Después del Oscar, qué. Una película producida y protagonizada por Rachel Weisz. Así avanza el camino de Sebastián Lelio que ayer estrenó en Chile su esperada cinta “Disobedience”. El director conversa sobre los desafíos de esta producción y también plantea su preocupación frente a una sociedad donde ve surgir nuevas formas de fascismo.

“Disobedience” está basada en una novela de Naomi Alderman, que luego fue reescrita por Lelio y Rebecca Lenkiewicz, y que cuenta la compleja historia de amor de dos mujeres en el epicentro de una comunidad judío ortodoxa en Londres. La película está protagonizada por Rachel Weisz, Rachel McAdams y Alessandro Nivola. El pasado jueves, en una sala de cine llena de amigos, actores, periodistas y gente del mundo audiovisual, Lelio habló sobre la experiencia de dirigir su primera realización en inglés, y que no será la última, porque ya terminó de filmar el remake de la película “Gloria” que se estrenará a finales de este año con Juliane Moore como protagonista.

-¿Fue distinto volver a ver Disobedience, ahora en Chile, y rodeado de tu gente?

La había visto en septiembre pasado en Toronto para su estreno, después vino la nueva versión de “Gloria”, entonces me fui a Júpiter. No la había vuelto a ver en meses y la vi en Nueva York, ahora con las actrices y resto del elenco. Había pasado tiempo y yo había estado lo suficiente lejos de ella como para poder verla con ojos relativamente limpios y esa función fue muy potente. Me pegó, me habló la película. Fue como si la hubiera hecho otra persona.

 –¿Porque en ese tiempo transcurrido habían pasado muchas cosas?

Sí, es como si la persona que hizo esa película hubiese sabido en qué iba a andar yo ocho meses después, porque me habló muy directamente a mí. Y yo no hago las películas para mí, es un juego doble, las hago para el otro. Nunca me había pasado eso, fue extraño, yo creo que tiene que ver con la anomalía de tener una película lista, hacer justo otra y luego estrenarla meses después.

-¿Cómo te encuentra el estreno de Desobedience? ¿Todavía mareado por el Oscar a mejor película extranjera?

-Por suerte me pasó que como filmé las tres películas juntas y después ocurrió lo del Oscar la ansiedad de qué voy a hacer después no me ha tocado. “Disobedience” no la hice bajo esa presión y entonces tiene inocencia.

-Pero al momento de estrenarla sí tienes un Oscar en la mano y eso podría generarte alguna presión en cuanto a expectativas.

-Eso, en mayor o menos escala, es la ansiedad que está en el aire con toda película. No es que yo desconozca ese sentimiento, pero no siento que sea distinto esta vez. Lo que sí es que hay mucha más atención, muchos más ojos mirando. Pero prefiero tener ese problema que el opuesto. Me gusta que las películas lidien con la atención del otro, ya sea favorable o  negativa. Las películas son dispositivos sociales y como tal es imposible gustarles a todos, pero también es posible que ocurran fenómenos como el de “”Una Mujer Fantástica, que es algo que desbordó la cinta.

-Gracias al Oscar, posiblemente “Disobedience” tendrá más salas y más espectadores, ¿qué te gustaría que pase con la película?

-Ojalá genere más atención y más curiosidad, yo me imagino que sí. Aquí en Chile yo iría a ver la película nueva de alguien que se ganó el Oscar. Y si pensamos en “Disobedience” a nivel mundial, sí: son más salas, es más distribución, más territorio, es un impulso. Un Oscar es un amplificador. Uno hace películas para que sean vistas, independiente de la escala y el alcance, no tiene sentido hacer una película que no se va a ver.

-¿Te sentiste intimidado cuando te llamó Rachel Weisz para ofrecerte que te hicieras cargo de su producción?

-Me pasó que después de “Gloria”, me encontré en la situación de recibir muchas ofertas para dirigir en inglés, leí muchas y nada me removía, entonces esperé hasta tropezarme con algo que me fascinara lo suficiente como para dedicarle dos años de mi vida. Eso fue “Disobedience”. Fue en la fiesta después de la ceremonia de los Spirit Awards al que “Gloria” estaba nominada, ahí se me acercó Frida Torresblanco, la productora socia de Rachel Weisz, me sentó en una silla y me contó la idea general de la novela. Me interesó, leí el libro y no me demoré ni una semana en aceptar.

-¿Qué tan apegada es la historia de la película a la novela?

