Integrante de Twenty Two, la oficina del poderoso representante Fernando Felicevich, Sebastián Rozental, el ídolo de Universidad Católica y de la Sub 17 de 1993, vive una nueva etapa viendo partidos y transitando por los mejores escenarios de Europa. “Siempre quise ser director deportivo de un club y en unos 10 años más, podría ser”, confiesa.
Por: Patricio Abarca

  • 6 diciembre, 2018

Sentado en un café de la calle Luis Pasteur, Sebastián Rozental se ve como si no hubieran pasado los años. Lleva la misma melena rubia de sus años de fama, viste jeans y polera y saluda jovial y contento. Justo el día anterior, su hijo Lucas estuvo de cumpleaños, y no es menor que el exfutbolista haya podido verlo apagar las 10 velas de la torta en vivo y en directo si se considera que, como integrante de Twenty Two, la oficina de representación de jugadores de Fernando Felicevich, se mantiene buena parte de su tiempo con un pie en Europa. 

Al alero del poderoso representante de Alexis Sánchez y Arturo Vidal, apenas toca suelo chileno, el exjugador e ídolo de Universidad Católica se reinserta en el ecosistema familiar y de compañeros de colegio, un grupo de 30 amigos que se conocen desde primero básico en el Instituto Hebreo. 

Europa es un destino más amable que el que tuvo en 1996, cuando, siendo un delantero con toda su carrera por delante, sufrió una lesión en su debut por Glasgow Rangers, en Escocia. Aquello marcó su carrera, aunque nunca al punto de opacar la historia que construyó como figura de la Sub 17 que hace 25 años conquistó el tercer lugar en el Mundial de Japón. 

Rozental se toma la cabeza al recordar cuánto tiempo ha pasado de eso. Había anotado de penal el 1-1 ante Polonia justo cuando todo se acababa. Luego, era el quinto jugador designado en la definición a penales. Pero no alcanzó porque Chile consumó la victoria antes gracias a las atajadas del arquero Ariel Salas y al remate de Nelson Garrido. Entonces se sintió inmensamente aliviado.  

“Siempre me gustó patear penales, pero esa vez estaba complicado porque ya había pateado tres durante el Mundial y entonces no sabía dónde elegir. La responsabilidad siempre me gustó. De hecho, pateo el penal del empate en el minuto 79, con toda la presión encima. Pero Garrido me salvó. Recuerdo que ese día más encima hubo un tifón muy grande en Japón y el partido, estuvo a punto de suspenderse, porque después se jugaba la final. Como había llovido tanto, nos ofrecieron a los dos equipos darnos la medalla de bronce. Polonia aceptó y nosotros no, porque queríamos jugar. Entonces, arriesgamos esa final y la ganamos”, recuerda.  

-¿Nunca pensaste en ser técnico cuando te retiraste en 2008?

-Nunca me llamó mucho la atención, a pesar de que soy un enfermo del fútbol y me veo mil quinientos partidos y me encanta. Estudio y me preparo constantemente. Trabajo con Fernando Felicevich hace muchos años. Antes estuve en Direct TV como comentarista, durante cuatro años. Pude vivir dos Mundiales, Juegos Olímpicos. Luego renuncié y no estuve en la Copa América de 2015. La verdad es que siempre tuve la idea de ser director deportivo de un club. Y en un futuro, no sé si muy cercano, porque estoy muy contento en este trabajo que tengo, podría ser, en unos 10 años más. 

-¿Se arma el escenario, considerando que jugaste, pasaste por las comunicaciones, y ahora, con la representación, trabajas con capital humano?

-Uno se va preparando. Hice dos cursos, uno de administración en empresas deportivas en la Universidad Mayor en 2005 y un curso de finanzas en Suiza en 2003, cuando jugaba en el Grasshopper. E imagínate, trabajando ahora en esta oficina, estoy seis meses del año en Europa y comparto todos los días con todos los directores deportivos y todos los entrenadores. Ese es mi trabajo, abrir puertas en clubes en Europa, en distintos mercados, evaluar y analizar a qué lugares pueden ir los jugadores. Porque no se elige al azar, hay un estudio grande, se evalúa con detalle, hay una metodología.

-¿Pasas pegado viendo videos? 

-Televisión e internet, pero en lo que he tenido mucha suerte por este trabajo es que veo mucho partido en vivo en Europa, que es bien distinto a verlo por televisión. Es otro mundo. En cada viaje, puedo ver 10 o 15 partidos sin ningún problema, en distintas ligas; Holanda, Bélgica, Inglaterra, España, Italia, Turquía, Francia. Donde vayan jugando los distintos jugadores que tenemos. 

-¿Cómo se produjo el vínculo con Felicevich?

-Nos conocemos mucho, de años, cuando yo todavía jugaba. Él ya estaba viviendo acá en Chile y a través de algunos jugadores que eran amigos, nos conocimos. Fue antes incluso que Fernando empezara a trabajar como agente.  

-¿Te topas con jugadores conocidos haciendo lo mismo?

