La serie que se estrena este domingo por HBO maneja de forma maestra dos hilos narrativos: el presente y el pasado de una autodestructiva periodista que revisita su dolorosa adolescencia.

  • 5 julio, 2018

Ya no basta con que una serie tenga una buena historia, un buen elenco o una buena dirección. El mercado de las producciones dramáticas es tan competitivo que si quiere arrasar –con los premios, con la audiencia, con la crítica– debe tenerlas todas. En esa línea se inscribe la extraordinaria Sharp objects, que se estrena por HBO este domingo. La fórmula parece imbatible: está basada en una novela homónima de Gyllian Flinn, autora también de la novela Gone girl (que David Fincher llevó al cine el 2014), el director es el canadiense Jean-Marc Vallee (el mismo de Big Little Lies y Dallas Buyers Club) y la productora ejecutiva es Amy Adams, quien además protagoniza la serie.

Es decir, las expectativas no son altas, son altísimas. Y el resultado es abrumador. La serie cuenta a través de una cinematografía exquisita un thriller policial centrado en Camille Preaker, una autodestructiva periodista del St. Louis Chronicle, que se ve obligada a enfrentar su pasado. La trama se inicia con el clásico “tráeme una historia” que le pide su editor. El encargo es reportear la muerte y la desaparición de un par de adolescentes en Wind Gap, un pequeño pueblo de 2.000 habitantes, perdido en el fondo del estado. ¿El gancho? Se trata justamente del pueblo natal de Camille.

Los primeros diez minutos son un hermoso seguimiento a dos chicas en patines que cruzan este pueblo y a través de sus muros, ventanales y fachadas, el director va insinuando que la tragedia actual está marcada por otra ocurrida en el pasado. Sí. Sharp objects no solo es sobre la resolución de un crimen, sino que es la historia del viaje que hará la dañada Camille para enfrentar un drama adolescente que ha estado evadiendo toda su vida adulta.

La hermosa tensión visual entre los dos hilos narrativos es también el dilema al que se enfrenta la protagonista. “Crece”, le ordena su editor antes de partir. Y así vemos cómo mientras la Camille adulta se mueve, se le superponen flashbacks de su adolescencia. Autos cubiertos de polvo, edificios destruidos, barrios abandonados, pantallas de teléfonos quebradas, el cenicero del auto lleno de colillas, son reflejos del destruido mundo interior de la protagonista.

Acompañada por su pack de cigarros, enjuague bucal y vodka, Camille se dedica a hacer una ronda de entrevistas, que más que claridad con respecto a los culpables, hace aparecer los tabúes de este pequeño pueblo: sexo, locura y muerte.

Demás está decir que las víctimas que investiga tendrán la misma edad que tenía Camille cuando le ocurrió algo que marcó su adolescencia. Cada suceso que veremos remitirá a su reflejo en el pasado. Como en un juego de espejos iremos entendiendo la figura completa a medida que la serie avanza.

La dirección de arte es excepcional, y aunque no pasan inadvertidos los placement de marcas de cervezas, la cinematografía ocupa los letreros, afiches y etiquetas comerciales para instalar palabras y conceptos que tienen que ver con la trama. Todo lo que está escrito en algún lugar de la pantalla tendrá algo que decir: desde el “No se aceptan menores” en la puerta del bar del pueblo, hasta el insulto de “sucia” rayado en el auto a la periodista. Así que ojo.

Sharp objects es la historia de un crimen traído a presencia por los fantasmas del pasado que atormentan a una periodista durante su investigación. Pero por encima de eso, es una serie elegantemente construida sobre el trauma y que promete –sin duda– ser uno de los mejores estrenos del año.