el impulso de obra estaba siempre ligado al simulacro y a un juego o contrapunto constante entre lo popular y la refl exión crítica perteneciente a la elite. Cuando a fines de los 90 realiza junto a Bruna Truffa en el Museo de Bellas Artes su decisiva muestra grupal Si vas para Chile –triunfadora de la Bienal de Cuenca, Ecuador– la casa pintada por Cabezas, su homenaje a Magritte (Me entró agua al bote), sus telas con vacas forradas en billetes y rostros de próceres patrios, más los muchos objetos e iconos populares trabajados con Truffa junto a talleres de bordadoras, artesanos en talla de fósforos, hojalateros y volantineros, desnudaron una lectura identitaria de nuestro país, no exenta de burla y humor.

Ahora, en la muestra que acaba de exponer en el Museo de Bellas Artes –Lo que yo pintaría si fuera–, el artista le regala ingeniosamente la autoría de su propia obra a un presunto sicópata en diversos lienzos “realizados antes e suicidarse”; a la Escuela de Santiago (Dittborn, Dávila, Díaz, Duclos); a un empresario arruinado, a una vidente y a un computador de la película 2001, odisea en el espacio, entre otros. En ellos –con rigor, pero con más ingenio que el tolerado por su paleta pictórica– Cabezas da vuelta las manijas del tiempo, y narra una crónica visual con referentes del pasado y anticipaciones de futuro, donde no se libran ni sus colegas, ni el Transantiago, ni edificios institucionales de nuestra sufrida ciudad, devorados por una jungla vegetal.

Pareciera que Cabezas no puede desprenderse del deseo de ejecutar esa “pintura organizada” con la que partió y en la cual el artista no es el ente solitario tocado por la varita mágica de la inspiración, sino un ser habitado o acompañado por muchas otras presencias. Tampoco un devoto de la academia, ni de los grupillos o las tendencias visuales en boga, sino un persistente artesano amparado en la creación colectiva –aunque todo su trabajo reciente haya nacido en solitario– de una realidad de crudas ironías pero también plagadas de color, acertijos y fantasía visual. Como señala Patricia Magallanes en el texto de la muestra Chorrillana, revuelto de pinturas, objetos y artefactos que Cabezas exhibió en 2004 en Valparaíso, la suya es “una obra que se escapa de la tranquilidad de lo seguro, que alerta y despierta”. Donde no es necesario que el artista pinte lo inexistente. Basta con que represente lo que a veces tanto nos cuesta mirar, reconocer y asumir.