El historiador Sergio Villalobos ve similitudes entre el comienzo del siglo XX, cuando Enrique Mac Iver pronunció su famoso discurso sobre la crisis moral de la República, y el actual inicio del XXI. El dinero sobra, pero las instituciones no funcionan con eficacia. El autor de Historia de los chilenos entrega las lecciones que pueden sacarse del pasado para no repetir los errores. Y habla de guerra y de falsos héroes.

  • 10 agosto, 2007

 

El historiador Sergio Villalobos ve similitudes entre el comienzo del siglo XX, cuando Enrique Mac Iver pronunció su famoso discurso sobre la crisis moral de la República, y el actual inicio del XXI. El dinero sobra, pero las instituciones no funcionan con eficacia. El autor de Historia de los chilenos entrega las lecciones que pueden sacarse del pasado para no repetir los errores. Y habla de guerra y de falsos héroes. Por Marcelo Soto; fotos, Enrique Stindt.

 

Sergio Villalobos es un caso especial en la historiografía chilena. Premio Nacional de la especialidad en 1992, sus libros se estudian en colegios y universidades –más de algún lector de Capital habrá preparado una prueba con alguno de sus textos– y al mismo tiempo se trata de un académico controvertido, que no esconde sus opiniones y por lo mismo genera tanto afectos como rivalidades. Muy crítico de las corrientes que cuentan la historia desde el punto de vista de las masas, lo es también de los historiadores que se limitan a la elite.

 

Para Villalobos la historia no está ni arriba ni abajo, sino en una zona mixta, llena de contrastes, donde habita la llamada niebla de la guerra que hace de la realidad una amalgama compleja, multicolor, donde la teoría sucumbe. Más que los individuos, a este profesor –que admira sin reservas a Barros Arana, cuyo busto preside su biblioteca– le interesan los procesos. Y para descifrar las claves de estos movimientos que hacen de un período una época, se vale de todo: desde los datos bursátiles a las costumbres populares, desde el carácter de un mandatario a anécdotas aparentemente frívolas. “Se ha creído que los individuos, los gobernantes hacen la historia, pero no es así. La historia transcurre a pesar de ellos”, dice Villalobos, envuelto en un grueso chaquetón, en su casa de Chicureo.

 

Esta visión que apunta a los procesos recorre su último libro, el segundo tomo de su Historia de los chilenos (Taurus, 217 páginas), que va desde 1810 a 1861, incluyendo la Independencia, que prefiere llamar Emancipación; los primeros años de la República y la organización del naciente Estado.

 

Es un libro que, además de bien escrito, posee un ánimo ajeno a la grandilocuencia, con un narrador que se preocupa del lector y no aburre con exceso de información ni tesis alambicadas. “Mi idea era hacer una historia de Chile bastante distinta, muy asequible al común de la gente, una historia que no sea muy latera”, explica. “Trato de mostrar enfoques novedosos, donde se interpreten los hechos antes que contarlos, que se piense sobre ellos, e incluyendo cosas que a veces son divertidas, cómicas, anecdóticas, pero que dicen algo del acontecer”.

 

No obstante su larga trayectoria como profesor –aún hace clases en las universidades de Chile y Andrés Bello– no es raro que Sergio Villalobos aparezca en las páginas de LUN, comentado alguna polémica. Son tiempos de farándula y Villalobos, como otros intelectuales, ha sido protagonistas de discusiones, a veces virulentas, como las que originó la serie Epopeya, censurada y luego exhibida con alta audiencia en TVN. Aunque algunas de sus opiniones puedan ser tachadas de nacionalistas o muy favorables a la versión chilena, en otros temas sorprende: “El pisco es peruano. Chile se apropió del nombre”.

 

 


-Con los problemas limítrofes con Perú, ha vuelto a renacer el interés por hechos de la Guerra del Pacífico. Por ejemplo, el tema de los libros robados por Chile de la Biblioteca de Lima. Hace poco un periodista que trabajó en una exposición de tesoros de la Biblioteca Nacional, reconoció que había visto esos libros, y que incluso se habían ocultado.

-Un periodista de apellido Mendoza publicó en una revista femenina una barbaridad, una estupidez sin pies ni cabeza. El artículo no solo tiene errores concretos, sino que además la interpretación es absurda, no es robo. El robo se da entre personas no entre Estados. Fue un botín de guerra que en esa época se justificaba: el vencedor tenía derecho a tomar un botín como indemnización por los gastos de la guerra y eso lo reconocían todos los países. Ahora, no fue una cosa desordenada, llegó a la Biblioteca de Lima un oficial chileno con gente de tropa y procedieron a embalar los libros y a enviarlos a Chile, pero no fue un desorden. Parte de los libros se devolvió, inmediatamente.

