• 30 abril, 2008

Una nación regida por un régimen presidencial, donde la oposición destituye una ministra y en donde las fuerzas políticas de gobierno rechazan un fallo constitucional, puede estar ad portas de un rudo conflicto institucional. Por Ricardo Solari

 

 

Sensatez y liderazgo, dos bienes capitales a recuperar, para retomar un rumbo fuerte de crecimiento, progreso y estabilidad. Creo que una nación regida por un régimen presidencial, donde la oposición consigue destituir una ministra y en donde las fuerzas políticas que apoyan al gobierno rechazan explícitamente un fallo del Tribunal Constitucional, está empezando a entrar en una zona turbulenta, quizás a las puertas de un rudo conflicto institucional.

No comparto ninguna de las dos decisiones, ni la del Parlamento de destituir a la ministra, ni la del Tribunal Constitucional de impedir la distribución de la píldora en los consultorios públicos. Pero ese no es el punto. El tema hoy es apreciar que el cambio de correlación entre las instituciones, en un contexto de ausencia de liderazgos que iluminen el debate político, puede generar una dificultad mayor para avanzar en los grandes temas y en los acuerdos nacionales necesarios para enfrentar problemas objetivos como son las limitaciones energéticas, el encarecimiento global de los alimentos, la volatilidad cambiaria y el incierto escenario económico internacional, entre muchas malas noticias que han venido juntas en el ultimo tiempo.

Algunos consideran que estos son juicios exagerados, pero la verdad es que las últimas constituciones republicanas (1925 y 2005) han intentado impedir, con mayor o menor éxito, dictaduras de mayorías o bloqueos de minorías. La relación entre instituciones debería respetar la legitimidad de origen de las mismas; la elección simultánea del Parlamento y del presidente (parte de las últimas reformas constitucionales) y la introducción de la segunda vuelta presidencial apuntan a enfatizar la necesidad de sintonía entre poderes. Tanto la tragedia de Balmaceda, en 1891, como la crisis de la república parlamentaria a principios del siglo XX son lecciones contundentes de que la fronda, aquel forcejeo que intenta desde las elites arrebatar la legitimidad al proceso democrático, ha comenzado siempre por enredar el funcionamiento institucional y provocar un vacío que es llenado por poderes extra institucionales o “fácticos” en el lenguaje corriente.

Ojo, nada de esto es contradictorio con la necesidad de una exigente fiscalización parlamentaria, que debería ser siempre y principalmente un atributo, un derecho y una
obligación de la minoría.

En el caso del Tribunal Constitucional, su fallo sobre la píldora ha sido evidentemente impopular (según las encuestas) y los propios parlamentarios que promovieron la presentación han mantenido riguroso y vergonzoso silencio. A mí no me gustan ni el fallo ni su doble estándar. No me gustan ni la composición del Tribunal ni su estilo hermético, como tampoco las nefastas consecuencias que va a acarrear para las mujeres pobres; pero es evidente que el Ejecutivo no puede incumplirlo. Dejemos la desobediencia civil a la sociedad, a los alcaldes, a las ONG; recurramos los ciudadanos a los tribunales internacionales, pero no le corresponde al gobierno desconocer la realidad institucional del país.

La mayoría parlamentaria surgió de la propia Concertación y la mayoría del Tribunal Constitucional, también. Existe una transitoria mayoría que deberá probarse en las urnas el próximo año. Entre tanto, esta extraña correlación de fuerzas requiere mucha sensatez de todos. No se justifica la sobreactuación de una oposición, es decir, la Alianza, que ha perdido hasta la fecha 18 elecciones nacionales consecutivas. Y tampoco la Concertación puede olvidar que perdió la mayoría parlamentaria y que recuperarla no será nada de fácil, como nada de fácil fue conquistarla. En fin, para unos y otros, la mayoría está aún lejos, en otra parte, y la disputa por conseguirla exigirá arduo esfuerzo, creatividad y liderazgo.

Y mucho liderazgo, que es el recurso más escaso en la política chilena actual, puesto que la decisión de varios de los principales actores en escena está exactamente al revés, y consiste en no pronunciarse, en hacerse los lesos y tratar de pasar colados. Pero no podemos olvidar que los países requieren de conducción y el liderazgo es contraintuitivo, no es políticamente correcto, es desafiante por definición.

Como Lagos, cuando contra toda la corriente de la izquierda latinoamericana, y sin medir costos, apoyó a Uribe por combatir el terrorismo y proteger a su país. Ese, creo, es un buen ejemplo, pero desafortunadamente infrecuente, del liderazgo que con urgencia y contra las propias ideas dominantes en nuestra política actual debe fluir para que el país camine más allá de cada contingencia.