Algo pasa en Estados Unidos, que los políticos suelen caer por enredos de cama. La lista –que acaba de sumar al precandidato republicano, Herman Cain– es bien larga. En el resto del mundo el estándar pareciera ser distinto. Si la vara en Washington es el pecado, en Europa y América Latina es el delito.

  • 14 diciembre, 2011

Algo pasa en Estados Unidos, que los políticos suelen caer por enredos de cama. La lista –que acaba de sumar al precandidato republicano, Herman Cain– es bien larga. En el resto del mundo el estándar pareciera ser distinto. Si la vara en Washington es el pecado, en Europa y América Latina es el delito. Por Francisco Javier Díaz.

Barack Obama
John F. Kennedy

 

Poca gente recuerda que el inicio de la carrera política a nivel nacional del presidente Barack Obama estuvo marcado por un escándalo sexual. El episodio no fue suyo, ciertamente, sino que de parte del candidato republicano que le competía en la elección senatorial por Illinois. Corría el año 2004 y el senador republicano por ese estado, Peter Fitzgerald, anunció que no iría a la reelección. Quedaba lo que se denomina un open seat para sucederlo pero, como en la mayoría de los casos, la primera chance electoral la tiene el representante del partido de quien se retira. En este caso, se trataba del Republicano Jack Ryan, quien ganó la primaria de su colectividad y marcaba buenos puntos en las encuestas. Por el lado demócrata, el joven congresista afroamericano del parlamento estadual, Barack Obama, también lanzó su candidatura. Las encuestas comenzaron a estrecharse.

A los pocos meses, sin embargo, surgió una información demoledora para Ryan: la justicia decidió que se podía hacer público el expediente de su divorcio con su ex esposa, la actriz Jeri Ryan. En él se encontraron declaraciones que terminarían derrumbándolo. Ella declaraba que Ryan la forzaba a concurrir a excéntricos sex clubs para swingers en distintas ciudades, “con jaulas y látigos”, donde se tenía sexo en público. A pesar de su defensa –él decía que se trataba de “escapadas románticas” que hacía con su esposa–, Ryan finalmente se vio obligado a retirar su candidatura. El resto del cuento es conocido: Obama ganó la elección senatorial en 2004. Ese mismo año, con un magistral discurso, fue la estrella en la convención demócrata que nominó a John Kerry como candidato presidencial. Y tres años más tarde, antes de cumplir la primera mitad de su primer periodo en Washington, se lanzó como candidato presidencial, ganando finalmente en 2008 y pasando a la historia.

¿Qué habría pasado si no se daba a conocer públicamente el expediente judicial de divorcio de Jack Ryan? Nunca se sabrá, aunque probablemente Obama habría ganado igual esa carrera. Pero ese no es el punto. Lo central en esta historia es que, por presión de un medio de comunicación, se debió hacer público un tipo de información tan sensible y privada como es un expediente de divorcio. Y que esa información tuvo el poder para derrumbar una candidatura.

Silvio Berlusconi

François Miterrand

Nicolas Sarkozy

Herman Cain

¿Por qué ocurre esto en Estados Unidos? ¿Por qué un país puede llegar a ser tan liberal en casi todos los sentidos, salvo en la moral sexual de sus gobernantes? ¿Por qué no ocurre aquello en otras latitudes, como en Europa o América latina? ¿Somos más maduros? ¿Somos más honestos o somos más cínicos? ¿Quiénes son los hipócritas, los americanos o el resto del mundo? ¿Hacia dónde va la tendencia, hacia allá o hacia acá?

Si hay dos presidentes que por su especial aura y juventud lograron remecer al aburrido establishment de Washington DC, esos son Obama y John Kennedy. Si Camelot contaba con Frank Sinatra y Marilyn Monroe, la corte de Obama cuenta con Oprah y Magic Johnson. Más allá de los aciertos de su gestión como presidente, ambos generan magnetismo en la opinión pública. ¿Se le perdonaría a Obama un escándalo de adulterio? Probablemente minaría enormemente su credibilidad. Kennedy, en cambio, era conocido y hasta aplaudido por sus conquistas. ¿Qué pasó entremedio? ¿Los estadounidenses se pusieron más puritanos? ¿Las mujeres tomaron mayor voz en los medios y en la opinión pública, castigando este tipo de conductas? ¿O es que la política dejó de tener relevancia desde el punto de vista de los contenidos, y ahora importa más este tipo de aspectos de la vida privada de los líderes antes que su oferta programática?