La novela es muy literaria en el sentido que sus recursos no son muy cinematográficos. Los personajes del libro piensan mucho y sienten mucho, lo cual es terrible y bueno al mismo tiempo, porque te obliga a encontrar soluciones audiovisuales para esos sentimientos y pensamientos. Todo proceso de adaptación es violento, porque son medios distintos y son otras lógicas. Por otro lado la invitación a escribir y dirigir marcó la diferencia porque tenía la oportunidad de meter mi ángulo. A pesar de que no soy ni británico, ni judío, ni mujer, esos temas, extrañamente, me resultaron muy familiares.

-¿Tenías alguna aproximación previa al mundo judío ortodoxo?

No, me imagino que las nociones de cualquier persona medianamente informada. Me parecía, por lo mismo, muy interesante tener la posibilidad de meterse en ese mundo tan secreto, tan hermético, tan rico, que ha venido desarrollándose y sofisticándose por más de 5.000 años. Es un planeta que tiene vestimentas, códigos morales, música, ritos, normas. Durante la escritura del guión tuvimos cuatro consultoras de la comunidad ortodoxa y ahí aprendimos muchísimo. Además yo fui a muchas cenas, a ceremonias, a las escuelas, fui de compras, vi cómo cerraban los mercados antes del shabat y vi cómo les volvía la vida después. Durante la preproducción y rodaje, la cantidad de consultores subió a doce. Se trató de cuidar cada detalle y creo que pasamos la prueba kosher. Me interesaba capturar la textura cultural con precisión, para tenerlo bien resuelto y después olvidarme de eso para poder enfocarme en la relación en Esti, Ronit y Dovid. Ahí está la universalidad y la humanidad de la película.

-Tanto en “Una Mujer Fantástica” como en “Disobedience” la muerte se instala como elemento catalizador, ¿cómo te relacionas con la muerte?

-Son películas de dos mujeres que están buscando su forma de despedirse. Me interesa la muerte entendida como maestra, como un hachazo que viene a partir la vida en dos, a rajarla y hacerla añicos, para sacar luego toda la oscuridad y toda la luz que ese proceso trae consigo. En Disobedience se muere el Rav y toda la comunidad tiene que encontrar un nuevo balance producto de la orfandad. Como dice el rabino en la película, la muerte nos deja perplejos enfrentando un vacío. ¿Qué se hace con la nada? El sistema de creencias de la ortodoxia judía es un pensamiento en el que se insiste, y se insiste, hasta que se cree que aquello es real. Es el principio de toda religión y de toda creencia humana. Me interesan los personajes que son capaces de romper la membrana y ver desde afuera el asunto, eso tiene un precio; quedar huérfano del sistema. Ahí aparece la libertad individual, con su abismo, su angustia, y con toda su maravillosa complejidad, pero se pierde la candidez de la protección de la comunidad, que es algo muy hermoso que yo vi en esos barrios.

 “Huele a fascismo”

-Después de “Gloria”, “Una Mujer Fantástica”, y ahora “Disobedience”, te instalaste como el cineasta de la feminidad. ¿Cómo estás viendo esta última revolución feminista?

-Me interesa mucho, creo que se trata de una revolución humana. Está pasando de todo, no creo que sea patrimonio de las mujeres, sino de lo femenino, también en el hombre. Estoy más con las francesas que con las americanas en el ángulo de análisis del #MeToo, y estoy muy preocupado del clima de la conversación cultural en Estados Unidos y acá también. Huele a fascismo, huele a caza de brujas. No sólo el linchamiento público inmediato, que me parece una señal súper grave, asumiendo que los verdaderos delitos codificados o por codificar, son absolutamente condenables, pero además hay toda una zona gris del común acuerdo donde el cerco está corrido al punto que la gente está empezando a vivir con miedo.

-¿Miedo a expresar ciertas ideas o puntos de vistas?

-Sí, así lo siento a mi alrededor. El temor a que la mirada del otro te castigue por salirte un poco de la corrección es el primer síntoma de ir caminando hacia el fascismo, eso es lo que me preocupa, está todo muy facho. Se trata de un fascismo que no es de izquierda ni de derecha y es difícil de tipificar todavía, está pasando. En EE.UU. están hablando de apropiación cultural: “¿Por qué estas haciendo una película sobre lesbianas si no eres lesbiana?” A Kathryn Bigelow la criticaron por hacer una película de negros sin ser negra, a propósito de “Detroit”.

-Visto así, tú estás pésimo.

