La escasez de estudios sistemáticos y profundos sobre el desarrollo del populismo en Latinoamérica motivó a Sebastián Edwards a retomar la pluma y escribir un libro que no dejará a nadie indiferente. Previo a la lectura del primer capítulo –que Capital adelanta en una versión traducida exclusiva- el economista y profesor de la UCLA explica los alcances de su trabajo.

  • 25 junio, 2008

hjdskdjkdsjkdsjk

 
Entrevista a Sebastián Edwards
(3 páginas)

Extractos
"Mercados y populismo: el accidentado camino de América latina"

(4 páginas)


{mospagebreak}

Ir a inicio

 

 

Sebastían Edwards "Al final, el populismo siempre fracasa"

La escasez de estudios sistemáticos y profundos sobre el desarrollo del populismo en Latinoamérica motivó a Sebastián Edwards a retomar la pluma y escribir un libro que no dejará a nadie indiferente. Previo a la lectura del primer capítulo –que Capital adelanta en una versión traducida exclusiva- el economista y profesor de la UCLA explica los alcances de su trabajo. Por Guillermo Turner.

Sebastían Edwards recorre, con cierta frecuencia, algunas de las principales ciudades de Latinoamérica. De hecho, en los mismos días en que circula esta revista, se encontrará nuevamente en Santiago –no venía desde noviembre– participando como expositor en un seminario de Moneda Asset.

Esos viajes profesionales, sumados al seguimiento y estudio constante de la región que efectúa desde la UCLA, lo dejan en una posición privilegiada para analizar y compartir puntos de vista sobre la situación política y económica por la que atraviesa la región. Y su conclusión, a la fecha, no es demasiado alentadora: advierte que el riesgo del populismo sigue vigente, que el fenómeno no ha sido lo suficientemente estudiado y que a los países les ha faltado convencimiento y aplicación para llevar adelante las reformas de mercado.

Pero Edwards no se limita al diagnóstico. La idea es remover conciencias, incentivar los cambios y abandonar la división de país recorre, con cierta frecuencia, algunas de las principales ciudades de Latinoamérica. De hecho, en los mismos días en que circula esta revista, se encontrará nuevamente en Santiago –no venía desde noviembre– participando como expositor en un seminario de Moneda Asset. Esos viajes profesionales, sumados al seguimiento y estudio constante de la región que efectúa desde la UCLA, lo dejan en una posición privilegiada para analizar y compartir puntos de vista sobre la situación política y económica por la que atraviesa la región. Y su conclusión, a la fecha, no es demasiado alentadora: advierte que el riesgo del populismo sigue vigente, que el fenómeno no ha sido lo suficientemente estudiado y que a los países les ha faltado convencimiento y aplicación para llevar adelante las reformas de mercado. Pero Edwards no se limita al diagnóstico. La idea es remover conciencias, incentivar los cambios y abandonar la división de países que –como dice el profesor– “continúan estando entre los más regulados,proteccionistas, burocráticos, ineficientes y corruptos del mundo”. Por eso recogió sus apuntes, actualizó estudios, comparó cifras y se concentró en sacar adelante su libro Mercados y populismo: el accidentado camino de América latina a la modernidad, el mismo del cual Capital publica una traducción del primer capítulo y sobre el cual Edwards se explaya a continuación.

-Considerando que se ha comentado bastante, para bien y para mal, sobre el populismo en América latina, ¿qué te motivó a escribir al respecto?

-Hay una gran confusión con respecto al populismo en general, y a Chávez y su populismo bolivariano en particular. Se habla del tema con facilidad, pero hay pocos estudios sistemáticos y profundos que analicen sus raíces históricas, sus políticas y sus consecuencias. El surgimiento de Chávez, Evo Morales, Rafael Correa y otros sólo se puede comprender si se entiende lo que pasó en América latina durante los últimos 40 años. En ese sentido, es necesario empezar con el fracaso de las políticas intervencionistas y proteccionistas, fracaso que se manifestó con la crisis de la deuda de principios de la década de los ochenta. En este libro me remonto aún más atrás, al año 1961. De hecho, el segundo capítulo se titula “De la Alianza para el Progreso al Consenso de Washington”.

-¿Cuánto tiempo dedicaste a la investigación y cuánto, a la redacción del libro?

-Escribirlo me tomó un poco más de un año. Casi toda la investigación de datos la había hecho con anterioridad, pero hubo necesidad de actualizarlos y agregar nueva información. En cierto modo, este libro resume muchos temas sobre los que he investigado durante los últimos 10 años. También se puede ver como la continuación de mi libro Crisis y reformas económicas en América latina, que publicó en inglés Oxford University Press en 1995, y Emecé en castellano en 1996.

-Teniendo en cuenta los “giros” políticos de Lula y Alan García, el aparente deterioro en la popularidad de Chávez y las reformas que introduce Raúl Castro en Cuba, ¿es posible sostener que el populismo va en retirada o, al menos, disminuye su ritmo de expansión?

