Familia que trabaja unida, ¿permanece unida? Muchas veces hemos escuchado que trabajar con los hermanos o los padres puede llevarnos directo a la guerra: que no hay que mezclar la familia con los negocios, porque las pasiones afloran por todos lados. Pero hay varios clanes que están lejos de seguir esa regla y han montado exitosos emprendimientos. Buscamos algunos ejemplares y los retratamos para ver cómo funciona cuando familia y trabajo van por el mismo carril. Por Sophia Schneider.

  • 4 noviembre, 2010

 

Familia que trabaja unida, ¿permanece unida? Muchas veces hemos escuchado que trabajar con los hermanos o los padres puede llevarnos directo a la guerra: que no hay que mezclar la familia con los negocios, porque las pasiones afloran por todos lados. Pero hay varios clanes que están lejos de seguir esa regla y han montado exitosos emprendimientos. Buscamos algunos ejemplares y los retratamos para ver cómo funciona cuando familia y trabajo van por el mismo carril. Por Sophia Schneider.

 

Supermecados Diez
Alimentando el alma

"No podemos vivir sólo de la parte material, sino que tenemos que ser capaces de alimentar el alma con cosas buenas. Nos interesa hacer las cosas bien, con cariño, con amor”. Este planteamiento formulado por Manuel Diez, el dueño de Supermercado Diez, es la base fundamental para dirigir su negocio.

Su historia se remonta a 1960 cuando, desde un pequeño pueblo español llamado Ortigosa de Cameros, armó sus maletas y partió junto a sus padres y hermano en búsqueda de oportunidades en Sudamérica. Y, para suerte de muchos, aterrizó en Santiago de Chile.

Después de siete años como residente de nuestro país, decidió aventurarse y llevar a cabo el proyecto de la venta de abarrotes y productos de botillería. Así, en 1967 se instaló con su primer local en la calle Los Conquistadores.

Ya en 1972 decidió dar un giro a su empresa. Optó únicamente por el rubro de los vinos y licores y olvidar el tema de los abarrotes. Fue con ese tipo de productos, junto a la idea de ofrecer a sus clientes promociones por compras al por mayor, que se hizo un nombre como empresario.

Con el paso del tiempo, se fueron incorporando a la administración Javier, Anita y Manuel, tres de sus cuatro hijos. Con ellos ha modernizado su negocio, ha hecho crecer sus otros dos locales en Luis Carrera y en La Dehesa, ha desarrollado labores de marketing y comunicaciones, página web y catálogos. Según Manuel lo que más le impresiona de su progenitor es la relación de paternidad que tiene con la gente que trabaja con ellos. “Este ejemplo que nos entrega mi papá nos hace enfocar no sólo los negocios, sino que la vida, de una manera distinta. Para mí, trabajar con él es tener un profesor todos los días que te ayuda a enfocar tu vida de una manera más bonita”.

Para ellos la clave para que un negocio se mantenga 43 años es entender que lo más importante que tiene una empresa son las personas que trabajan en ella.

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Casa Pichara
Para ser bellas…

La belleza es lo suyo. Gracias a ella es que Casa Pichara ha logrado prosperar en el tiempo, convirtiéndose en la empresa más sólida en importación directa, distribución, y venta de artículos de peluquería, en cada una de las regiones del país. Pero de la mano del éxito viene una historia de sacrificio y esfuerzo. En 1966 Abraham Pichara quiso tener un negocio propio y con el apoyo de su padre, el palestino oriundo de Beit Jala Farah Pichara, inauguró la primera gran tienda de artículos de moda y belleza en Chile.

A pesar de que los primeros pasos de Abraham fueron junto a su padre, para el dueño, fundador y gerente general de Pichara Group trabajar con su señora y cuatro hijas ha sido clave para potenciar la firma. “Somos una empresa familiar que se mueve en lo cotidiano, pero tiene un ritmo de negocios transnacional”. Es por esto, asegura el líder del clan, que su mirada comercial conjunta ha ayudado a instalar un modelo de gestión que apunta a diferenciarse de su competencia en dos áreas: ofrecer productos de elite y contribuir al desarrollo de la peluquería nacional a través de la formación.

