Cuatro décadas después de Calles Peligrosas, la incendiaria dupla todavía ilumina la pantalla en The Irishman.
Por Nigel Andrews, crítico de cine del Financial Times.

  • 7 noviembre, 2019

Cómo se le puede llamar a un cuarteto de películas sobre violencia de pandillas, realizado por el mismo director con el mismo actor estrella, con un éxito de taquilla único, rico e incalculable para nuestros tiempos? ¿Una maldita obra maestra? ¿El ciclo de Wring (el estrangulamiento es una característica habitual)?

Martin Scorsese y Robert De Niro son responsables de muchas películas. Pero hay algo profundamente especial en sus dramas de gánsteres. Este canon ahora abarca casi medio siglo, desde Calles peligrosas (1973) hasta The Irishman (2019), con Buenos muchachos (1990) y Casino (1995) completando la tetralogía. (También hay que otorgarle crédito a Nicholas Pileggi, autor original y coguionista de esas películas intermedias, cuya experiencia con la mafia seguramente aportó a su autenticidad).

No nos atrevamos a esperar una quinta obra maestra de la mafia, considerando que la edad sumada de De Niro y Scorsese es ahora de 152 años. Pero tampoco esperábamos The Irishman. La película, que pronto llegará a todas partes del planeta, no muestra ninguna mengua respecto de su manufactura, pasión o energía dramática.

Pasión. En esencia eso son estos desfiles dinásticos-fraternos-letanísticos del bien y el mal. El amor y el odio, el compañerismo y el delito grave: la pasión juega. La música de Casino comienza y culmina con la Pasión de San Mateo de Bach. La Pasión de Peter Gabriel se hace presente en The Irishman. Y Calles de Santa e Chiara en Calles peligrosas. ¿Por qué parto por la música? Porque de eso se trata este cine: música incluso cuando no hay música. En medio de los baños de sangre, que abundan en el canon de gánsteres de Scorsese y De Niro, es imposible olvidar que Scorsese es, ante todo, católico, con todo el conocimiento en temas de martirio y expiación de sangre que eso conlleva, y, en segundo lugar, un artista impregnado de estética musical.

Su cámara rara vez está quieta: se mueve en una combinación de significados. Es cosa de mirar las virtuosas tomas de seguimientos que hacen una verdadera pista de baile para sus personajes, a través de calles o cocinas, por casinos iluminados o pasillos de hoteles. O sus secuencias de edición: esos pasajes que combinan la narrativa con el sonido de los favoritos de los rankings que evocan con precisión un lugar, un tiempo, un estado de ánimo: del pop al rock, y de ahí a clásicos que ocupan un espacio divino. El montaje puede llenarse, simultánea y competitivamente, con la narración de voz en off. Pero ese otro idioma de Scorsese está hecho con tal ritmo y estilo, que puede también llamarse música. (Basta con enumerar los malos thrillers de otros directores que se han ahogado en el uso de la voz en off).

Podríamos agregar Los infiltrados y Pandillas de Nueva York a la colección de filmes de gánsteres. Pero no tienen a De Niro, y esa es la diferencia. El equipo de “Bob y Marty” enciende otro fuego en la pantalla. DiCaprio, Damon y Day-Lewis son buenos elementos, pero De Niro comienza sus papeles con una intensidad crepitante, luego la mantiene, sin quemarse nunca.

Es una ironía que siempre me haya encantado que en su primera película de Scorsese, Calles peligrosas, De Niro interpretara al joven personaje de “Johnny Boy” bajo el carácter volátil de la nitroglicerina; el demonio que responde con violencia a cada provocación, mientras que Keitel representa la agonía del capo que arde suavemente. Keitel interpreta una versión más joven del papel que su coprotagonista hizo suyo en Buenos muchachos, Casino y The Irishman. De Niro entendió, ya sea por inteligencia o por instinto, que un protagonista estable era más interesante, más multivalente y más “peligroso” en su amenaza incendiaria retenida, que siendo un delincuente explosivo.

¿Cuál es el corazón de este paquete de películas? El amor trastornado; lo que le sucede al amor cuando está frustrado o corrompido. Todos quieren amar a alguien. Ese es el núcleo y la esencia del mundo italiano-estadounidense de Scorsese. Pero el amor aquí se sitúa en el límite de la cordura. Cuando se vuelve loco, se vuelve fanático, partidista y obsesionado con la lealtad, y ahí nace la mafia. (No solo la mafia. La Murphia en The Irishman y Kosher Nostra en Casino). Como no se puede amar a todos; aquellos a los que no se puede amar, son depositarios del odio.

La confianza es el credo y el criterio principal. Cuatro veces consecutivas, superando en número a las negaciones de San Pedro, De Niro le pregunta a Sharon Stone en Casino: “¿Puedo confiar en ti?”. No puede. Y cuando sale el amor, entra el odio. En estas historias eso incluye amor, ya que el tributo final que los famigliari rinden a sus enemigos, es abrazarlos hasta la muerte. Muchas veces, la mortalidad se entrega con un abrazo. Cuando Joe Pesci mata al personaje de “Anna Scott” en Casino, acuna su cabeza sangrante mientras cae en la inercia. Parece querer que la sangre purifique el suelo.

Es un mundo de hombres donde apenas se profundiza en los personajes femeninos mujeres; son esposas o novias o madres. La única excepción es papel de Stone en Casino, que debe ser la mejor parte escrita para una mujer en una película de gánsteres. Es el rumbo de una vida concentrada en una aceleración de partículas a través de un matrimonio trágico. Scorsese retrata el legado del amor deforme. Del amor deshecho por el dinero, el asesinato y la búsqueda del poder. Del amor deshecho porque busca expresarse, e incluso sostenerse, a través del dinero y la búsqueda insaciable del poder.

El mundo gánster de Scorsese no es solo castigador y catártico. También es divertido: divertido y terrible. La gran escena seria-chistosa  es el hostigamiento de Pesci a Ray Liotta en Buenos Muchachos. “¿Crees que soy gracioso?”, pregunta y la tensión llega al límite; vértigo y pensar que va a morir. Entonces, con un pinchazo revienta el globo: está bromeando. Casi todos los personajes de estas películas son unos desgraciados. Pero son unos imbéciles tan grandiosos o estruendosos, tan complejos o problemáticos, que el logro llega a ser shakesperiano.

Todavía no puedo creer que hace cuatro décadas fui a cenar con una pareja estadounidense que dirigía una cadena de cines en Londres y cuyo otro invitado era un cineasta italiano-estadounidense voluble, de baja estatura y treinta y tantos años. Apenas era conocido. Esto debe haber sido en 1973, tal vez 1974. Tenía algo de asma, pero se mantuvo inhalando un cigarro y hablaba muy rápido. Entonces pensé que se quemaría a los 40 años. Nos contaba sobre una película que estaba planeando con un actor joven, también apenas conocido, en la que un taxista psicótico deambula por Nueva York buscando hacer valer sus derechos.

Ese fue mi primer encuentro con Martin Scorsese. Él todavía está aquí y también De Niro. Y Taxi Driver permanece como un insuperable para una gran saga de gánsteres en pantalla. Lo que demuestra que el mundo es tan impredecible, emocionante y milagrosamente inadaptado como estos dos hombres se han propuesto mostrar en sus películas. A veces ese mundo simplemente tiene suerte. Y todos nos beneficiamos. Especialmente si nos gusta ir al cine.

The Irishman se estrenó de manera limitada en Estados Unidos. Ahora, se estrenará en el Reino Unido el 8 de noviembre y se transmitirá en Netflix a partir del 27 de noviembre.