-Al final, el populismo siempre fracasa y, por tanto, termina emprendiendo la retirada. Creo, sin embargo, que todavía tiene para un tiempo en la región. Es cierto que Chávez ha perdido algunas batallas, pero está lejos de haber perdido la guerra. Con el precio del petróleo a estos niveles, Chávez sigue teniendo muchos grados de libertad y capacidad de acción. Pero el problema de muchos países en América latina va más allá del populismo. La falta de interés por la modernidad y su modo de vida es muy generalizada, y afecta tanto a la llamada izquierda moderna como a los gobiernos “pro-mercado” de Felipe Calderón en México y Álvaro Uribe en Colombia. Hace unos días, México fijó los precios de más de 100 productos, una medida poco feliz.

-La Revolución Cubana sirvió de inspiración y, por qué no decirlo, como herramienta de marketing para la izquierda latinoamericana de los 60. ¿Podría una mayor apertura al mercado de Cuba –como la reciente eliminación de los salarios fijos– tener un efecto similar, pero a la inversa?

-No lo creo. Cuba es demasiado diferente y proviene de una realidad muy extrema como para ser un ejemplo. Cuba tiene una economía primitiva; posiblemente una de las más ineficientes del mundo en lo que a tecnología, ingeniería y productividad se refiere. Lo que suceda ahí durante los próximos años será muy interesante, pero no será un ejemplo válido para nadie. La ideología central de los populistas latinoamericanos seguirá basándose, al menos por un tiempo, en las ideas mesiánicas y a medio cocinar de Chávez –incluyendo el llamado “Socialismo del Siglo 21”. Ahora, si de ejemplos se trata, el mejor antídoto contra el populismo son Lula y un Brasil exitoso.


-Obama planteó su disposición a dialogar con Venezuela y Cuba. ¿Es una mejor forma de atacar el avance del populismo de izquierda?


-Los canales diplomáticos siempre deben mantenerse abiertos, y Obama hace bien en plantear su disposición al diálogo. Eso también lo entiende Chávez, quien rápidamente se arrepintió de haber roto relaciones diplomáticas con Colombia y las restableció en pocos días.

-Salvo casos excepcionales, como Uribe en Colombia, las ideas del libre mercado no convencen a los electores latinoamericanos. ¿Qué les falta a los políticos de centro o centro derecha para captar votos?

-El público latinoamericano siente un rechazo por el sistema de mercado porque lo asocia con las crisis traumáticas de los años 90 y principio de los 2000, incluyendo las de Argentina, Brasil, Ecuador, la República Dominicana, México, Venezuela –aunque ésta fue el 89–, y Uruguay. Lo interesante es que hay una especie de “culpabilidad por asociación”. Esas crisis se debieron a errores muy serios en las políticas cambiarias, políticas que nada tienen que ver con un sistema capitalista. Es verdad que las reformas de mercado y las políticas de cambio fijo se implementaron al mismo tiempo –esa es la “asociación”–, pero las unas no necesitaban a la otras. Más aún, uno puede argumentar que haber mantenido los tipos de cambio rígidamente fijos constituyó una violación seria de los principios de mercado. Y ¡ojo! No hay que confundirse con el caso de Uribe en Colombia. Su apoyo se debe a su política anti-guerrilla y de pacificación y seguridad. Nada tiene que ver con una visión positiva del sistema de mercado.

-La fórmula Sarkozy consistió, en buena medida, en plantear sus ideas directamente, mientras que en la región los políticos libre mercadistas tienen a disfrazarlas para no perder electores.

-Sí, yo creo que hay algo de eso. A mí siempre me ha dado un poco de risa –y bastante verguenza ajena– el que en Chile muchos términos se califiquen y disfracen por razones puramente políticas. Se habla de economía “social” de mercado y de “centro” derecha, como si el mercado y la derecha fueran malas palabras. Sería extraordinario si adoptáramos un lenguaje directo, sin adornos ni eufemismos. Que habláramos, por ejemplo, de la necesidad de crear un sistema capitalista, a secas.

-Mencionas en el libro que las reformas de los 90 en América latina nunca se completaron y luego, en los 2000, se desmoronaron. ¿Cómo dar estabilidad y sostenibilidad a esas reformas en el tiempo?

-En algunos países se desmoronaron; en otros, simplemente han quedado incompletas, truncas, languideciendo. El cortoplacismo, la impaciencia y la cultura de tomar atajos y saltarse etapas han impedido la consolidación de las reformas modernizadoras en muchos países. Los latinoamericanos no están conscientes de ello, pero la verdad es que la mayoría de nuestros países continúan estando entre los más regulados, proteccionistas, burocráticos, ineficientes y corruptos del mundo. Tenemos instituciones pésimas y políticas públicas pobrísimas. Pero, como en el cuento de Hans Christian Andersen, nadie quiere decir que el emperador no tiene ropa, nadie quiere decir que anda desnudo.


-¿Cómo enfrentar a los grupos de presión que suelen oponerse a estas reformas; por ejemplo, las organizaciones sindicales, empleados públicos, etc.?