A esta familia no le basta con comercializar, sino que desde los años 80 se dedica a entregar un servicio de formación que entregue a los peluqueros las herramientas necesarias para profesionalizarse. Para eso, cuentan con tres centros de capacitación ubicados en Santiago y Viña del Mar. Esta apuesta tiene como fin seguir colaborando con el desarrollo de la peluquería nacional y, de esta manera, seguir generando acciones comerciales y humanas que hoy llevan a la familia Pichara a ser experta en el mercado de productos de belleza en Chile.

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Lo Saldes
Visión de vida

Lino Méndez es el principal actor de esta historia. Fue él quien se aventuró y decidió dejar atrás una España sumida en la pobreza después de la guerra civil. Luego de vivir algún tiempo en Buenos Aires, se trasladó a Chile para instalar, junto a algunos de sus hermanos, un pequeño puesto de pan en la zona de Gamero, cerca de Independencia.

Fue siempre un visionario y así quedó de manifiesto cuando en 1974 – después de disolver la antigua sociedad con sus hermanos–, compró el derecho de llaves de una panadería situada en la esquina de Kennedy y Las Tranqueras. A pesar de que no había allí mucho más que potreros, estaba seguro de que de la ciudad iba a crecer hacia arriba. Corrió el riesgo, y sin dudar instaló en medio de un lugar rodeado de tierra y pastizales el primer local de panadería llamado Lo Saldes.

Hoy, la firma no sólo se ha expandido y actualmente cuenta con siete tiendas en Santiago, sino que la familia ha sido capaz de trabajar unida en algo que con él partió de cero.

Sebastián Méndez, nieto de Lino, cree que lo más rescatable que le entregó su abuelo en conjunto con su padre, Carlos, es permitir que las nuevas generaciones participaran de la empresa. Según Sebastián, la sucesión no es un tema dentro de la familia Méndez, ya que “gracias a que los roles de cada miembro fueron definidos desde un principio, la estabilidad dentro de Lo Saldes se ha dado de forma natural”.

– ¿Es muy difícil trabajar en familia?

“Desde mi punto de vista, las empresas familiares cargan con un estigma que es poco real o que muchas veces no es un problema de la empresa familiar en sí. Creo que las sociedades de este tipo tienen una serie de ventajas que otro negocio nunca va a tener”, asegura Sebastián. Y si algo queda claro, es que el clan Méndez es afiatado. Juntos han podido potenciar Lo Saldes y darlo a conocer como sinónimo de calidad. Algo que quizás don Lino, a pesar de su mirada futurista, nunca llegó a imaginar.

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El Naturista
Perdurando en el tiempo

Quién se iba a imaginar que en la década de los años 20 ya iba a existiría en Chile el concepto de comida sana. Probablemente, nadie. Pero es ahí donde nos equivocamos: ya contábamos con un precursor, un hombre que le dio el palo al gato y no pecó de loco sino que de original.

Fue así como Ismael Valdés, hijo de Ismael Valdés Vergara, se atrevió a innovar y a adelantarse a sus tiempos instalando el primer restaurante vegetariano de la capital. Y a pesar de ser un negocio raro para la época, logró despegar y mantenerse hasta el día de hoy.

Con la idea de que se conservara como un negocio familiar, Ismael Valdés dejó el negocio a Virginia, la menor de sus tres hijas, a la que actualmente ayudan dos de sus hijos en la administración: José y Catalina Errázuriz Valdés.

Según José, llegar a manejar un restaurante nunca es algo fácil. Cuenta que para llegar a la gerencia hay que cumplir con uno de los principios fundamentales dejados por su abuelo: pasar por todas las funciones y trabajar en todos los puestos, para obtener un conocimiento global del negocio. Asegura que esto ha ayudado a que se respete (a pesar de ser familiar) la cadena de autoridad existente al interior de El Naturista.

Un punto que están trabajando ya es qué pasará con la sucesión. Por lo mismo, se han dedicado a delegar paulatinamente los cargos y las funciones de dirección y operación del negocio a los miembros más jóvenes de la familia. Todo, con el fin de que El Naturista perdure en el tiempo de manera profesional.

El local, que en un principio funcionó como verdulería, almacén y restaurante, fue creciendo y pasó de tener una sola sede en la calle Ahumada a contar hoy con sucursales en Moneda, Huérfanos y Rosario Norte. Así, a través de la venta de jugos naturales, guisos, helados, repostería y postres, el pequeño experimento que vio la luz en 1927 se ha convertido en una autoridad al hablar de comida natural.