• 7 octubre, 2011



Chile vive una hora crucial: hay que asumir riesgos y salir de la “zona de confort”. Nuestra productividad como país y nuestro nivel de desarrollo dependen de ello.


La estrategia con la cual las empresas buscan maximizar ganancias –a cualquier costo– y rentabilizar exclusivamente la inversión de los accionistas se agotó. Actualmente dicha función es mucho más compleja y depende de cosas menos tangibles y de ciudadanos cada vez más informados. La percepción de la ciudadanía y de gran parte del empresariado (que por alguna razón no lo dice públicamente) no “comulga” con la idea de que la teoría del chorreo va a solucionar las cosas.

Cambiaron el paradigma y la forma de ver las cosas. Hoy existe un nuevo escenario empresarial, lleno de preguntas y ambigüedades y con pocas certezas. En este sentido, la co-construcción de un nuevo modelo se debe hacer entre la sociedad civil, el gobierno y las empresas. Dicho lo anterior, se hace relevante comprender el nuevo entorno en el cual operan las empresas. Aquí existen algunos consensos entre los cuales se destacan cuatro.

Primero: no da lo mismo quién gobierne. Es el gobierno el que fija las reglas en las cuales operan los mercados. Y en sistemas presidencialistas, el presidente en general tiene mucho poder para fijarlas de acuerdo a su criterio de bien común (acuérdese de Barrancones o pregúnteles a empresarios en Venezuela).
Segundo: necesitamos más competencia. La productividad en nuestro país ha estado, al menos, estancada (incluso las cifras de productividad total de factores muestran un descenso). Esto sucede porque tenemos empresas que no tienen incentivos para innovar y buscar maneras de incrementarla. ¿Para qué hacer cambios si con lo que existe hoy día tengo una rentabilidad de más del 20% en sectores en donde además tengo capturado al Estado?

Tercero: los clientes y trabajadores, que además son ciudadanos (muchas veces se olvida esto último), están demandando más transparencia, mejores prácticas, negocios sustentables –desde la perspectiva social, económica y medioambiental– y un fuerte compromiso con el entorno en que se hacen los negocios.
Cuarto: las empresas admiten que el modelo de negocio implica ser parte de algo más grande que la propia compañía o industria. Un sistema que tiene conexiones pero que por alguna razón no se ha conectado del todo.

Muchos empresarios reconocen la importancia que tiene la empresa, no sólo como generadora de utilidades y de empleo sino como una organización que es parte de un sistema. No basta con el gobierno, no basta con marchas en Santiago, Calama y Magallanes. Pareciera entonces que en este nuevo modelo la responsabilidad de la empresa ya no es sólo económica y sócial, sino también política. Grandes personalidades del mundo de los negocios como Soros y Buffet lo han reconocido.

En Chile muchos empresarios, en especial los que ejercen liderazgos intermedios –los que no salen en los diarios y que a su vez son capaces de movilizar hacia arriba y hacia abajo en su organización– también están preocupados. Y no de perder el trabajo ni de cómo acomodarse, sino de todo lo contrario: de buscar espacios de transformación, de liderar cambios, de influir, y, sobre todo, de empezar a hacer las cosas mejor de lo que se han hecho hasta ahora.

Tenemos que encontrar el ambiente para que esto ocurra, porque definitivamente hay muchos dispuestos a asumir riesgos y salir de la tradicional “zona de confort”. Nuestra productividad como país y nuestro nivel de desarrollo dependen de ello. ¿Cómo se hace? Es la interrogante que tenemos que ir resolviendo como nación. En el corto plazo tenemos que estar dispuestos a generar instancias de cooperación y confianza en las que exista beneficio mutuo pero, sobre todo, la disposición de asumir también las pérdidas en conjunto.