 

 

-¿Usted ha visto esos libros?

-No he visto nunca ninguno, a pesar de haber sido director de la Biblioteca Nacional. Y a la encargada de las colecciones le pregunté específicamente si había libros peruanos, y me dijo que no había nada.

 

 

-En todo caso, si existieran ¿habría que devolverlos?

-Mire, por consideración yo creo que habría que devolverlos. Puede que los haya, quién sabe, porque una biblioteca que tiene 3 millones de libros, cómo se puede definir cuáles son, mejor dicho cuáles fueron, del Perú. Pero nunca vi nada parecido. Y yo trabajo en libros antiguos.

 

 

-En Perú hay un sentimiento antichileno bastante generalizado. ¿Cuáles son las razones históricas?

-Es el resentimiento por la derrota en la guerra, la pérdida de territorios. Eso ha herido la dignidad de los peruanos y siguen dándole vuelta al asunto. Además hay un uso político constante de ello.

 

 

-¿Fue tan brutal la ocupación chilena de Lima?

-¡Nada!

 

 

-¿Cómo fue el papel, por ejemplo, del almirante Lynch?

-Mantener un orden, a los soldados tranquilos. Se castigaba a los que cometían cualquier delito. O se les devolvía a Chile. Además, la ocupación de Lima puso orden. Fue antes cuando no lo había. Después de la batalla de Mirafl ores, las tropas peruanas y la gente de los arrabales, asaltó al comercio, el palacio de gobierno, y el alcalde de Lima tuvo que pedirle al general Baquedano que ingresara cuanto antes con las tropas para poner orden. Y así se hizo.

 

 

-¿Es un mito la brutalidad chilena en la invasión?

-Absolutamente. Lo que no se habla es de las cosas positivas, se ordenaron las fi nanzas, se ordenó el servicio de correos, donde había negocios muy raros, se estableció el aseo de las ciudades, se dio de comer a la gente pobre.



-Cuando surgen estos temas, la duda que queda es si somos un país nacionalista. ¿Somos?

-Somos nacionalistas. Y el Perú y Bolivia también y Argentina para qué decir. Todos lo son.

 


-Pero en Chile no hemos tenido líderes notoriamente nacionalistas como Perón o el mismo Chávez.

-Porque Chile ha sido un país sin caudillos. No se ha dado ese tipo humano del hombre autoritario, carismático, quizá lo fue un poco Arturo Alessandri, un poco también Pinochet, pero no ese típico caudillo americano.

 

 

-¿A qué se debe eso?

-A que el país es tremendamente unitario, geográfica, cultural y racialmente. Entonces no se dan caldos de cultivo como en otros países. En el caso de Bolivia y Perú, son países pobres, con muchas dificultades de orden, de organización, de convivencia, de desarrollo. Son países que tienen poco futuro, y por eso acuden al pasado y tratan de explicar su fracaso nacional mediante los problemas de las guerras anteriores. En cambio Francia y Alemania se ponen de acuerdo y están felices de la vida, porque son países con futuro.

 

 

-¿Cómo ha manejado el gobierno las relaciones con nuestros vecinos?

-Se han manejado bien. Es una de las pocas cosas en que este gobierno ha andado bien. Quizá la única. No se han aceptado las reclamaciones bolivianas, nunca se han aceptado, porque los tratados existen desde 1904, y en eso no se ha aflojado. Yo personalmente creo que debería buscarse alguna forma de arreglo, un enclave, un corredor, sobre todo porque es un país tan pobre.

 

 

-¿Adhiere a la tesis mar por gas?

-Eso u otra cosa. Pero problemas vamos a tener toda la vida.

 

 

-Durante el siglo pasado se habló de Chile como un caso frustrado, el mismo Encina publica Nuestra inferioridad económica, donde dice que la incapacidad de llegar al desarrollo tiene razones genéticas, raciales. ¿Está de acuerdo con esa visión que cubre buena parte del siglo XX?

-En absoluto. Chile no es un país derrotista, es un país con optimismo, autosuficiente incluso. En el contexto latinoamericano, nos consideran que tenemos un afecto especial por nosotros mismos y es cierto. Pero eso se debe a una historia exitosa.

