El escritor nicaragüense, uno de los líderes políticos del sandinismo, se opone al actual régimen y lo cuenta por el mundo. “Nada tiene que ver la revolución de 1979 con la estructura de poder que está establecida hoy en Nicaragua. Son dos cosas totalmente distintas”, señala el premio Cervantes 2017.
Por: Rocío Montes

  • 25 octubre, 2018

Cientos de personas caminan los primeros días de octubre por el Jardín Botánico de Medellín, Colombia, uno de los emblemas de una ciudad renovada y culturalmente exquisita que lucha con éxito desde todos los frentes por sepultar un pasado violento. Se celebra la sexta versión del Festival Gabo de Periodismo, de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), una de las tantas herencias de Gabriel García Márquez a su continente y a sus compañeros de oficio. Es una fiesta única que por tres días reúne a cientos de reporteros de diferentes países –intelectuales, escritores, cineastas– en torno a los principales asuntos que se discuten en el mundo de la información y las historias que ocupan a Iberoamérica. Cerca de 150 invitados, 75 actividades y 15.000 asistentes que corren de un lugar a otro para no perderse nada. Entre esa multitud –con la humildad y calidez que solo tienen los grandes, despercudido de la vanidad y la arrogancia chillona–, camina con paso tranquilo el escritor nicaragüense Sergio Ramírez (Masatepe, 1942), junto a su encantadora esposa Tulita. La pareja no se pierde el encuentro anual, pero este 2018 el autor llega luego de haber recibido en abril el Cervantes, el premio de mayor importancia para la literarura en lengua castellana. 

Ensayista, cuentista, novelista, la alegría por el galardón se fundió con la tristeza por lo que estallaba en su país casi al mismo tiempo: el 18 de ese mes explotó una rebelión contra el régimen de Daniel Ortega, al que Ramírez se opone. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos en su último informe indicó que los muertos en estos seis meses llegan a los 325. 

¿De dónde salió todo esto? ¿Es lo de Ortega una continuación de la revolución sandinista de 1979, en la que Ramírez cumplió un papel político? “Tajantemente no. Nada tiene que ver la revolución de 1979 con la estructura de poder que está establecida hoy en Nicaragua. Son dos cosas totalmente distintas”, señala el escritor que jamás aprendió a disparar un arma, porque nunca fue un guerrillero. “Mucha gente tiene nostalgia por la revolución, que es una revolución perdida, que terminó en 1990 y que no tiene segundas partes. Lo único que tiene una buena segunda parte es Don Quijote. Nada más…”, relata en esta conversación en la sala de prensa del Jardín Botánico, cuando afuera el cielo amenaza con una lluvia torrencial como la de la noche anterior. 

La bandera subversiva

El autor de Adiós muchachos –una aproximación sentimental a la revolución– llegó a ser vicepresidente de su país en los años ochenta, en el primer período de Ortega. Pero en 1990, el Frente Sandinista dejó el poder por la vía electoral frente a Violeta de Chamorro, que se encuentra grave por estos días, y comenzó el alejamiento paulatino. “La dirección colectiva terminó desintegrándose. Y la revolución misma desapareció. De esa ausencia fue surgiendo Ortega como caudillo cuando sembró la primera semilla de su poder arbitrario, al proclamar que iba a ‘gobernar desde abajo”. 

-¿Cómo ganó las elecciones hace 12 años?

-Ortega y un Frente Sandinista completamente distinto al que hizo la revolución y al que todos pertenecimos regresaron al poder en 2006, después de haber intentado ganar las elecciones tres veces sin haber podido superar el 30%. Pero hizo una alianza con Arnoldo Alemán, un expresidente que estaba siendo juzgado por lavado de dinero, que consistió en liberarlo de la cárcel a cambio de una reforma constitucional que le permitiera ganar en primera vuelta con el 35%. Fue cómo en Nicaragua se pasó de una democracia representativa a un gobierno vertical de corte autoritario.

-¿No existe nada del sandinismo original en Ortega?