-Como representantes de jugadores no, pero sí tengo un montón de jugadores amigos que trabajan en Europa, en distintos clubes, como scouts, veedores, directores deportivos o incluso como entrenadores. Por ejemplo, Giovanni van Bronckhorst, quien es entrenador del Feyenoord. Jugó en la selección holandesa y en el Barcelona, y cada vez que voy a Holanda me junto con él. Almorzamos y conversamos. Jugamos juntos en Escocia, en el Glasgow Rangers, y tengo muy buena onda con él. Pero también está Claudio Reyna, a quien me lo encuentro en Estados Unidos, en New York City. Hay una red, por una relación con excompañeros en distintas partes, una red de contactos.

-Se ve como un trabajo envidiable.

-La verdad que sí, esta es una pega soñada. Nunca pensé que iba a trabajar en una empresa de representación y una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida es estar acá. Cada día me gusta más y capaz que siga toda la vida en esto. 

 

 

“Messi y Cristiano cambiaron el fútbol”

-Administrar la carrera de jóvenes de alto rendimiento, igual es delicado, supongo.

-Claro. Y yo admiro mucho a estos cabros. En general admiro mucho al futbolista, porque vive cosas para las que nadie está preparado y muchas veces la gente le exige cosas que no debería. Los futbolistas juegan de los 18 a los 32 años y una persona normal empieza a trabajar a los 24, 25 años y a los 30 recién comienza a agarrar un rumbo. Y en cambio se les exige a cabros de 18 que actúen como gente de 32, 34 años. Y hay un espectro de jugadores, de mil jugadores profesionales en Chile, y cuando hay uno o dos que pueden cometer un error, se tacha a los otros 998, que son todos iguales. En el periodismo también hay algunos que se separan, que chocan y los llevan presos, otros que son exitosos y otros que no lo son. Y en la medicina pasa lo mismo, y en el gobierno también. Y sin embargo, se le exige mucho a un chico de 18 años. Una persona a los 32 va encaminada, y un futbolista a esa edad cerró toda su carrera. Hay un mito de que ganan mucha plata.

-¿Ganan mucha plata?

-Pero agarras al 90% de los jugadores de fútbol, y aunque es cierto que tienen un sueldo súper grande en ese tramo que va entre los 20 y los 32, después ya no. Un cabro de 20 años puede ganar hasta dos millones de pesos mensuales, pero eso siempre hay que proyectarlo en el largo plazo, hasta su jubilación, y allí ya no es tanto. 

-En todos estos viajes, ¿dónde te ha impactado ver un partido en directo?

-Me llamó mucho la atención Turquía. Nunca pensé que la liga fuera tan exigente y tan difícil de jugar, por esta presión, esta locura mediática que hay hoy. La cantidad de hinchas y lo apasionados que son. Hay que tener mucha personalidad para jugar allá. Creo que es más difícil que en Bélgica, Holanda o Austria. Y después, el fútbol que me gusta, lejos, es el de Inglaterra, por las canchas, los estadios, la tradición, por el respeto, por los exjugadores. Uno entra a los pasillos de un club y hay fotos de 1910 o 1890, hasta ahora. Siempre hay homenajes a las leyendas de los clubes y hacen partidos de leyenda. 

-Como espectador privilegiado, ¿hay un jugador que en vivo te haya sorprendido más de la cuenta?

-Bueno, Messi y Cristiano. Son de otro planeta. Ellos cambiaron el fútbol y nos vamos a dar cuenta cuando se retiren de lo que hicieron. Pero sí me tocó ver entrenar en vivo a Isco y lo encontré fabuloso, realmente fabuloso. Los controles que hacía, cómo se perfilaba. A Neymar lo encuentro descomunal también y me encantaría que volviera a jugar a otro grande, en el United o el City.

 

El papá y el representante

-Si hablamos ahora de entrenadores, ¿cuáles te marcaron especialmente?

-Pellegrini, sin lugar a duda. En la etapa formativa, Héctor Pinto y Leonardo Véliz fueron claves. Pero quizás la persona que más quiero en el fútbol, con quien logré mi explosión y considero que es la persona que más fútbol sabe en Chile por lejos, es Fernando Carvallo. Lejos. Entiende el juego, ve situaciones que otros no, tiene un análisis perfecto. Y creo que se ha sido muy injusto con él. Hoy, todos quieren jugar como Guardiola y los equipos de Carvallo, guardando las proporciones, jugaban como los equipos de Cruyff y Guardiola. Con posesión de pelota. Y me da risa cuando decían que los equipos de Carvallo jugaban para el lado. Pero si revisas los goles de Católica en esos años, verás que terminaba todos los campeonatos con 100 goles. Hoy día, Católica, puntero, tiene 34 goles a favor. El otro día se celebró el gol de 44 toques del City al United y debe haber 100 goles de los equipos de Carvallo de esa manera. Creo que es un desperdicio que no esté en el fútbol formativo, que no sea entrenador de entrenadores, un rol que en Europa se usa mucho. Porque acá se mira en menos a las personas de experiencia, pero allá uno ve técnicos mayores y de experiencia. Pellegrini lo hace en Europa. 

