Por Pablo Marín “Llevo 26 años en Cepal, seis de ellos como Director de la División de Desarrollo Social, y me acojo a jubilación anticipada el 31 de julio”, cuenta desde Quito Martin Hopenhayn (Nueva York, 1955), poco antes de volver a Santiago para subirse nuevamente, en cuestión de horas, a un avión que lo […]

  • 27 junio, 2014

Por Pablo Marín

Martin Hopenhayn

“Llevo 26 años en Cepal, seis de ellos como Director de la División de Desarrollo Social, y me acojo a jubilación anticipada el 31 de julio”, cuenta desde Quito Martin Hopenhayn (Nueva York, 1955), poco antes de volver a Santiago para subirse nuevamente, en cuestión de horas, a un avión que lo llevará a México. Y agrega que su decisión obedece a un deseo “largamente acariciado” de retornar a la escritura “tal como siempre la entendí, en el ensayo estético-filosófico y el aforismo poético-filosófico”.

Que no se malentienda su alejamiento, sugiere el entrevistado. En la Comisión Económica para América Latina “encontré un espacio rico en reflexión y debate sobre temas vecinos, sobre todo en la línea de la sociología del desarrollo, y casi podría decir que en cinco lustros hice como cuatro maestrías y la realidad se me amplió fuertemente hacia distintos campos de las ciencias sociales. He sido coordinador y autor de muchos documentos de la Cepal y los últimos años los he cerrado participando de manera muy fuerte en las propuestas de desarrollo que Cepal ha planteado en la actual inflexión histórica de América Latina. Me metí a fondo en temas sociales diversos, como los cambios culturales, la subjetividad juvenil, las brechas de desigualdad, las políticas educativas y los impactos sociales de la globalización. Mezclé ideas con números, lo cualitativo y lo cuantitativo. Intenté aplicar mi propia formación en filosofía crítica, y probablemente mi ‘nicho específico’ ha sido ese puente entre filosofía crítica y teoría del desarrollo”.

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No deja de ser. Pocas semanas antes de dejar un cargo que lo conectó con los diseños, rezagos y encrucijadas continentales, y que lo empujó a conectar puntos allí donde otros verían compartimentos estancos –de la educación al consumo de drogas y a las variables que miden la desigualdad–, este discípulo de Gilles Deleuze vuelve a publicar. No un informe institucional, sino un volumen que habla de sí mismo y de su visión del mundo. A 20 años de su posmoderno Ni apocalípticos ni integrados, que hurgaba en la modernidad en una Latinoamérica en transición, lanza vía Tajamar Editores Atajos para no llegar. Un libro que lo reencuentra con el viejo y siempre inquietante arte del aforismo, con  todo lo que puede tener de destilado del pensamiento, de trip poético, de strip tease emocional y de aventura ensayística. La ansiedad, la eternidad, el letargo del aburrimiento, la inocencia que no se pierde, la culpa y la envidia, el caos original. Todo se examina desde la pausa y la economía de lenguaje. Y, cuando ocurre el milagro, una palabra puede mover el suelo y detener el tiempo. El espíritu, implícito en el propio título, es que “perderse no es desubicarse sino descansar de la ubicación”.

-¿Sientes que los autores posmodernos te permitieron hacer, en el caso de Ni apocalípticos ni integrados, un recorrido estético-intuitivo?
-Sí. Ese libro se nutrió bastante del estilo de los posmodernos, apostó por darle un espacio a lo intuitivo en un texto pretendidamente analítico. Creo que me di esa libertad porque mi propia sensibilidad, o subjetividad, estaba “afectada” por el tiempo en que viví, donde se hablaba de la muerte de las utopías y del imaginario revolucionario, de la merma de los grandes relatos, de la fragmentación y la diversidad cultural. Pese a todas las críticas que podamos formularles a los autores posmodernos, ventilaron la reflexión, insuflaron oxígeno, dieron la libertad para poder conjugar lo estético y lo ético, la sensibilidad poética con el pensamiento filosófico.

-¿En qué se emparenta esa experiencia con la que desarrollaste en Atajos para no llegar?
-En eso creo que este libro de aforismos, si bien es algo muy subjetivo y que nada propone respecto de la realidad actual, procura refundir ambas formas de la sensibilidad. Busca puentes entre la experiencia personal y la reflexión general sobre la existencia. Intenta conjugar la inmediatez de la visión interior con el trabajoso desarrollo de las ideas. El mundo está hoy preñado de paradojas y creo que en el libro pude conectar las ambivalencias de mi propia conciencia con las paradojas del mundo. O, más bien, contrabandear las unas con las otras.