-Los ideales de la revolución están sepultados hace tiempo. Ese Frente Sandinista que tomó el poder por las armas, de jóvenes, entusiastas e idealistas, ya no existe más. De los comandantes guerrilleros, algunos están con él, pero la gran mayoría está en contra. Los ideales de la revolución sandinista ya no existen. Lo que hay es una retórica vacía que Ortega utiliza cuando le conviene. Ahora es muy antimperialista y antioligárquico, pero hasta el año pasado no. Piensa que la única manera de agrupar a sus partidarios es bajo estas viejas banderas, pero eso ya no funciona. La realidad es otra.

-Los opositores al régimen ahora queman la bandera roja y negra del Frente Sandinista. ¿No le duele?

-Es efectivamente un hecho realmente extraño para quien no conoce los entretelones de la historia de Nicaragua. Una injusticia histórica provocada por el régimen, porque es la bandera con que el general Sandino enfrentó a la intervención extranjera. Pero la gente la ve como la bandera de Ortega y le opone la bandera nacional. 

-La bandera azul y blanco –la de Nicaragua– se ha vuelto subversiva…

-Como el gobierno ha oficializado la bandera rojo y negra –se le ha impuesto al Ejército y la policía–, la gente reacciona oponiéndole la bandera azul y blanco. Portar la bandera azul y blanco se ha vuelto un delito. 

 

Los árboles de la vida: “Una mezcla de esoterismo ‘new age’ con ciencias ocultas”

Desde 2013, el régimen de Ortega desde 2013 instaló en lugares estratégicos unas 140 estructuras metálicas de unos 20 metros de altura y colores extravagantes, cuyo costo es de 20.000 dólares, cuando el PIB per cápita de Nicaragua es de alrededor de 2.000. Son los llamados árboles de la vida y fueron levantados sin consultar a los ciudadanos, como emblema del nuevo poder que se alzaba en el país. “Un capricho muy simbólico, porque tiene un sentido esotérico, no político. Estos árboles fueron instalados en toda la ciudad ‘contra el mal de ojo’”, relata Ramírez con evidente ironía. “El régimen utiliza una mezcla de esoterismo new age con ciencias ocultas. Todo lo revuelve con las creencias católicas y las oraciones que se repiten en los mítines, como tratando de robarles espacio a los símbolos de la Iglesia”, señala el escritor. 

Desde que arrancaron las protestas, el 18 de abril pasado, derribar los árboles de la vida se ha vuelto un gesto simbólico en contra del gobierno. 

 

 

Dueños de la calle

-¿Cómo llegó Ortega a acumular tanto poder?

-Empezó por cooptar de todos los poderes civiles del Estado, la policía y el Ejército para, posteriormente, manejarlo todo. Primero con sus propias manos y, luego, compartiendo el poder con su esposa, Rosario Murillo, actual vicepresidenta. En paralelo, en una de las tantas muestras de absolutismo, el partido de gobierno se proclamó dueño de las calles. Nadie podía manifestarse y todos los intentos de grupos medianos y pequeños de protestar por cualquier causa eran reprimidos por fuerzas de choque motorizadas a bordo de moticicletas, con palos, con garrotes, con cadenas. Esta represión se vino repitiendo a lo largo de 10 años y fue lo que terminó por estallar el 18 de abril: la acumulación de abusos, de atropellos, de acaparamiento del poder, de burla de leyes electorales. 

-El incendio en una reserva de la biósfera y las reformas a la seguridad social fueron las gotas que rebalsaron el vaso. 

-Fueron las gotas que rebalsaron el vaso de la paciencia de la gente. Provocaron las protestas, pero no hubieran llegado a tanto sin que la gente hubiera mostrado ya un cansancio total. Un anciano en la ciudad de León cayó al suelo de un garrotazo y esa imagen se multiplicó a través de las redes. Esa misma tarde en Managua se juntaron 400 personas, disueltas otra vez por las turbas. Al día siguiente, la rebelión había estallado en todo el país. 

-¿Qué piden sus compatriotas?

