Abogado constitucionalista

A muchos analistas les atrae la idea de buscar puntos de inflexión: hechos concretos, golpes de timón o giros bruscos que producen más o menos conmoción, pero que tienen como consecuencia un cambio de dirección. La opinión pública no es inmune a estos cambios, y aunque su inercia la hace moverse con menos agilidad existe la posibilidad cierta de percibir cuando, acumuladas suficiente energía y masa crítica, la placa tectónica social modifica o reacomoda su posición. La reciente encuesta CEP entregó resultados que no dejaron a nadie indiferente, y que podrían dar cuenta de este decantamiento.

En el tema institucional, el cambio constitucional aparece en el penúltimo lugar de las 17 preferencias, con un 2% respecto de cuáles debieran ser los problemas a los que debería dedicar el mayor esfuerzo en solucionar el Gobierno, lo que se suma a las recientes declaraciones de la Primer Mandataria en cuanto a que la asamblea constituyente no sería la fórmula elegida para llevar adelante este punto de la agenda.

Con todo, esto no obsta a que el debate constitucional prosiga con fuerza el próximo año, ante la necesidad de perfeccionar aspectos específicos de la Carta Fundamental: destacan algunas propuestas creativas y razonables, como las que ha lanzado Jorge Correa en relación al Tribunal Constitucional, con una visión menos maximalista de la Constitución y donde, por lo tanto, los grandes acuerdos puedan ser más asequibles, lo que se enfila derechamente con la idea de paz social.

Un segundo aspecto interesante se refiere al modo de cómo los chilenos quieren que se haga el proceso político, más allá de sus legítimas tendencias o posiciones. Acá, un significativo 63% prefiere que se trate de llegar a acuerdos entre las coaliciones políticas antes de la votación en el Congreso, y donde sólo un 16% preferiría que se impusiera el programa de gobierno sin consideración de la minoría en el Congreso. Esto da cuenta de cierta maduración política, en cuanto se comprende que el juego democrático no sólo consiste en que la mayoría gane sino que, sin renunciar a sus fines, sea capaz de pragmatismo en los medios. Hay un rechazo consistente al desacuerdo y a la polarización, valorando nuevamente la paz social.

Quizás uno de los resultados más sorpresivos, se refiere a la forma en que debieran gastarse los recursos que se generen por la reforma tributaria: la respuesta por una mejor salud fue abrumadora (56%) y más que duplicó a la que supuestamente era el objetivo de la misma (educación con un 22%), evidencia de que las entusiastas –y en ocasiones violentas– marchas no representan necesariamente a la gran mayoría silenciosa, que tiene sus prioridades muy por sobre las demandas estudiantiles. También en educación, un –52% vs. un 37%– está de acuerdo con que los padres puedan complementar el subsidio educacional que otorga el Estado a través de un copago.

Pero, probablemente, la respuesta más contra intuitiva –dado el discurso desplegado en los últimos años– es la que dice que el 64% prefiere que el Estado financie tanto a las escuelas municipales como a particulares subvencionados, y que el 49% –vs. el 42%– no tiene problema con que exista el lucro en la educación particular subvencionada,  siempre y cuando tengan un nivel educacional bueno y los padres estén informados.

En lo laboral, el 61% prefiere la sindicalización voluntaria vs. 32% la obligatoria y aún mayor proporción prefiere que todos pueden negociar colectivamente y no sólo los sindicatos (64% vs. 24%), y donde el 74% comparte que empresas y trabajadores puedan voluntariamente pactar jornadas laborales más flexibles y también parciales, teniendo en consideración las necesidades de ambos.

En suma, resulta difícil afirmar si esto constituye un cambio –o un retorno– del famoso péndulo de la opinión pública, pero claramente manifiesta un freno respecto de la dirección en que avanzaba. La baja convocatoria a las nuevas protestas, o el rechazo masivo y transversal a los graves actos de violencia reciente –el terrorismo siempre requiere un mínimo entorno de complicidad– podría dar un giro inesperado, en cuanto a que el descontento no se combate necesariamente con más descontento. Tal como en la vida de las personas, ciertos hechos, como la muerte de un cercano, hacen realinear nuestras prioridades, para bien. Pareciera que la consigna de “la gente está cansada de…” ya no encuentra eco en la lógica de la radicalidad y la furia, sino curiosamente en el acuerdo y la moderación. ¿Será que nos pasamos de rosca? Quizás la sociedad chilena ya quiera reencontrarse con su equilibrio. •••