-Entiendo que Nietzsche empezó a escribir –y pensar– aforísticamente cuando tuvo su máquina de escribir. ¿Cuánto le debe tu deriva aforística a tu pasada por Twitter?
-Intenté usar Twitter para circular aforismos pero no me resultó. Tampoco consulto Twitter, pero lo poco que pude vivirlo me dejó la sensación de que es un formato mucho más fluido para lo contingente, lo pasajero, lo trivial. O lo que es noticia. Nada que ver con lo que yo entiendo por la deriva aforística. Ya la restricción de bits mata el pensamiento.

-¿Qué tan buscado fue este cruce de pensamiento, vida y poesía?
-Fue buscado, intencionado, de manera bastante tenaz. En lo personal encuentro un efecto de consuelo, alivio y a veces redención, cuando el dolor o la duda que acompañan la vida propia encuentran expresión más universal en esta escritura aforística, que es a medias poética y a medias filosófica. Para mí escribir es la forma de pensar: no sigo la secuencia de “pensar primero y escribir después”. Es más, creo que mis mejores pensamientos, o los más originales, surgen al calor de la escritura. Y por otro lado, no me motiva pensar si no es a partir de las propias angustias, las esperanzas para la propia vida, los sueños truncos y las pesadillas que una y otra vez intento conjurar. Por lo mismo, pensar, escribir y vivir son, al menos en mi caso, eventos sincrónicos y entrelazados. Casi demasiado.

-Hace un par de años, en esta revista, decía Humberto Giannini que sólo aceptaba el rótulo de “filósofo” en un sentido emotivo: que para él un filósofo es alguien comprometido, implicado en lo que quiere explicar…
-De acuerdo. Si no hay pulsión metida en el filosofar, si no hay dudas tremendas que te atraviesan, creo que pierde interés. Lo digo en mi caso y no lo planteo como normativa para la filosofía en general. A mí me gustar ir implicado en lo que pienso y escribo. Pero claro, hay que disimularlo, disfrazarlo, dejar al narciso en la trastienda. Ver hasta dónde se puede llegar a pensamientos compartidos, comunicados, de validez en sí mismos, por más que en el origen esté el deseo propio.

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Igualdad, diferencia, modernidad

-En Ni apocalípticos ni integrados te planteaste “capturar una atmósfera” y describiste una región sin épica, huérfana de la revolución con mayúsculas. ¿Se ve muy distinto el cuadro hoy?
-Ahora tal vez me preocupa menos la falta de épica. Y las mayúsculas pueden reaparecer bajo otras formas. El cuadro es muy distinto porque el desencanto ya no es tema, la memoria es más corta y la hegemonía neoliberal, más débil. Hay mucha discusión, cada vez más abierta, sobre el sentido de la política, la profundidad de los cambios culturales y, además, se rompió el molde de los modelos únicos. Todo esto es propicio para nuevas visiones de la realidad, no necesariamente épicas, pero impregnadas de creatividad. No soy ni optimista ni pesimista, pero creo que vivimos en tiempos donde hay nuevos ejes relevantes que se extreman con rapidez: el cambio climático, la comunicación total, la secularización extrema, la interdependencia global, los nuevos riesgos y las nuevas formas de ejercer la autonomía, la urgencia por otro reparto en la nueva fase del progreso. Todo esto no nos hace necesariamente más apocalípticos, pero genera una sensación de velocidad y de urgencia que va a llevar, tal vez en las nuevas formas colectivas de producir ideas, a ampliar las fronteras de lo pensable.