-La gente reclama en la calle que se adelanten las elecciones y que Ortega se vaya. Las cifras de una encuesta de mediados de septiembre son reveladoras: el partido de gobierno ha quedado reducido al respaldo del 20%, el 70% quiere que se adelanten las elecciones para el año próximo y el 65%, que Ortega abandone el poder. Entre la lista de personas de mayor a menor popularidad, Ortega y su esposa están a la cola. 

-¿Y quién es el más popular?

-Carlos Mejía Godoy, un cantante que representa a la revolución de todos los tiempos, el autor de Nicaragua, Nicaragüita.

 

“No quisiera ver ni una guerra civil ni un golpe de Estado”

-¿Qué papel cumplió el petróleo venezolano de Chávez?

-Es fundamental para explicarse la cooptación social. Nicaragua consume 10 millones de barriles de petróleo al año y el 50% era dado gratis por Chávez, aunque este dinero nunca pasó a las arcas del Estado, sino a unas compañías privadas manejadas por la familia Ortega. Fue con lo que se instaló un programa populista de donaciones. A la gente le regalaban un kit con gallinas ponedoras, una cerda preñada, una vaquita, un saco de fertilizante, 10 tejas de zinc para el techo… 

-¿Qué salida le ve a Ortega?

-Tarde o temprano tiene que aceptar que el país no puede volver a las condiciones en que se hallaba antes del 18 de abril. Que no hay compatibilidad posible entre él –un caudillo que se apropió de una revolución ya muerta– y la sociedad nicaragüense de hoy. Los nicaragüenses debemos aspirar a una transición ordenada. 

-¿Cree que están dadas las condiciones?

-Es que si no hay una transición ordenada, lo que habrá es una lucha callejera armada y eso se va a transformar en una guerra civil. Y hay dos cosas que yo no quisiera ver en Nicaragua: ni una guerra civil ni un golpe de Estado. Ortega no quiere un acuerdo político, pero tiene que aceptarlo, porque no tiene salida. Por lo tanto, hay que buscarle la salida a Ortega por medio de una negociación. No se puede negociar con alguien que se siente contra la pared. La gran aspiración que los nicaragüenses tenemos es llegar a tener instituciones democráticas a través de un cambio pacífico. Es una posibilidad muy cierta, no es ninguna esperanza perdida.

-¿Quién liderará la transición?

-El asunto de quién va a dirigir políticamente la transición en Nicaragua no está definido. La gente está unida frente a tres asuntos fundametales: libertad, justicia y democracia. Pero no hay propuestas ideológicas ni políticas. Eso se hará en determinado momento y es a la nueva generación de nicaragüenses a la que le tocará encabezar esta próxima etapa. Gente que fue miembro de la dirección política del Frente Sandinista está en contra de la opresión, de los asesinatos masivos, pero ni ellos pretenden constituir la dirigencia política de este movimiento ni la gente les está atribuyendo ese papel.

 

La izquierda jurásica

-¿Los jóvenes de ahora le recuerdan a los que encabezaron la revolución sandinista?

-Los jóvenes de ahora, perseguidos a muerte, son como nosotros entonces: una generación que, igual que esta, convirtió sus ideales en convicciones. Estoy viviendo la segunda revolución de mi vida y eso es un regalo del cielo. 

-Ahora no utilizan las armas.

-La de ahora es una revolución desarmada y eso lo veo como un enorme avance, no como retroceso. 

-¿Qué piensa de esa parte de la izquierda latinoamericana que se resiste a condenar a regímenes como el de su país?

-Que es una izquierda jurásica. Pero, por otra parte, desde Noam Chomsky hasta Pepe Mujica se han expresado muy claramente. 

-Está complicada la izquierda regional…

-Lo que ocurra en Brasil puede descalabrar América Latina: es el retorno de los militares. Los militares están diciendo: “Ustedes los civiles fracasaron, ahora volvemos nosotros”. Pero la izquierda latinoamericana tiene que reinventarse para salvarse del descalabro. Y yo creo que el modelo más exitoso es el uruguayo, porque el Frente Amplio se ha liberado de los dos estigmas de la izquierda: el autoritarismo y la corrupción.