-Este es uno de los temas que discuto en este libro. En general, hay que buscar mecanismos de compensación, que remedien, parcialmente, los daños que sufren ciertos grupos durante las reformas. Por ello, como ha dicho Ben Friedman, de Harvard, es más fácil hacer grandes cambios durante períodos de bonanzas; en esos momentos, hay recursos y es más fácil compensar a los que pierden y se oponen al cambio.

-Pero, ¿es posible hacer buenos negocios en América latina? O debemos interpretar tu análisis como que hay que evitar la región?

-Para nada. En cierto modo, la paradoja de la región es que en estos países que, en general, tienen políticas pobres e instituciones débiles, hay muchas empresas eficientes, con una gran capacidad de competir globalmente. Son empresas modelo, con un alto retorno, y tasa de expansión. Ejemplos incluyen a Embraer, CVRD, Petrobras en Brasil, Cemex en México, Arcor en Argentina, y varias empresas chilenas, por nombrar sólo a algunas. Pero para que un país surja en forma sostenible no basta con un puñado de buenas empresas. Se necesita que la mayoría de ellas sea pujante, que haya constantemente nuevos emprendimientos y que la innovación sea el modelo de comportamiento. Para aprovechar las oportunidades en la región hay que ser selectivo y poder identificar a las joyitas que existen. Ello implica contar con profesionales y analistas de primer nivel. En Chile hay varias firmas que hacen ese trabajo muy bien.


-¿Son compatibles capitalismo con “progresismo”, al menos en la forma como lo asimilan los políticos latinoamericanos de centro izquierda?

-Un sistema capitalista moderno, basado en la innovación y en el emprendimiento, es absolutamente compatible con una sociedad donde hay una gran movilidad social, la pobreza está superada y la desigualdad es relativamente baja. No hay nada más progresista que defender la libertad individual y rechazar la intromisión del Estado en las decisiones de las personas. Desde un punto de vista práctico, lo verdaderamente progresista es abogar por un Estado limitado pero fuerte. Un Estado que haga muy pocas cosas –de ahí lo limitado–, pero que las haga bien –eso es lo fuerte. En América latina el Estado sigue siendo enorme, y lo que hace lo hace muy mal. Los autodenominados progresistas latinoamericanos son, en general, nostálgicos, burocráticos y temerosos del cambio. De progresistas no tienen nada.

-¿Chile también forma parte de esos ejemplos de reformas incompletas que mencionas en el libro?

-Chile es un caso especial y un gran ejemplo. En mi libro saca una nota bastante buena. Es el único país de la región que ha llegado a etapas avanzadas de eficiencia económica. Pero eso no significa que no haya problemas, ni que éstos no hayan ido creciendo últimamente. Creo que nos fuimos poniendo cómodos, engordando, sintiéndonos autosatisfechos, y dejándonos estar. No hay nuevas ideas; se repite lo mismo una y otra vez, como un disco rayado. Hay mucha banalidad y poca sustancia. Y cuando surgen ideas interesantes, éstas se ignoran. En vez de discutirlas, la prensa se focaliza en las iniciativas más frívolas y faranduleras.

{mospagebreak}

Ir a inicio

 

 

Todo un inmenso jardín

“América latina, con muy pocas excepciones, es un caso claro de un proceso de reformas económicas fracturado e incompleto”, sostiene el economista Sebastián Edwards en Mercados y populismo: el accidentado camino de América latina a la modernidad. A continuación, en exclusiva, una versión traducida del primer capítulo de un libro que desnuda los vicios y debilidades del populismo político.

 

América Latina: La Tierra del Futuro

El 1 de enero de 2003, Luiz Inácio da Silva, conocido universalmente como Lula, juró como presidente constitucional de Brasil. Fue una ocasión solemne y llena de simbolismo. Después de todo, Lula era el primer líder sindical y socialista autodeclarado, electo a la presidencia de un país Latinoamérica no. A la ceremonia realizada en Brasilia, la capital modernista de Brasil, asistieron numerosos jefes de estado, dignatarios y autoridades de alto nivel de todo el mundo.

Pero el presidente George W. Bush no estaba entre los asistentes, ni el vicepresidente Dick Cheney, ni el secretario de Estado Colin Powell, ni miembro alguno del gabinete de los Estados Unidos. La delegación estadounidense estaba encabezada por Robert Zoellick, representante de Comercio, quien a pesar de ser un funcionario muy capaz, carecía de la altura política y diplomática que la ocasión demandaba. Con su tradicional despreocupación y agudo sentido del humor, Lula desestimó el desaire y dijo que tendría muchas ocasiones para reunirse con su colega del Norte. Otros jefes de estado latinoamericanos, sin embargo, no fueron tan comprensivos: estaban profundamente ofendidos. Según ellos, esta era una gaffe diplomática seria y un claro recordatorio de que, con pocas excepciones –Cuba y, tal vez, México–, América latina no era una prioridad política o diplomática para Estados Unidos.