 

 

-¿Nos hemos vuelto arrogantes?

-Un poco. Pero si nos comparamos con Argentina, no. Lo que Encina dice es que el chileno mestizo no tiene aptitudes sino para la guerra y la agricultura. Y no para la industria ni el desarrollo económico. Ese es el planteamiento. Hoy día nadie acepta, en el mundo científico, planteamientos racistas como ese. Además nuestra inferioridad económica quedó atrás hace rato.

 


-Pese al momento auspicioso que vive el país, hay motivos de preocupación. ¿Estamos a las puertas de una crisis?

-He hablado con mucha gente de diferentes sectores y he llegado a la conclusión que el país vive una profunda crisis moral. Todas estas sinvergüenzuras, esta ineficacia gubernativa, donde se ocultan documentos; se actúa por tincada, la cantidad de personas comprometidas en los desfalcos, la repartija del presupuesto entre los partidos de la Concertación. En general, hay una tolerancia que se ve en todas partes, la gente no reacciona ante nada.

 

 

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-Pareciera que la población ha dejado de creer en las bases del sistema.

-No, no es que haya dejado de creer, sino que nota ausencia de la base, la antigua honestidad chilena, valores como el esfuerzo, la convivencia, el espíritu para salir adelante, todo eso se ha ido agotando.

 

 

-¿Y cómo ve el tema de la educación?

-La educación está mal, pero no horrorosa. El alumno no estudia, los colegios aceptan el desorden, los padres no vigilan a sus hijos. En la universidad compruebo cosas patéticas: el semestre pasado a una alumna le pregunté qué significaba capitalización, no supo decirme. ¿Qué es el capital, señorita? El dinero. ¿Qué más? No supo decirme. ¿Una pala es capital? le pregunté. No, eso es muy poca cosa, me dijo.

 

 

-Otro fenómeno es la pérdida de gravitación de la Iglesia.

-Absolutamente. Está dividida. Entre el antiguo clero y un nuevo clero populista, dicharachero, que le gusta la farándula. Hay sacerdotes jóvenes que quieren aggiornar a la Iglesia, ponerla al día y ponerla con la tendencia popular. Ha perdido influencia. Frente al materialismo la Iglesia se bate en retirada. Ya no es ese organismo todopoderoso. No soy católico ni creyente, pero me preocupa en cuanto afecta a la moral del país.

 

 

-Pareciera que la clase media no cree en nada, salvo en la tarjeta de crédito.

-La tarjeta de crédito ha sido devastadora de nuestra forma de ser. El consumismo está en todas partes. Si usted va a un mall de barrio está lleno de gente muy modesta, porque quieren ser como los de arriba, y eso es natural y encomiable, pero tiene un reflejo en la vida moral del país.

 


-Los optimistas piensan que es posible dar el salto al desarrollo. ¿Puede la historia darnos lecciones?

-Nos falta mucho y los que creen que todo se resuelve con inyecciones gracias al precio del cobre se equivocan. Es un disparate. Lo cierto es que no hay despegue.

 

 

-Su punto de vista recuerda el discurso de Mac Iver, a principios del siglo XX. ¿Hay similitudes entre ambos comienzos de siglo?

-Hay similitudes, aunque las circunstancias son distintas. Había mucha riqueza por el salitre y se relajó moralmente todo el sistema.

 

 

-¿El llamado peso de la noche nos podría hacer fallar en el momento más favorable?

-Ha sucedido antes. Por ejemplo antes de la Guerra del Pacífico había un desarrollo económico estupendo. En 1878, un año antes de la guerra, el país iba como avión, al margen de una caída momentánea que hubo. Pero después todo se complicó. Yo me estoy preguntando siempre si la riqueza del salitre fue benéfica o no. Se dispuso de gran riqueza, pero pudo haber sido inhibidor del desarrollo industrial, y por lo tanto del valor agregado de nuestras producciones.

 

 

-¿Y eso podría repetirse con el cobre?

-Se puede repetir, claro. Si usted ve los obreros del cobre, les dan bonos por fin de conflicto, sobre la base del dinero del cobre. Y se van a acostumbrar a eso. En seguida el Transantiago anda mal, nadie lo puede arreglar, entonces metámosle dinero del cobre y así cuanta cosa anda mal lo mismo, y la plata se nos va a hacer nada, el dinero va a desaparecer. En lugar de hacer inversiones rentables están haciendo tonterías.