-La desigualdad ha entrado fuerte al debate público. ¿Te sorprende que no haya pasado antes?
-Es natural, es hora. Chile tiene un nivel de desarrollo en que las desigualdades ya no pueden seguir como estuvieron siempre. Hay democracia y pretensión de modernidad, lo que implica derechos sociales; implica que la exclusión y el abuso son escándalos; implica que los privilegios no pueden seguir sosteniéndose como en sociedades premodernas; implica que estamos todos en el baile. Es entendible que la discusión se dé respecto de áreas claves de la igualdad: sobre la fiscalidad que permite al Estado tener mayor impacto redistributivo sobre el crecimiento económico, sobre el acceso igualitario al desarrollo de capacidades (la educación), sobre el mundo del trabajo. En parte sorprende que la igualdad llegue tardíamente como reclamo y como agenda, pero por otro lado, estuvimos muy sumergidos. Primero, en la cautela por la transición, y además en un entorno internacional que recién hace una década se saca de encima la hegemonía del modelo neoliberal.

-La igualdad, como se plantea en El gran eslabón [2000, en coautoría con Ernesto Ottone], entra en tensión con la diferencia a la hora de evaluar un sistema educativo. ¿Te parece que ese punto queda de lado en la discusión por la reforma educacional?
-Un poco. La urgencia por igualdad hace difícil sostener simultáneamente en el debate público la igualdad de oportunidades a una buena educación, por un lado, y por otro el énfasis en la diferencia o en la diversidad de la educación frente a la diversidad cultural de los estudiantes. Sin embargo, creo que a medida que avancemos en el debate volverá a entrar el tema de la diferencia, en ningún caso como eufemismo de la desigualdad ni para justificarla, sino entendiendo que la igualdad del derecho a la educación entraña también el derecho de las minorías y el derecho a la diferencia. Por supuesto, el problema será siempre conjugar programáticamente la defensa de la igualdad con el respeto a la diferencia. Pero no por problemático es menos irrenunciable éticamente, como parte de un proyecto-país en que la modernidad y la pluralidad deben ir juntas.

-¿Cómo ves la reforma educacional, o lo que se sabe de ella?
-No quisiera entrar en esa discusión en este momento. Sólo insisto en que la reforma debe privilegiar la igualdad en términos de condiciones de acceso, de calidad, de trayectorias posibles a lo largo de los ciclos educativos, de respeto a la subjetividad y a la cultura de los educandos. La segregación educativa por el corte público-privado, o según los bolsillos, ha ido muy lejos y por demasiado tiempo. Las formas de revertirla no son fáciles ni inmediatas, pero hay que avanzar de manera clara. Las minucias, por ahora, son parte de un debate en el que no he entrado.

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-Has defendido la necesidad de “educar en ciudadanía”. ¿En qué sentido lo planteas?
-La educación en ciudadanía no pasa por una hora semanal de educación cívica durante un año lectivo. Pasa por las relaciones intra-escuela, por la recreación de la autoridad y sus fuentes de legitimación. Pasa por ejercer la tolerancia a la diversidad cultural y a las diferencias en la sala de clases y en el mundo de la escuela, por establecer mecanismos para procesar decisiones, por reflexionar en la escuela respecto del sistema de sanciones y reconocimientos. Son las prácticas intra-escuela, más que los contenidos curriculares, las que educan en ciudadanía. Son los efectos de demostración y los modelos de democracia en el día a día.

-En los 90 se hablaba de una “explosión de identidades”: que colectiva e individualmente era posible adherir a diversas categorías sin perder el núcleo. ¿Qué tan complejo y bien enfocado está hoy el tema, a tu juicio? ¿Qué tan determinante siguen siendo las identidades de clase o de etnia versus otras que han irrumpido con fuerza?
-Creo que uno es muchos. Yo soy varón, soy medio chileno y medio argentino, soy medio filósofo y medio funcionario internacional, soy divorciado y soy heterosexual, pero podría no serlo. La identidad está atravesada por factores adscriptivos, gustos, opciones, configuraciones inconscientes, experiencia de vida. ¿Cuál es el núcleo? No hay núcleo, sino velos que se corren hasta llegar probablemente a un vacío, ojalá un vacío pleno al fondo de uno mismo. Es cierto que hay rasgos identitarios que son mucho más fuertes que otros según la propia experiencia de vida, como es el caso de la etnicidad. Sin duda la identidad es tema, pero no como esencia ineluctable ni como revestimiento estético. Importa considerar hoy las identidades sin perder de vista la visión de estructuras (de clase, económicas, de estratificación), no vaya a ser que terminemos celebrando un baile de máscaras en que unos se comen la torta de la fiesta y otros rondan entre las sobras. Pero importa, a la vez, combinar la lectura de las estructuras con la consideración de singularidades que también son determinantes. •••