Al final, Lula tenía razón. Cuatro años después de su elección, las tensiones entre su gobierno y la administración Bush estaban superadas. La secretaria de Estado Condoleezza Rice, asistió a su segunda toma de posesión y él desarrolló una relación estrecha con el presidente George W. Bush. En 2007, Lula se convirtió en el primer líder latinoamericano en ser invitado a Camp David. Este avance en las relaciones económicas y diplomáticas se debió, en gran medida, a la decisión de Lula de seguir una política económica pro mercado, que redujo la inflación, revivió el crédito y atrajo volúmenes considerables de inversión extranjera. En 2008, Standard & Poor’s reconoció los esfuerzos realizados por la administración Lula y le otorgó a la deuda soberana de Brasil el muy codiciado grado de inversión.

Pero a pesar del final feliz de este melodrama brasileño, no todo está bien en el frente latinoamericano. Muy por el contrario, durante los últimos años el público de la región se ha movido con fuerza hacia la izquierda y ha elegido –a veces por márgenes muy amplios– presidentes abiertamente críticos de Estados Unidos y de sus políticas económicas y externa, y que han impulsado una agenda populista en sus respectivos países.

Hugo Chávez, de Venezuela, ha sido el más vociferante entre los líderes latinoamericanos anti-estadounidenses. Pero no es el único: Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, de Argentina; Evo Morales, de Bolivia; Rafael Correa, de Ecuador, y Daniel Ortega, de Nicaragua, también han criticado a Estados Unidos y al sistema de mercado. Todos ellos han usado una retórica populista para atacar la globalización y argumentar con vehemencia que la región debe aumentar de modo importante el papel del gobierno en asuntos económicos.

Durante los últimos años, en todos estos países se han nacionalizado empresas, erigido barreras comerciales, impuesto controles de precios y entorpecido las actividades empresariales. Hugo Chávez ha condenado el capitalismo, a los inversionistas extranjeros y a los banqueros internacionales; abarrotó la Corte Suprema con sus partidarios, cerró canales de televisión de propiedad de sus opositores, cortó lazos diplomáticos con Colombia (los que reanudó pocos días después), interfirió en los asuntos de otros países y se convirtió en el mejor amigo del debilitado Fidel Castro. Chávez y algunos de sus socios en la región, como Evo Morales en Bolivia y Daniel Ortega en Nicaragua, han prometido construir un nuevo sistema económico y social basado en lo que llaman “socialismo del siglo 21”.

En un discurso en las Naciones Unidas en septiembre de 2006, Chávez llamó al presidente estadounidense George W. Bush “el diablo” y lo acusó de actuar “como si fuera el dueño del mundo”. El histrionismo de Chávez, sin embargo, no se ha dirigido sólo a Estados Unidos: en una reunión de jefes de Estado iberoamericanos realizada en Santiago de Chile en noviembre de 2007, se enzarzó en una pelea con el Rey Juan Carlos de España y acusó al ex presidente español José María Aznar, de ser un “fascista” y una “serpiente”. Chávez amenazó luego a las multinacionales españolas con su expulsión de Venezuela. Y en mayo de 2008, dijo que el Partido Demócrata Cristiano de la canciller alemana Angela Merkel “comparte los ideales políticos de Adolf Hitler”.

Por supuesto, no todos los líderes de izquierda han sido tan estridentes y agresivos como Chávez, ni todos han seguido políticas populistas. Al lado del presidente bolivariano y de sus seguidores, hay una izquierda latinoamericana moderna. Además de Lula, esta izquierda moderada incluye, o ha incluido, a Ricardo Lagos y Michelle Bachelet en Chile, a Fernando Henrique Cardoso en Brasil, a Alan García en Perú y a Tabaré Vázquez en Uruguay. Todos ellos comprenden la importancia del mercado, no demonizan la globalización –aunque son críticos de algunos de sus aspectos– y reconocen que la innovación y la eficiencia son fundamentales para alcanzar el éxito económico. Ciertamente, critican la “falta de solidaridad” del capitalismo anglosajón y creen que más intervención y la regulación del gobierno son esenciales para reducir la desigualdad. Sin embargo, no son socialistas duros; su meta es adoptar las políticas de las social democracias de Europa occidental.

Incluso en países donde los populistas no han ganando las elecciones presidenciales, incluyendo Colombia y México, éstos se han convertido en una fuerza importante, y han creado una atmósfera política que es hostil hacia la globalización, el capitalismo y los Estados Unidos. Estos políticos tienen un apoyo financiero amplio de Venezuela y adoptan prácticas políticas disruptivas. El ex alcalde de Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, es –probablemente– el más agresivo de estos “populistas en la oposición”. Llama periódicamente a manifestaciones de sus partidarios y los ha animado a tomarse el edificio del Senado como una forma de paralizar el sistema político. Otros incluyen a Ollanta Humala en Perú y Carlos Gaviria en Colombia, dos líderes tan nacionalistas como confrontacionales.

{mospagebreak}

 

Ir a inicio

El Consenso de Washington y la reacción populista

El masivo giro de América latina hacia la izquierda ha sido el resultado de una profunda decepción con las reformas pro mercado de los años 90. Estas políticas, que se hicieron conocidas como el Consenso de Washington, buscaban la desregulación de mercados que por décadas habían estado sujetos a una variedad surrealista de controles, la eliminación de los déficit fiscales, la apertura del comercio internacional y la privatización de las empresas públicas.

