• 21 abril, 2011



El cristianismo no es una ética ni una ideología. Es, sencillamente, una historia de amor entre el hombre que quiere olvidarse de Dios o vivir como si no existiera, y Dios mismo.


Con la entrada de Jesús a Jerusalén comienza la Semana Santa. Un tiempo de gran densidad para la sociedad entera y, de modo particular, para los que creen que Jesucristo es el Mesías, el Salvador, aquel que nos redime. Quien lee el relato de la pasión, muerte y resurrección del Señor percibirá un drama sin igual. Es el drama de una lucha muy poderosa entre las fuerzas del mal y del bien manifestado en el amor de Dios que se entrega en su Hijo por cada uno de nosotros. Entrega que llega hasta la muerte; es decir, radical.
Son muchos los episodios de de la Pasión del Señor que suscitan gran interés. Conmueve el relato de la Ultima Cena, cuando instituye la Eucaristía y nos dice que ese pan y ese vino son su Cuerpo y su Sangre; es decir, su Persona que nos acompañará hasta el fin de los tiempos. Impresiona el gesto del lavado de los pies a sus discípulos. El hijo de Dios, el que pasó haciendo el bien, el que fue aclamado como el que viene en nombre del Señor al ingresar a Jerusalén, realiza un trabajo propio de los esclavos, como es lavar los pies. Lo hace para recordarnos que nuestra vocación más genuina es el servicio a los demás. El mismo se pone como ejemplo de humildad para que nosotros, que lo queremos seguir, hagamos lo mismo cumpliendo el mandamiento de amar como El nos ha amado.

Allí está la gran novedad del cristianismo: el hombre encuentra su propia vida y su sentido en la medida que es un “ser para los demás”. Llaman la atención la incomprensión que suscita esta entrega por parte de Pedro, que –prometiendo que lo seguirá dónde él vaya– después lo reniega tres veces, y la actitud de Judas, que literalmente lo traiciona.

Benedicto XVI, en su libro Jesús de Nazaret, dice que “la ruptura de la amistad llega hasta la fraternidad de comunión de la Iglesia, donde una y otra vez se encuentran personas que toman “su pan y lo traicionan”. Por lo que nos recuerda el Pontífice, citando a Pascal, que “el sufrimiento de Jesús, su agonía, perdura hasta el fin del mundo… En aquella hora, Jesús ha tomado sobre sus hombros la traición de todos los tiempos, el sufrimiento de todas las épocas por el ser traicionado, soportando así hasta el fondo las miserias de la historia”.

Jesús tiene clara conciencia de que lo que no es asumido no es redimido. Es por ello que carga sobre sí todo el pecado del mundo, todas nuestras miserias, todas nuestras pequeñeces. El mal tiene que ser eliminado, y para ello El lo hace suyo, lo experimenta de manera radical en carne propia, hasta el punto de que llega a plantearse que ha sido olvidado por su Padre: “Dios mío por qué me has abandonado?”

Cuántas veces nosotros mismos hemos tenido la sensación de abandono por parte de Dios. De tal modo Jesús comparte nuestra existencia que incluso ese sentimiento de orfandad el mismo Jesús lo experimenta en sí mismo. Su entrega es total al punto que nos dirá el Papa “bebe el cáliz de todo lo que es terrible, y restablece así el derecho mediante la grandeza de su amor, que a través del sufrimiento transforma la oscuridad… en este contacto con la suciedad del mundo es realmente absorbida, anulada, transformada mediante el dolor del amor infinito. Y puesto que en el Hombre Jesús está el bien infinito, ahora está presente y activa la historia de la muerte, la fuerza antagónica del mal; el bien es siempre infinitamente más grande que toda la masa del mal, por más que ésta sea terrible”.

Esta oscuridad es la muerte transformada que ya no tiene la última palabra en la vida del hombre, puesto que quien se entregó por nosotros resucitó. La razón de la entrega, de su amor sin límites, hunde sus raíces en el amor que siente por cada ser humano para que tenga vida y la tenga en abundancia. San Pablo dirá, y con propiedad, lo que podemos decir cada uno de nosotros: “me amó y se entregó por mí”. El es el sacerdote, el puente perfecto entre Dios y los hombres que nos da esperanza de que la muerte, el odio, la división y la mentira no son la última palabra, sino que lo son la vida y la paz. Con justa razón dice el Salmo 16: “no abandonarás mi vida en los infiernos, ni dejarás a tu fiel ver la fosa. Me enseñarás el camino de la Vida”.

Semana Santa se convierte, por tanto, en aire fresco para nuestras vidas y en una ventana para mirarla desde la esperanza. No estamos solos, Dios nos acompaña y se hace parte de nuestras propias vidas. Mirándolo a El, contemplando Su vida, Su pasión y Su muerte, podemos renovar nuestra fe, nuestra esperanza y –sobre todo– nuestra caridad. Liberarnos de una actitud pesimista de la historia y emprender la ruta de la historia como historia salvífica, en la que es El quien nos guía con su vara y su cayado para conducirnos por verdes praderas que nos darán reposo y sosiego.

El cristianismo no es una ética, no es una ideología, es sencillamente una historia de amor entre el hombre que quiere olvidarse de Dios o vivir como si no existiera, y Dios mismo, que siempre nos atrae hacia sí porque nos ama. Y lo hace dándose hasta el extremo. Quienes creemos en Jesucristo sabemos que nada nos va a separar del amor de Dios y que estar atentos a su voluntad, a pesar de nuestras debilidades, pequeñeces y pecados, es la fuerza que nos anima a vivir día a día, a anunciarlo a El y a esperar confiados el día de nuestra muerte, la que por gracia de Dios está llamada a convertirse en fuente de vida, de vida eterna.