• 2 agosto, 2018

Uno de los fiascos literarios de este año pertenece al escritor Michel Houellebecq y se titula En presencia de Schopenhauer. Quien lo lea se dará cuenta de que es un pequeño fraude, ya que no es más que el esbozo de un texto no escrito. Houellebecq no se la pudo con el filósofo que determinó su vida. Se quedó en las anotaciones y citas; en vez de guardarlas hasta madurar el proyecto, las entregó para su publicación. No fue capaz de esperar su momento para escribir sobre Schopenhauer. Este fracaso literario, sin embargo, permite distinguir con meridiana claridad, que la visión de la realidad, mordaz y descreída, de Houellebecq proviene de la influencia que ejercieron en él las ideas de Arthur Schopenhauer. Lo otro que este libro malogrado revela y, quizá explica la premura por publicarlo, es la presunción de que el pesimismo es el antídoto perfecto contra la corrección política. Las palabras de Schopenhauer serían un ácido preciso para disolver las premisas sobre el bien y el mal. Esta conjetura ronda en otros escritores actuales, a los que quiso adelantarse Houellebecq. 

No es el primero en manifestar su deuda intelectual con Schopenhauer. Borges contaba que aprendió alemán solo para leer al filósofo en su propia lengua. Y Nietzsche expresó su admiración en El crepúsculo de los ídolos, donde lo ubicó junto a Goethe y Hegel. Similar veneración sentían Sigmund Freud, Thomas Mann y Samuel Beckett. En rigor, los intelectuales marcados por la sospecha ven en Schopenhauer un ejemplo de inteligencia inquisitiva y de prosa irónica y exacta. Más que convencer al lector, lo seduce con su carácter feroz y delicado, su humor singular.

Si uno se salta a sus intérpretes y va directo a los volúmenes de Schopenhauer, lo que se encuentra es un autor que tiene una obra central para la historia de la filosofía llamada El mundo como voluntad y representación y, además, cuenta con un conjunto de escritos de variada extensión. El volumen que reúne escritos, máximas, parábolas y comparaciones dispersas tiene el impronunciable nombre de Parerga y paralipómena. Son más de mil páginas en las que Schopenhauer se entrega a especular sobre temas variados, tales como los fantasmas, las mujeres, la música, el lenguaje, las pasiones y el arte de vivir. 

Schopenhauer es un pensador contundente, un ensayista fino y sagaz. No esconde sus gustos y fobias; al contrario, las investiga. Hizo de su misantropía una insignia. Su curiosidad era enciclopédica. Su fascinación por las culturas orientales, por los animales y la oscuridad que nos habita, hace que sintonice con estos tiempos. Creía en el nirvana y leía a los clásicos para buscar un tono a su angustia. Sabía que lo nuevo no existía, pero le gustaba lo auténtico; sobre todo, quería hacer explícito el peso de las contrariedades, la imposibilidad de habitar la realidad satisfechos. La felicidad fue su gran asunto. La consideraba un breve espacio en medio del dolor: “Qué difícil resulta llevar algo a término o imponerlo; a todos los propósitos se enfrentan dificultades y fatigas que nunca acaban. Y cuando por fin hemos superado todas estas cosas, propiamente no hemos avanzado, sino que a lo sumo hemos permanecido en el mismo lugar: pues toda felicidad es negativa por naturaleza, no positiva. Todo logro es siempre tan solo el rechazo de una penuria, la liberación de una carga”.

Es inútil ocupar los conceptos de Schopenhauer para combatir la idiotez ambiental. Houellebecq no fue capaz de abordar su filosofía, aunque ponerlo en circulación es un efecto involuntario que hay que destacar. Los prejuicios y la tontera no se destruyen con opiniones de mayor poder y densidad. Cuando reina la barbarie hay que sortearla con lo único genuino: el cuerpo, que implica la conciencia de la muerte. Esa es nuestra mayor defensa ante las intenciones ajenas. Schopenhauer lo dice en forma reiterada y diversa.

Por otra parte, las guerras intelectuales se ganan con erotismo más que con razones. Inspirando y creando tendencias se doblega al enemigo. Las afinidades que surgen con Schopenhauer justamente radican en sus preocupaciones por la belleza y las consecuencias del placer. Leerlo ayuda a recordar la nimiedad de la existencia y el valor irreductible del deseo.