A comienzos de los 90, las reformas del Consenso de Washington rindieron fruto en el frente macroeconómico: la inflación declinó sustancialmente y el crecimiento latinoamericano se aceleró. Observadores optimistas, incluyendo a los funcionarios del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial, creyeron que la región finalmente despegaría y que el crecimiento, las mejores condiciones sociales, y la prosperidad reemplazarían décadas de estancamiento, desigualdad e inestabilidad. En algunos países –Argentina, Chile y Perú– el ritmo de crecimiento y expansión fue francamente espectacular. En la mayor parte de la región, la primera mitad de los 90 fue un período de esperanzas y altas expectativas.

La bonanza, sin embargo, tuvo una corta vida. Ni el crecimiento de la productividad ni la inversión subieron lo suficiente como para mantener la expansión económica en el largo plazo. La pobreza no disminuyó de modo significativo y la distribución del ingreso siguió tan desigual como en el pasado. Más aún, el uso generalizado de tipos de cambio fijos redujo la competitividad de las exportaciones y generó serios desequilibrios comerciales. Además, muchos países no pudieron controlar sus finanzas públicas y tuvieron déficit fiscales crecientes.

Al final, crisis cambiarias traumáticas estallaron en países tan diversos como Argentina, Brasil, República Dominicana, Ecuador, México y Uruguay. A partir de 1998, muchas naciones latinoamericanas entraron en recesiones severas y experimentaron aumentos en el desempleo y mayores niveles de pobreza. En Argentina, la crisis de 2002 fue tan severa que algunos temieron que llevaría a la desintegración nacional.

Entre 1998 y 2002 el ingreso per capita en América latina creció, en promedio, a apenas 0,2%. Durante el mismo período, en Asia Emergente, incluyendo a China e India, se expandió a casi 2% por año, y los Tigres Asiáticos, a un promedio de 1% anual.

Después de estas crisis y decepciones, América latina se convirtió en terreno fértil para políticos populistas. Se culpó al Consenso de Washington y a las instituciones internacionales –en particular al FMI–, por el aumento en el desempleo, la caída en los salarios, la mayor incidencia de la pobreza y los colapsos e las monedas. Políticos de toda la región criticaron a la globalización, a los mercados y al capitalismo, y dijeron que con el fin de reducir la desigualdad y la pobreza, el rol del Estado en asuntos económicos debía incrementarse significativamente. En algunos países se nacionalizaron empresas extranjeras, se erigieron barreras al comercio, se hostigó a los inversionistas extranjeros, se manipularon las estadísticas oficiales, se endurecieron las regulaciones empresariales y se gravaron las exportaciones.

El populismo, por supuesto, no es fenómeno nuevo en América latina. Juan Domingo Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil, Luis Echeverría y José López Portillo en México, y la primera presidencia de Alan García en Perú, son ejemplos clásicos de gobiernos populistas. Chile bajo el doctor Salvador Allende y Nicaragua con Daniel Ortega y los sandinistas, son ejemplos de políticas populistas emprendidas por gobiernos con aspiraciones socialistas. Como explico con gran detalle en este libro, un aspecto distintivo de estas experiencias históricas es que la política macroeconómica se utilizó activamente para alterar la distribución de los ingresos y la riqueza.

En 1991 Rudi Dornbusch, el distinguido profesor de economía del MIT, y yo definimos el populismo macroeconómico como “un enfoque que enfatiza el crecimiento y distribución del ingreso y desestima los riesgos de inflación, limitaciones externas y la reacción de los agentes económicos a agresivas políticas antimercado”. Planteamos que, invariablemente, el populismo macroeconómico comenzaba con gran euforia, sólo para terminar con una inflación acelerada –o, en algunos casos, hiperinflación–, un desempleo más alto y salarios más bajos. Una y otra vez estas políticas fracasaron, dañando a aquellos grupos (los pobres y la clase media) a los que buscaban favorecer.

Históricamente, los líderes populistas han tenido personalidades carismáticas y relaciones débiles con los partidos políticos tradicionales. Han sido “caudillos” que han usado la desigualdad como justificación para operar fuera de los canales formales de la política y para recurrir a déficits fiscales y a la creación de dinero inorgánica como mecanismos para enfrentar los problemas sociales. Estos líderes populistas con frecuencia han tenido una veta autoritaria y han rechazado las reglas e instituciones de las democracias liberales. Ejemplos históricos de esta tendencia incluyen a Juan Domingo Perón en Argentina, y a Daniel Ortega de Nicaragua durante los 80. Hugo Chávez, de Venezuela, es un representante moderno de esta postura.