-Todo mal, de hecho me increpó un espectador en Estados Unidos por haber elegido a dos actrices no lesbianas para interpretar a Ronit y Esti. Yo le respondí que por que era lo que más me emocionaba. Además vengo de hacer una película donde elegí a una mujer trans para que interpretara a una trans, pero lo hice como gesto de libertad, no como gesto fascista de “así hay que hacer las cosas”. La idea es ampliar los límites de lo posible y no restringirlos. Si yo dijera que solo los trans pueden interpretar trans, estaría negando a Daniela Vega a hacer un papel cisgénero. Cuando empieza ese tufillo a la restricción de las libertades artísticas es también un síntoma de la instalación de un pensamiento fascista en la sociedad. El problema es que viene de un lugar de autoridad moral y eso es lo complicado. Los canallas se cuelan por las rendijas, entonces hay que estar super atentos y yo temo por la muerte del erotismo.

 -¿Cómo definirías la importancia del erotismo?

-El erotismo es lo que nos hace humanos y es además una disrupción del orden social. No puede haber un erotismo de buenas costumbres, porque el erotismo es un quiebre del orden. Otra cosa es obligar a una mujer a hacer algo que no quiera. El hombre tiene que entender que No es No. Eso es todo y es súper simple. Tienen que aprender a comportarse mejor los estúpidos que andan molestando como si estuviesen en octavo básico, ese nivel hay que superarlo. La igualdad salarial no resiste discusión, hay cosas que son de cajón. Pero que un hombre no le pueda decir a una mujer que se ve bien, y viceversa… yo no quiero vivir en ese mundo. Y tampoco creo que sea sano separar el mundo del placer del mundo del trabajo. Somos seres complejos, no podemos dejar el placer en la casa e ir a trabajar como robots. Así nos vamos a hacer trizas. El erotismo también peligra por la gran victoria del porno.

 -¿El porno entendido como antítesis de erotismo?

-Sí, lo tenemos en todas las casas, en los teléfonos, en los computadores, y está afectando a la humanidad. Nunca en nuestra historia habíamos visto tantos hombres y mujeres desnudos en el plazo de una generación y no sabemos cómo eso nos influye. Es una de las razones por las cuales la escena de sexo en “Disobedience” no tiene desnudez. ¿Cómo hacer una escena que tenga una alta carga erótica sin mostrar un pezón? Haciendo que el espectador la complete con su fantasía.

¿Fue un desafío particular filmar la escena de sexo lésbico, considerando la atención que inevitablemente concita?

-Sí, porque fue una escena filmada en el contexto que estamos hablando. Yo dibujo todas mis películas en unos cuadernos y cuando llegué a la escena de sexo instintivamente dejé cuatro páginas en blanco porque sabía que esa escena tenía que durar, que era el corazón de la película y tenía que tener tiempo en pantalla. Tenía que durar unos buenos minutos. Pensé la escena desde muchos ángulos, desde el contexto político cultural que estamos viviendo, las válidas demandas de visibilización por parte de la mujer, la apertura de la caja de pandora de la monstruosidad del poder del hombre, el acorralamiento del erotismo, la híper exposición al sexo, todo eso. El desafío fue filmar ese encuentro y que se pudiera sentir el placer y el dolor de amar con todo tu cuerpo.

¿Quedaste satisfecho?

-¡Vaya verbo! (ríe). Sí, quedé satisfecho porque creo que es una escena importante, más allá de la película. Es una escena que ha generado conversación.

Dentro de este año vas a estrenar el remake de Gloria, ¿hiciste una película distinta a la anterior?

-Heráclito nos enseñó que nadie puede bañarse dos veces en un mismo río. Es imposible. No se puede volver a hacer lo mismo. Me lo tomé como la oportunidad de revisitar tus propios materiales, que es un lujo que un cineasta rara vez tiene. No quise hacer el remake hasta después de hacer “Una Mujer Fantástica” y de filmar mi primera película en inglés, necesitaba pasar por esas etapas antes. Desde Gloria 1 a Gloria 2, el mundo cambió y dio un giro hacia el medioevo. Antes estaba Obama e Inglaterra todavía era parte de Europa, y en dos años estábamos en un mundo super reaccionario con Trump y Brexit. Alucinante. De pronto la historia de una mujer madura que quiere seguir bailando y que reclama su derecho al placer se vuelve extrañamente urgente y política. Entonces fue muy orgánico decir: “Ya, bailemos”.