Hoy Obama nuevamente ve caer a un posible competidor, producto de escándalos sexuales. Acaba de retirarse de la carrera el pre-candidato a la presidencia, Herman Cain, quien buscaba la nominación del Partido Republicano. Cabe precisar que en un primer momento Cain lideraba la carrera en las primarias de su partido. Ahora enfrenta dos acusaciones: una de acoso sexual en contra de (al menos) tres mujeres, y otra sobre una larga relación adúltera. Es cierto que su mala performance en algunas entrevistas lo hizo ver poco preparado para el cargo de presidente. Pero fueron los escándalos sexuales los que terminaron dando el golpe mortal a su candidatura.

Once a lier…
¿Hay algún tipo de escala de gravedad en los actos de los políticos norteamericanos? Podría pensarse que es mucho más grave un acto de acoso sexual (y por supuesto, un abuso) que un episodio de infidelidad. En el primero se vulnera la intimidad de una persona, se le obliga a hacer algo que no quisiera. Hay un aprovechamiento de una posición de superioridad política o laboral. Además, está penado por ley. Pero para el público norteamericano pareciera que la vara es más estricta y la infidelidad es igualmente sancionada desde el punto de vista político. Once a lier, always a lier. Mentiste en privado, ¿por qué no vas a mentir en público?

El caso de Berlusconi es paradigmático. El tema sólo le vino a ocasionar problemas serios cuando surgieron acusaciones de prostitución de una menor de edad. Antes, el propio premier dijo una vez: “se hizo una encuesta entre las italianas y se les preguntó si quisieran tener sexo conmigo. 33% dijo que sí; 33% dijo que no; y 33% dijo de nuevo”.

Así castigaron los norteamericanos a Bill Clinton por su affaire con Mónica Lewinsky. Así se derrumbaron la candidatura presidencial de John Edwards en 2008 o la de Gary Hart en 1987 (con la célebre modelo Donna Rice). La credibilidad de Rudolph Giuliani y Arnold Schwarzenegger estuvo en entredicho, así como puede estarlo la de otro competidor en la primaria republicana, Newt Gingrich (quien tuvo la mala ocurrencia de admitir una infidelidad al mismo momento que llevaba adelante el impeachment al presidente Clinton por el caso Lewinsky, a fines de los años 90).

El sexting –enviar mensajes de contenido sexual vía electrónica– asoma también como fuente inagotable de descubrimientos y ya posee un par de víctimas a su haber este año, como los congresistas Anthony Weiner y Chris Lee, además de otro par en años pasados.

Y así se han tumbado y seguirán tumbando decenas de carreras de políticos y de fiscales con ambiciones políticas. Otros tantos, se puede suponer, desistirán antes de competir por el temor ante las acuciosas investigaciones que realizan sobre los candidatos la prensa y los partidos oponentes.

Aun así, no se sabe bien por qué caen estos líderes. Quienes defienden este tipo de investigaciones y denuncias son de la teoría de que los políticos no caen en desgracia por el acto en sí, sino por mentir a la opinión pública.

El pecado y el delito
En el resto del mundo el estándar pareciera ser distinto. Si la vara en Estados Unidos es el pecado, en Europa y América latina es el delito. A nadie se le perdonaría un abuso, o al menos, no se ha sabido de aquello. Pero la moral privada –si es que ésta existe– permanece privada.

Europa marca pauta en este sentido. De partida, está logrando erradicar del escrutinio de moralidad la orientación sexual de los políticos. Hay varios que se declaran abiertamente homosexuales y no reciben el reproche social y político que recibirían en Estados Unidos. Ciertamente, un avance cultural digno de imitar en nuestras propias latitudes. Por otro lado, la moral privada tampoco es fuente de preocupación de la prensa. A menos que el escándalo implique algún tipo de uso de fondos públicos, o que

Existe todavía un resabio machista en las sociedades de América Latina, el que tiende a perdonar y justificar la conducta supuestamente impropia de los políticos hombres.

roce de alguna forma la ilegalidad (por ejemplo, abuso sexual), en general apenas se da a conocer este tipo de noticias; y cuando se hace, se informa de manera casi anecdótica, a nivel de comidillo más que de severo juicio público. Al parecer, en el viejo continente el escrutinio de affaires e infidelidades se reserva para la realeza.