A partir de 2003 y gracias a los mayores precios de los commodities y a la liquidez global, los países latinoamericanos experimentaron una aceleración en su crecimiento –el incremento en el producto interno bruto (PIB) per cápita promedió 3,2% entre 2003 y 2007. Este mejor desempeño fue especialmente pronunciado en países que se recuperaban de crisis profundas, como Argentina y Venezuela. Además de un crecimiento más acelerado, otros indicadores que también mejoraron durante este período: en muchos países declinó la deuda externa y la inflación siguió en niveles relativamente bajos. A la luz de la recuperación económica y del movimiento hacia la izquierda de la población, ha surgido una serie de preguntas acerca del futuro económico de América latina: ¿es este mejor desempeño sostenible? ¿Son el rechazo de las políticas del Consenso de Washington y la adopción de medidas populistas responsables, al menos en parte, del repunte económico de la región? ¿O es consecuencia sólo de los precios extraordinariamente altos de los commodities y del ambiente económico internacional favorable?

{mospagebreak}

Ir a inicio

Este libro

Este libro analiza las experiencias de América latina con las reformas económicas de los 90 y 2000, y relata la desilusión que estas reformas provocaron entre los votantes latinoamericanos. En ese sentido, es un libro sobre el movimiento de América latina hacia la izquierda y el populismo, y su rechazo –o rechazo parcial– a la globalización y al capitalismo. También es un libro que investiga las causas detrás de la popularidad de Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa y otros líderes populistas en la región. A lo largo del libro utilizo datos de una serie de fuentes nacionales e internacionales para evaluar la magnitud de las reformas latinoamericanas realizadas en los 90 y 2000. Discuto los eventos que provocaron dos de las crisis financieras y económicas más profundas de los tiempos modernos –la crisis mexicana de 1994-1995, y la crisis argentina de 2001-2002–, y examino la exitosa experiencia chilena con reformas modernizadoras y de mercado; analizo el rechazo de Brasil a las tentaciones del populismo, e investigo las reformas incompletas de Colombia durante la administración de César Gaviria en los 90.

El análisis presentado en este libro muestra con claridad que, en contra de lo que se piensa, la mayoría de los países latinoamericanos ha avanzado muy poco en el proceso de modernización de sus economías.

En la mayoría de las naciones de la región, las reformas han quedado incompletas o truncas, y no han logrado transformar a los países de América latina en verdaderamente competitivos. Los datos muestran irrevocablemente que, a pesar de toda la atención de los medios y de los ataques de los activistas anti globalización, incluyendo al ganador del Premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz, las reformas del Consenso de Washington apenas arañaron la superficie de la ineficiencia económica de la región.

De hecho, la mayoría de los países latinoamericanos sigue estando entre los más regulados, distorsionados y proteccionistas en el mundo. En muchos de ellos iniciar una empresa es sumamente caro, la burocracia es asfixiante y los impuestos son muy elevados. Con muy pocas excepciones, las instituciones siguen siendo muy débiles: los derechos de propiedad no están suficientemente protegidos, el poder judicial es ineficiente, es difícil hacer cumplir los contratos, la corrupción es persistente y el imperio de la ley está ausente. Más aun, a través de la región, el Estado sigue siendo omnipresente y muy ineficiente, y no logra prestar servicios básicos, tales como educación de calidad, infraestructura y apoyo para la investigación y el desarrollo.

La mayoría de los gobiernos latinoamericanos son incompetentes, no fomentan la competencia, con frecuencia protegen a los monopolios y, muchas veces, son una fuente de la corrupción. América latina, con muy pocas excepciones, es un caso claro de un proceso de reformas económicas fracturado e incompleto.

La evidencia discutida en este libro indica que el desempeño mediocre de América latina a fines de los 90 y comienzos de los 2000 no fue resultado de una implementación de grandes reformas –de hecho, en la mayoría de los países sólo se adoptaron políticas tímidas y a medias– o de la adopción de políticas e instituciones capitalistas.

Los retrocesos de América latina durante ese período fueron resultado de políticas que, en país tras país, fijaron el valor de monedas locales al dólar estadounidense a niveles artificiales. Esto se tradujo en déficit comerciales abultados, estancamiento de las exportaciones, especulación creciente y, a la larga, en profundas crisis cambiarias que generaron desempleo, caídas en los salarios y grandes contracciones en los ingresos. En México, el desempleo más que se duplicó tras el colapso del peso en diciembre de 1994 y en Argentina la incidencia de la pobreza se disparó a 40% de los hogares tras la crisis de 2001-2002.

{mospagebreak}

Ir a inicio

El vaso, ¿medio lleno?

En este libro muestro que, al contrario de lo que argumentan los críticos de la globalización y los neopopulistas, la desigualdad de América latina no es resultado del Consenso de Washington ni de las reformas incompletas de los 90 y 2000. La desigualdad es un problema que se arrastra por siglos y que se remonta a la época colonial y al tipo de bienes producidos en la América española. Muchas de las batallas políticas –incluyendo la sucesión de golpes y contragolpes de los 30 a los 80– fueron la consecuencia de las luchas por la distribución y peleas por la tenencia de tierras.

Este libro concluye con una discusión sobre el futuro de América latina. Desde mi punto de vista es improbable que América latina experimente, en promedio, un aumento en su tasa de crecimiento económico de largo plazo. Algunos países, por supuesto, lo harán, e irán alcanzando a las naciones avanzadas. Esto, sin embargo, no será la norma; lo más probable es que la mayoría de los países de América latina se quede atrás respecto de los países asiáticos de ingresos medios, a los exportadores de commodities avanzados y a las naciones del centro y este de Europa.

