Un país de personas es siempre un país más interesante y más desarrollado que un país de masas. Las masas,  la “gente”, como les gusta decir livianamente a muchos de nuestros políticos, en realidad no piensa, nunca lo ha hecho. Los que piensan son las personas. Las masas son meras expresiones de energía, de […]

  • 5 septiembre, 2013

 

Un país de personas es siempre un país más interesante y más desarrollado que un país de masas. Las masas,  la “gente”, como les gusta decir livianamente a muchos de nuestros políticos, en realidad no piensa, nunca lo ha hecho. Los que piensan son las personas. Las masas son meras expresiones de energía, de fuerza bruta, de encuestas y fenómenos estadísticos, y no de ideas razonadas e independientes. Hoy estamos en la sociedad del conocimiento y la tecnología, no de las masas como lo fueron los  siglos XIX y XX. Hoy ni siquiera sabemos qué es el proletariado o si lo hay, ni qué es ahora la clase media, actores críticos de la sociedad.

La verdadera riqueza de un país tiene diversas expresiones: no sólo incluye lo material o económico, sino que hay también riqueza intelectual, espiritual, moral, cultural, institucional, de confianzas, históricas y otras. El desarrollo está en la evolución de la mente de las personas, no en los objetos. Por eso somos sólo nuevos ricos, pero no desarrollados. Ése es el verdadero desafío de la educación.

Los países más interesantes aprenden a equilibrar de manera sabia lo individual y lo colectivo, y saben que el Estado no es lo mismo que el gobierno, que la mente no es lo mismo que el cerebro, o que el lenguaje no es lo mismo que el idioma. Y lo saben porque piensan, estudian, leen y porque así logran tener ideas propias sobre la vida, el universo, la sociedad, y especialmente sobre sí mismos, que es al final lo trascendente. También saben que la verdad es un camino, un proceso, no una ecuación; que las teorías no son la verdad, sino sólo una de las maneras posibles de relacionarse con la realidad. Ninguna teoría puede jamás capturar la “realidad”. También saben que no hay realidad relevante sin observador, por ende, siempre hay subjetividad y cualidades. Las cualidades son siempre subjetivas, y así es la realidad simbólica en la que vivimos.

En Chile al menos, porque pensamos muy poco de manera independiente, porque no miramos la evidencia y sólo tenemos opiniones y emociones, llegamos a una situación absurda en que estamos literalmente secuestrados por ideologías del siglo XX, que ya no dan cuenta de los problemas y situaciones del siglo XXI. Los ejemplos son innumerables. La velocidad de la civilización es hoy más bien apropiada para las máquinas, no para las personas. Las nuevas y crecientes complejidades requieren habilidades de síntesis más que de análisis, por lo que debemos repensar desde la base el tema de la educación, las nuevas ideas de multiversos amenazan todos nuestros paradigmas religiosos y cosmológicos. Hoy ya sabemos que la tecnología (que no es lo mismo que la máquina) no es neutra, por ende, impone su propia lógica de creación al funcionamiento de la sociedad. Se nos viene la fusión de la biología y la tecnología, y no sabemos bien qué significa. La clonación humana es inminente, la “vida sintética” es una realidad. La globalización requiere nuevas organizaciones mundiales, funciona 7×24 (no así las personas). Los temas de la ecología son necesariamente globales y las amenazas también. Se está creando una nueva mente tecnológica colectiva (cuarta capa del cerebro), internet abre una nueva frontera digital que está siendo colonizada de la misma manera que lo fue la geografía en el siglo XV. Hoy hay nuevos modelos de familia como base de la sociedad, se nos viene el útero artificial y la creciente reproducción tecnológica. La mujer será quien domine a la sociedad. Los indignados protestan, pero no tienen propuestas, y todos protestan por cosas diferentes. Los nuevos escenarios energéticos cambian la lógica económica. La vida humana llegará pronto a los 120 años, y estamos buscando la vida inteligente en el universo. Éstos son sólo algunos ejemplos de decenas de otros. Y en Chile queremos reducir todo a las viejas y fracasadas ideas del socialismo o a refritos de capitalismos manchesterianos que hacen agua por todos lados, por los temas anteriores.