 

 

-¿Qué le parece, por ejemplo, la idea del maletín literario?

-Esa es una de las peores tonterías. ¡No hallan qué hacer con la plata! ¿Qué maletín? Cinco u ocho libros, sea cuales sean, no harán leer más a la gente con eso. Si ya nadie lee. Los van a usar para prender la chimenea. En cambio tenemos bibliotecas públicas con 300 libros, lo que es una vergüenza. Ahí debió haber ido el dinero.

 

 

-Lo del maletín literario podría terminar como los veintitantos tomos de la historia de Encina que en los años 80 regaló una revista. Todo el mundo los tenía, pero nadie los leyó.

-Bueno, pero eso fue positivo -dice, y se ríe de buena gana.

 

 

 

Carrera, O’Higgins, Portales
Sergio Villalobos ajusta cuentas con los héroes de nuestra historia.


-Llama la atención en su libro la forma en que explica la Independencia, en tanto había muchas ideas subterráneas que de pronto emergieron sin previo aviso.


-Exacto, antes de 1810 y aun después, nadie pensaba en la Independencia. Eran todos leales al rey; auténticamente se consideran parte de la nación, del pueblo español. Sin embargo, por debajo había descontento, tensiones, aportes de la filosofía francesa… Entonces ocurrió un fenómeno que es muy claro en la historia: la gente de la época no se da cuenta de lo que está ocurriendo hasta que algún hecho la desencadena.



-En su libro los Carrera son descritos como arrogantes, de vida desordenada. Un poco en contraposición a O’Higgins, pragmático y hábil en la guerra.


-Dentro de los procesos se tiende a estudiar lo general, no las personalidades. Entonces desde esa perspectiva personas como O’Higgins y Carrera tienen menos importancia. O’Higgins es visto como un gran patriota, voluntarioso, que llevó al país a constituirse como República venciendo todas las dificultades de la guerra. Y los Carrera eran espíritus muy turbulentos, con cierto egoísmo; no podían renunciar a dirigir la Independencia y causaron toda suerte de problemas, lo cual incluso les costo la vida.



-¿Vio la serie Héroes?


– Sí, la he visto. En general los hechos históricos están bien, pero la caracterización de los personajes ha sido deplorable. Usted tiene un O’Higgins que vive enojado y gritando, cuando era un hombre muy tranquilo, muy bondadoso. Manuel Rodríguez aparece como un personaje abrumado, lleno de problemas, cuando era un hombre vivaracho y simpático.




-En el libro usted le resta importancia a su aporte y dice que las montoneras que él dirigía no estaba guiadas por un sentido patriótico, sino por resentimiento.


-A Manuel Rodríguez se le atribuye demasiada importancia y no tuvo tanta.



-La izquierda se ha apropiado de su figura, ¿tiene eso coherencia o justificación con lo que realmente fue como personaje histórico?


-Ninguna. La izquierda no tiene héroes. Ni ahora ni antes. Entonces tiene que tomar a ciertos personajes, hacerlos suyos, adornarlos, darles algún sentido populista. ¿Qué sentido populista iba a tener Manuel Rodríguez? Era un hombre del estrato alto, que pensaba como un liberal. Tenía inclinaciones populares, en cuanto a sus costumbres y ciertos contactos, pero no era un caudillo populista.



-Otra figura que tiende a desmitificar es la de Portales.


-Lo que he hecho es quitarle la importancia que se le ha dado. No es el padre de la institucionalidad, ni el creador de la Constitución del 33 ni de las leyes. Pero sí de una forma de actuar, de gobernar, autoritaria, violenta, sin respetar a nadie. Inaugura un modo de gobernar, pero no una institucionalidad.




-¿Y por qué cree que se valora tanto su legado, desde la derecha a la izquierda, desde Pinochet a Lagos?


-Quizá por táctica política Lagos en algún momento pudo hacerlo. Pero lo que pasa es que de la figura de Portales se ha apoderado la derecha conservadora, los grupos aristocráticos, cada uno quiere utilizar la historia, y el papel del historiador es mantener el equilibrio, decir las cosas como son. Se sobrevaloró a Portales desde el momento mismo en que fue asesinado. Se le dio aura de mártir y se la ha explotado en ese sentido y eso se le ha metido en la cabeza a todos los chilenos. ¡No hay quien no crea que Portales fue el creador de la República y el Estado! Lo que es falso.



-Pero algún aporte hizo


-Puso orden, y abrió pasó a los gobiernos autoritarios que siguieron.