La razón de esto es simple: el efecto positivo de los altos precios de los commodities se desvanecerá y, una vez más, el crecimiento económico dependerá de los aumentos de productividad, de la inversión en maquinaria e infraestructura y de la habilidad de la mano de obra. Y en estas tres áreas es altamente probable que la mayoría de las naciones latinoamericanas mantenga en el futuro las deficiencias que ha tenido en el pasado.

Lo más probable es que la mayoría de la región no tenga la voluntad política para embarcarse en las reformas necesarias para fortalecer las instituciones y generar los incentivos requeridos para fomentar la competencia y la innovación. Tampoco veo voluntad política para hacer una revolución en los tristes sistemas educativos de la región.

Curiosamente, esta falta de apetito por las reformas va más allá de los regímenes populistas de Hugo Chávez y los partidarios del Socialismo del Siglo 21. La renuencia por avanzar en la implementación de políticas e instituciones pro-productividad y pro-competencia, también es un sello de la izquierda moderada e incluso de las administraciones consideradas proglobalización como las de Álvaro Uribe en Colombia y Felipe Calderón en México.

Pero pese a esta falta de compromiso con grandes reformas económicas e institucionales, no todo se ve mal al sur del
Río Grande. Primero, y muy importante, es altamente probable que en la mayor parte de la región se consoliden los gobiernos democráticos. De hecho, no me sorprendería si poco después de la publicación de este libro incluso Cuba adopte una forma de gobierno basado en elecciones libres y democráticas, y que Venezuela vuelva a tener instituciones como las que una vez tuvo, y que fueron admiradas en el mundo entero.

Más aún, en la mayoría de los países ha habido importantes avances en la gestión macroeconómica: la tolerancia hacia la inflación ha declinado drásticamente, la política fiscal se ha hecho más prudente, los desequilibrios externos han disminuido, se han adoptado técnicas modernas de metas de inflación, y muy pocos países fijan hoy el valor de sus monedas a niveles artificialmente elevados. En los años venideros, es probable que menos países latinoamericanos vivan el tipo de crisis cambiarias catastróficas que afectaron a la región en el pasado, como la crisis mexicana de 1994-1995 y la crisis argentina de 2004-2005. El futuro de América latina parece ser de “menos crisis y expansión modesta”.

 

{mospagebreak}

Ir a inicio

Puntos de comparación

En este libro, América latina se define como aquellos países que fueron colonizados por España y Portugal. Esto me
permite circunscribir el análisis a países que tienen un cierto grado de homogeneidad cultural y que, en cierto momento del tiempo, tuvieron instituciones muy parecidas o incluso idénticas. Un aspecto esencial del trabajo comparativo es determinar los referentes respecto de los cuales se evaluarán las instituciones y el desempeño
en los países bajo estudio. Un referente natural es el mismo país, o grupo de países, en años anteriores; vale decir, usar la historia como punto de referencia. Pero mirar la historia de la propia región no es suficiente; una evaluación completa y exigente requiere definir otras naciones con las que compararnos.

En este libro establezco cuatro grandes grupos de comparación:

• La totalidad de los países del Asia Emergente. Este es un grupo muy heterogéneo que incluye naciones muy
pobres, como Bangladesh y Pakistán, además de otras bastante acaudaladas, como Corea del Sur. Es, precisamente,
debido a esta heterogeneidad que este es el menos “exigente” de los cuatro grupos de comparación usados en este libro.

• Los países conocidos como los Tigres Asiáticos: Corea del Sur, Malasia, Tailandia, Singapur, Indonesia y Hong Kong. Estos países del sudeste asiático crecieron a tasas muy rápidas durante los 80 y el primer semestre de los 90. En 1997-1998, la mayoría atravesó profundas crisis cambiarias que derivaron en grandes devaluaciones de sus monedas y caídas en el producto. En los últimos años se han recuperado y vuelto a la senda del crecimiento, pero su desempeño no ha sido tan estelar como en el pasado.

• Un grupo de tres naciones del sur de Europa: Grecia, Portugal y España. Estos países ingresaron a la Unión Europea
en los 80, en momentos en que sus ingresos per cápita no eran especialmente elevados. Los políticos en muchos países latinoamericanos han argumentado que la meta de la región debería ser alcanzar el nivel de desarrollo de estos países en un período de tiempo “razonable”. El hecho de que España y Portugal hayan sido los poderes coloniales en América latina hace de este un grupo de comparación atractivo desde puntos de vista históricos y culturales.

• Un grupo de tres países exportadores de commodities avanzados: Australia, Canadá y Nueva Zelanda. Estas naciones son especialmente relevantes como referentes para evaluar las aspiraciones de América Latina en términos de fortaleza institucional, estándares de vida y calidad de políticas. La razón es que estos países no son grandes en términos de tamaño de población y, como los países latinoamericanos, son ricos en recursos naturales.

