¿Un nuevo Shyamalan? Prefiera al antiguo. POR CHRISTIAN RAMIREZ

  • 27 junio, 2008

 

¿Un nuevo Shyamalan? Prefiera al antiguo. POR CHRISTIAN RAMIREZ.

Lo comentó alguien en un artículo del New York Times: lo peor que le pudo haber pasado a M. Night Shyamalan fue meterse en el negocio de “las vueltas de tuerca”. El tipo que impresionó a medio mundo en Sexto sentido, repitió la gracia con El protegido, pero el truco funcionó a medias en La aldea y ya estaba viejo para La dama en el agua. Ahora, siendo francos, decir eso es también simplificar las cosas, ya que cuando se trata de inquietar a su audiencia, Shyamalan en general sabe de lo que está hablando. Pero ojo, inquietar, no asustar. Tal vez es por eso que la experiencia de mirar El fin de los tiempos –la nueva película del director– es tan frustrante: en un día cualquiera en el medioeste estadounidense, las personas (padres, hijos, amigos, transeúntes) dejan lo que están haciendo y proceden a suicidarse. El asunto tiene carácter de horrorosa epidemia y, contra su costumbre, el realizador no deja pasar la oportunidad y filma la carnicería en vez de sugerirla. El punto es que con los muertos una vez en el suelo ya no encuentra el menor propósito para ellos y se vuelven tan inútiles como piezas de utilería.

El efecto es como si Spielberg hubiera mostrado al tiburón de cuerpo entero en el primer cuarto de hora de su película. Raro. Más raro aún viniendo del mismo tipo que invocó el miedo con tanta facilidad con sólo agitar el viento contra plantaciones de maíz en Señales. ¿Qué pasó?

Incluso el propio director parece dudar de su estrategia antes de la media hora: una vez que su premisa está inyectada a presión, opta por seguir a un joven matrimonio de que deja Filadelfia por tren y acaba varado abruptamente, a mitad de camino, junto a cientos de personas. Su huída, entonces, se transforma en un buen vehículo para tratar de contar lo máximo explicando el mínimo (la especialidad de nuestro director) y el filme de terror se transforma de pronto en uno de misterio. Los viejos recursos funcionan lo bastante bien como para que el espectador se pregunte si valió la pena que le refregasen tanto cadáver en la cara al comienzo o por qué Shyamalan no ha vuelto a hacer historias de casas embrujadas, fantasmas y enigmas de lo oculto.

La respuesta es sencilla: no puede dejar de sentir que ya pasó por ahí y que, de hacerlo, el consomé sabría a conocido. ¿Y por qué no?