A 40 años del pronunciamiento militar para unos, golpe para otros, seguimos secuestrados por esas ideologías literalmente obsoletas en este siglo. Peor aún, somos una nación de personas que, en general, no quieren o no saben pensar de manera independiente en temas políticos y nacionales. Nuestras ideas al respecto son básicamente los titulares de lo que dicen otros, y ahí vamos repitiendo consignas o slogans  sin mayor reflexión. No miramos la evidencia por nosotros mismos y, curiosamente, tenemos opiniones contundentes y determinantes sobre todo lo que nos pregunten.

El país enfrenta hoy una elección presidencial sobre el futuro, con nueve candidatos, y notablemente el principal tema de debate parece ser lo que pasó o no pasó hace 40 años. Es como si el mundo siguiera pegado y centrado exclusivamente en la Segunda Guerra Mundial, discutiendo quiénes fueron los buenos y los malos. La “bomba” mató a cientos de miles de personas en defensa de la libertad que ganó el mundo. ¿O hubiese sido mejor un gobierno nazi mundial? ¿Había otras alternativas? Quizás, pero ¿tiene sentido discutir lo que no tiene respuesta? Quien conoce la guerra, ama la paz. Y, claramente, no queremos nuevas guerras. El tango se baila de a dos. Pero eso exige tolerancia mutua, no la autoderrota unilateral, porque el mundo y la sociedad seguirá girando y cambiando las estructuras del poder.

Es evidente entonces que en Chile el pasado nos separa de manera dramática, y es así quizás desde O’Higgins en adelante, o incluso antes. Desde la perspectiva humana no hay objeto sin sujeto, es decir, todo tiene un aspecto subjetivo, todo tiene cualidades, percepciones y realidad psíquica personal. La pipa de la paz se fuma de a dos. En nuestra historia, unos literalmente propiciaron la lucha armada entre chilenos y la dictadura de los pobladores, armaron y entrenaron terroristas, idealizaron la revolución violenta, destrozaron las instituciones, reventaron la democracia. Otros, se excedieron con sus adversarios después del triunfo y no respetaron los derechos humanos según se definen hoy. ¿Cuál es peor? Bueno, siempre dependerá del punto de vista que lo mire y las experiencias que vivió.

Quien cree en las verdades absolutas propias, se transforma en fundamentalista, y ése es el principal enemigo del mundo democrático. Unos fueron apoyados por EE.UU., los otros por el comunismo internacional, porque era el tiempo de la Guerra Fría. Suma y sigue. Nadie es dueño de la verdad, porque ésta siempre tiene algo de subjetiva y va cambiando en función del conocimiento, la información y los valores. Es un proceso. Ése es el trabajo largo y paciente de los historiadores serios que en Chile no abundan. Nadie, al menos en Chile, tiene realmente superioridad moral sobre el otro.  La base del encuentro nacional, que es urgente y necesario en Chile, es sólo la humildad y la actitud de tolerancia. Justo lo que no tenemos. Si seguimos con la odiosidad que empieza a mostrar nuevamente nuestra sociedad, terminaremos en los conflictos como Venezuela, Argentina, Bolivia, y luego en situaciones como la del Medio Oriente en que se están matando entre ellos mismos.

Entretanto logramos invocar a la humildad de todos, y ésta empieza a hacer su difícil trabajo interior, debemos encontrar un futuro común, y ése es el desafío político del presente. Para ello, lo primero es impulsar a las personas para que piensen por sí mismas, que dejen de repetir slogans fáciles. Por ejemplo, todos opinan sobre el Censo, ¿se han molestado en leer los informes o sólo repiten cosas generales? ¿Todo lo que hizo el gobierno militar fue malo? Claro que no, probablemente igual que la UP, y así es con todas las cosas de la vida, porque es parte de la naturaleza humana dual.

Realmente necesitamos el balance de un centro liberal independiente, tolerante, de chilenos que pensamos por nosotros mismos. Necesitamos que nos liberemos de las ideologías castrantes del siglo XX, y que empecemos a construir un futuro común con los desafíos reales de esta época, ya que el pasado sólo seguirá separándonos. Tenemos 30 años de progreso sostenido que estamos a punto de tirar a la basura. Es hora de despertar.•••