Por supuesto, uno podría elegir otros referentes o grupos de comparación. Por ejemplo, ¿y si añadimos Irlanda a los países del sur de Europa? ¿O agregar Finlandia y Suecia a las naciones exportadoras de commodities? Al final de la ruta, cualquier referente o grupo de comparación será arbitrario, pero al enfocarnos en los cuatro grupos descritos arriba, puedo lograr una perspectiva amplia respecto de cómo lo han hecho los países latinoamericanos en los últimos años y lo lejos (o cerca) que están del sitio al que aspiran llegar.

El usar estos cuatro grupos de comparación como puntos de referencia es útil. Y el resultado que emerge de este ejercicio s tan contundente como devastador: la pobreza de las políticas públicas e instituciones de la mayoría de los países de la región queda al desnudo en toda su enorme magnitud.

 

{mospagebreak}

Ir a inicio

Un marco conceptual

Por último, una palabra sobre el marco conceptual usado en este libro. La mayor parte del análisis descansa en ideas de la nueva teoría del crecimiento económico, desarrollada por Paul Romer, de la Universidad de Stanford, y el ganador del Premio Nobel Robert E. Lucas, de la Universidad de Chicago, entre otros. Esta aproximación enfatiza el rol de la innovación, la eficiencia y el crecimiento de la productividad, y le da un papel central a lo que el economista austríaco Joseph Schumpeter llamó “destrucción creativa”.

Durante los últimos años muchos académicos han intentado dilucidar por qué algunos países han tenido, durante periodos largos, un mayor crecimiento de la productividad que otros. La mayoría de las explicaciones se han centrado en dos factores: las variables institucionales –incluyendo el imperio de la ley, el grado de protección legal de los derechos de propiedad, la independencia del poder judicial, y la capacidad de mantener controlada la corrupción–, y las políticas económicas que incentivan la competencia y la innovación, incluyendo el grado de apertura al comercio internacional, el grado de la regulación, el control de los monopolios y la facilidad para hacer negocios.

En una serie de trabajos muy influyentes, el profesor del MIT Daron Acemoglu argumentó que una sociedad donde los derechos de propiedad están protegidos para la población en general, destinará más tiempo y esfuerzo a la innovación y a la acumulación de capital. Dentro de este marco conceptual, es importante que los derechos de propiedad estén protegidos para todos los ciudadanos, y no sólo para la elite. En ese sentido, un mayor grado de democracia tiende a incentivar la eficiencia y el crecimiento de la productividad. En la misma vena, una sociedad con un sistema judicial independiente y eficiente podrá resolver con efectividad las disputas entre partes, sin afectar negativamente el proceso innovador.

La importancia de derechos de propiedad claramente establecidos ha sido enfatizada repetidamente por el economista
peruano Hernando de Soto. En sus libros El Otro Camino y El Misterio del Capital, de Soto argumenta que la falta de derechos de propiedad es especialmente costosa para los pobres. Como con frecuencia carecen de los documentos legales que prueben la propiedad de sus viviendas, no pueden utilizarlas como garantía para conseguir pequeños préstamos. Esto, a su vez, priva a los pobres de la posibilidad de convertirse en emprendedores y salir por sí mismos de la pobreza. De Soto calcula que el “capital muerto” o activos que no se pueden usar como garantía debido a la falta de derechos de propiedad es de hasta 9,5 trillones de dólares en todo el mundo.

En un libro reciente, los economistas William J. Baumol, Robert E. Litan y Carl J. Scharma, han desarrollado las ideas de Joseph Schumpeter e identificaron cuatro condiciones fundamentales para que el capitalismo innovador tenga éxito. Todas se relacionan con la fortaleza de las instituciones así como con la calidad de las políticas de competencia: primero, debería ser fácil crear una empresa formal. Esto significa que registrar un nuevo negocio debería ser una tarea simple, el papeleo y la burocracia deberían ser mínimos y debería ser fácil contratar trabajadores y despedirlos si es necesario. Los procedimientos de quiebra también deberían ser sencillos y debería haber acceso al crédito.

Segundo, los innovadores exitosos deberían poder cosechar los frutos de sus esfuerzos. Esto requiere que exista respeto por la ley –lo que los sajones llaman rule of law–, protección a los derechos de propiedad y cumplimiento de los contratos. El poder judicial debe ser independiente, honesto y eficiente, y debe resolver conflictos rápidamente y en forma justa. Esto también requiere tasas impositivas moderadas y un marco regulatorio que fomente la competencia y que no la ahogue, como ocurre con frecuencia.

Tercero, las actividades improductivas –incluyendo el lobby para obtener tratamientos especiales y exenciones tributarias– deben desalentarse, igual que actividades criminales como extorsión y sobornos. Y cuarto, las políticas económicas deben proporcionar los incentivos para que firmas e individuos innoven de modo continuo. No es suficiente adoptar innovaciones que mejoren la productividad muy de vez en cuando. Esto significa que la inversión extranjera debe ser bienvenida, el comercio muy abierto y el sistema educacional, en todo nivel, debe ser de alta calidad.