El caso de Berlusconi es paradigmático. El tema sólo le vino a ocasionar problemas serios cuando surgieron acusaciones de prostitución de una menor de edad. Antes, el propio premier italiano bromeaba con su éxito como conquistador. Consultado por una periodista por su fama de mujeriego, Berlusconi respondió: “se hizo una encuesta entre las italianas y se les preguntó si quisieran tener sexo conmigo. 33% dijo que sí; 33% dijo que no; y 33% dijo de nuevo”.

Francia sigue un patrón similar. La foto de la familia feliz norteamericana no ha tenido mucho lugar en la política gala, si bien el presidente Nicolás Sarkozy ha obtenido provecho mediático, producto de su relación con la top model y cantante Carla Bruni. Todos recuerdan a la ex amante de François Mitterand en primera fila durante el funeral del ex presidente, a escasos metros de su esposa, la recientemente fallecida Danielle. Y se sabe que las múltiples andanzas de Dominique Strauss-Kahn fueron por años ignoradas por la prensa francesa y sólo vinieron a tener revuelo después del incidente ocurrido en Nueva York con una mucama de hotel. Incluso, hoy no se le cuestionan dichas andanzas y sólo se investiga si en alguna de ellas pudo haber habido acoso o abuso.

Fuera de la cama

Fernando Lugo

Alan García

América latina se parece más Europa que a Estados Unidos en este sentido, aunque seaparadojal. Se podría esperar que la moral conservadora católica fuera más estricta en nuestra región. Pero no ha sido tradicionalmente así. La moral privada de los gobernantes es mucho menos escrutada y se castiga mucho menos que en el país del norte.

¿Es signo aquello de modernidad y buen juicio? Tampoco tanto. Por un lado, en nuestro continente existe una mayor connivencia entre medios y elites, lo que llevaba a que muchos escándalos en el pasado fueran convenientemente ocultos por la prensa. La prensa hoy es más inquisitiva que antes, pero la tradición de hurgar en estos aspectos no se ha instalado en nuestros países.

Por otro lado, existe todavía un resabio machista en nuestras sociedades, el que tiende a perdonar y justificar la conducta supuestamente impropia de los políticos hombres. En décadas pasadas, el arte de la seducción y la conquista en el político era enormemente valorado por el electorado (o al menos, por el electorado masculino). Son numerosos los líderes que han reconocido no sólo infidelidades, sino que hijos nacidos fuera del matrimonio, producto de segundas o hasta terceras relaciones.

En años recientes han sido varios. Gente como Alejandro Toledo o Alan García en Perú y Carlos Menem en Argentina, entre otros, debieron reconocer otras relaciones, lo que les significó dar explicaciones por un tiempo, pero no mucho más que eso. El caso del presidente de Paraguay, Fernando Lugo, es de guión: un sacerdote católico que enfrenta un puñado de demandas de paternidad.

En todo caso, sea por las razones que sea, al menos en América latina la política se mantiene alejada de la cama de los líderes y no se cae en la hipocresía norteamericana. Han sido varios los presidentes latinoamericanos que se han mostrado tal cual son, con sus núcleos familiares no tradicionales, sin necesidad de fingir apariencias de happy family como en Estados Unidos.

Solteros, divorciados y segundas nupcias tienen la misma posibilidad de ser electos en nuestro continente, lo que es muy sano. Ojala avanzáramos pronto en no discriminar por orientación sexual, donde el prejuicio es aún muy fuerte.

Es cierto, el debate es profundo. Cualquier forma de abuso, por sutil que sea, debiera ser drásticamente sancionada política y legalmente. El tema son las otras relaciones. ¿Hasta dónde se mezclan virtud pública y virtud privada? Es una pregunta legítima. Pero centrar ese debate en la conducta sexual de los políticos y provocar el morbo de la opinión pública no parece ser una buena forma de comenzar la respuesta.