-¿Qué hizo puntualmente Pellegrini en tu caso?

-Me exigió hasta en los más mínimos detalles. Que mejorara la pierna derecha, el cabezazo, que no me relajara. Pellegrini fue importante cuando fue lo de la Sub 17 porque es cuando se podía subir todo a la cabeza de uno, con un éxito muy rápido. Y si no lo hubiera tenido a él, no sé si mi carrera hubiera sido tan buena como fue hasta los 20 años, porque claro, después ya no volvió a ser tan buena.

-¿Eso es ser tajante o simplemente autocrítico?

-Es que mi carrera la divido en dos: hasta el 96 y de ahí en adelante. Por la lesión que sufrí en el Glasgow Rangers. Me operan mal y ahí pasan muchas cosas, desde que uno pierde ciertas características, pierde tiempo, empieza a no entrenarse tan bien, a salir un poco más de lo conveniente porque te quieres desconectar de tanta presión. Después tomas malas decisiones, los clubes donde vas no son los adecuados, faltó hacer una buena pretemporada en algún momento. 

-Era para bajonearse. ¿Cómo manejaste la parte mental?

-Yo hacía tres meses de rehabilitación, volvía a jugar y me lesionaba de nuevo. Y así otra vez y otra vez. Y una rehabilitación que incluía desde volver a caminar, a fortalecer el músculo, natación, cámara hiperbárica, todos los días, mientras todos los otros juegan. Y es súper complejo. En la calle, en el momento de mayor fama, en la esquina, el que vende alcachofas, te pregunta: ¿y cuándo vuelve? Y vas al café y el garzón te dice: ¿Y cuándo vuelve? Y todos con mucho cariño. Era una presión sicológica fuerte para mí. Lo que viví fue súper duro. Era el mejor momento de mi carrera. A los 16 años salí el mejor deportista del país, y en 1996 fueron a despedirme mil niños a San Carlos de Apoquindo cuando fui de Católica a Europa. Y de repente se cortó todo y hubo mil jugadores que terminaron teniendo mejor carrera que yo. 

-Suena duro.

-Pero no tengo ninguna queja. Lo único que en verdad me hubiera gustado saber, de no haberme lesionado, era hasta dónde hubiera llegado. Tenía una proyección súper grande. Iba a la par con Marcelo Salas en su momento. Éramos súper complementarios, súper amigos. Habría llegado donde iba él, pienso yo. Pero, aclaro que tampoco cambiaría nada de lo que he vivido, porque todo eso me ha hecho ser la persona que soy. Tengo el mejor trabajo del mundo y soy un agradecido del jefe que tengo.

-Tu papá, Lázaro, fue el representante de tu carrera. ¿Cuánto aprendiste de él en esa área?

-Es que ese era otro mundo. Él tenía una vocación, pero más por querer ayudarme que por ser representante en sí. En ese tiempo tenías que grabar un VHS con tres partidos, y lo mandabas por DHL a Europa y llegaba a los seis días. Él era un papá que jugaba, entre comillas, a ser representante. Si hoy yo volviera a jugar, trabajaría ciento por ciento con Felicevich y no con mi papá. Los papás tienen que ser papás, no representantes. A uno se le enferma el hijo y entonces lo lleva al doctor. Si mi hijo tiene un problema legal, contrato a un abogado. Los papás tienen que dedicarse a ser papás y es un tema súper grosso en el fútbol, porque los dueños de los clubes quieren elegir a los jugadores y sin tener idea. No siempre se asesoran por especialistas deportivos y quieren llevarles jugadores a los técnicos. Imagínate los papás. 

-En esa época Héctor Tapia también se asesoraba por su padre.

-Es que no había la figura de representante bien definida entonces. Hoy, salvo que sea un papá que se quiera dedicar a este trabajo y que sepa y haya estudiado, creo que igual no debe ser representante de su hijo. De otros jugadores puede ser. Hay una cercanía, algo sentimental, que no corresponde, que es muy difícil de llevar. 

-¿Cómo te viene el rol de papá? 

-Me encanta. Tengo una relación increíble con mi hijo Lucas, que tiene 10 años, y uno vive cosas que cuando chico ni siquiera imaginó. 

-Cuánto afecta en este caso la distancia?

-Él está acostumbrado. Cuando estaba en Direct TV ya viajaba mucho, como ahora. Obviamente que me duele mucho estar cinco meses afuera. Es fuerte. Te pierdes un montón de cosas, no solo con tu hijo, sino con todo tu entorno. Pero él lo entiende y así es la pega. No tengo ninguna queja, pero es sacrificado. Perderse cosas del colegio, por ejemplo. Afortunadamente, he podido estar en las fiestas. Y no es fácil. Cuando a uno le decían que no hay nada más lindo que tener un hijo en el mundo, yo miraba y decía: ah, estos viejos están exagerando. Y realmente no hay nada más lindo, nada comparable con tener un hijo.