¿Quién es Charles Saatchi? a) El genio de la publicidad que, con 600 oficinas de Saatchi & Saatchi repartidas por el globo terráqueo, llegó a controlar la agencia más grande del mundo en los años 80. b) El responsable tras el slogan “Labour isn’t working” que en 1979 llevó al Partido Conservador, liderado por Margaret […]

  • 9 septiembre, 2013

Charles Saatchi

¿Quién es Charles Saatchi?

a) El genio de la publicidad que, con 600 oficinas de Saatchi & Saatchi repartidas por el globo terráqueo, llegó a controlar la agencia más grande del mundo en los años 80.

b) El responsable tras el slogan “Labour isn’t working” que en 1979 llevó al Partido Conservador, liderado por Margaret Thatcher, a Downing Street 10.

c) El mayor promotor que ha tenido nunca el arte contemporáneo inglés.

d) El coleccionista insaciable que, con casi 3 mil obras en su Saatchi Gallery, afirma a los cuatro vientos que lo hace “porque le gusta presumir”.

e) El mecenas que levanta las carreras de jóvenes artistas desconocidos comprándoles su producción entera, y que dona su galería de arte y 200 de sus obras al gobierno británico.

f) El comerciante de arte que en los 90 compró en US$ 20 mil Self, un molde de la cabeza del artista Marc Quinn hecho con cinco litros de su sangre congelada, para venderla 15 años después en algo más de US$ 2 millones.

g) El marido de la archifamosa chef inglesa Nigella Lawson.

h) El escritor tras títulos como: My Name is Charles Saatchi and I am an Artoholic (2009) y Be the Worst You Can Be: Life is Too Long for Patience & Virtue (2012).

i) El hombre furioso que en mayo pasado fue capaz de tomar a Nigella por el cuello y torcer su nariz varias veces en la terraza de un taquillero restaurante londinense.

j) El inglés que, a diferencia de Maurice, su hermano y ex socio en la agencia de publicidad, nunca será nombrado Sir por Isabel II.

Las alternativas podrían extenderse por horas y, por cierto, la respuesta será siempre la misma: todas las anteriores y cien más. A sus 70 años recién cumplidos, Charles Saatchi ha logrado en esta vida lo que a muchos podría tomarles unas cuantas reencarnaciones. Poder, reconocimiento, fama, millones de dólares, y cómo no, siempre mujeres hermosas y exitosas a su lado.

Por lo mismo, de él se ha dicho de todo. Desde ser el “Gordon Gekko” del arte, hasta el responsable de cambiar por completo la historia cultural contemporánea, pasando por artistas que lo califican de “influencia maligna” y “adicto a las compras”.

Todo un mix que, por lo demás, le ha dado el derecho de sumar a su inventario una larga lista de excentricidades. Jamás asiste a los lanzamientos de su propio museo –“no voy a las inauguraciones de los demás, así que extiendo esa cortesía a las mías”, ha dicho– y antes de cumplir los 67 regaló su museo al gobierno de Gran Bretaña (más bien apremiado por los impuestos y los costos de mantención) y 200 cuadros de su colección permanente. Un “regalo” que sólo se hará efectivo cuando él se “retire del arte”… y vaya a saber uno lo que eso significa.

Cada cierto tiempo parte a los almacenes Selfridges para comprar decenas de trajes, camisas blancas y zapatos negros idénticos, y así no perder un minuto pensando en qué ponerse en las mañanas. Inventó el reality show School of Saatchi para la BBC, donde jóvenes artistas eran evaluados por un jurado que él nunca integró. Y por muchos años sus fines de semana –bien montado en un Rolls Royce verde– fueron recorrer los barrios del sur y este de Londres, visitando galerías que se improvisaban en peluquerías vacías o bodegas abandonadas.

Si algo le interesa, es capaz de comprar toda la obra del artista en cuestión, disparando instantáneamente sus precios. El problema es cuando se cansa de él y, con la misma impulsividad, lo vende todo, presionando los precios al suelo. Con esta lógica apostó en los 90 por el Tiburón Flotante de Damien Hirst, el cadáver empequeñecido del padre de Ron Mueck, la sala inundada de 2.500 galones de petróleo firmada por Richard Wilson, y así una serie de artistas que alcanzaron la fama y los millones tempranamente gracias a su espaldarazo.

Tampoco ha tenido pelos en la lengua para decir a los cuatro vientos que él, un fanático de los frapuccinos de Starbucks, prefería un tazón de cereales Weetabix antes que uno de los platos de su esposa, la chef. El broche de sus “locuras” se verá en vivo y en directo en octubre próximo, cuando rompa por completo el esquema tradicional de las subastas de arte y saque a la venta 50 esculturas de gran tamaño sin precio mínimo.

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“El porqué Nigella ha querido vivir conmigo es algo que está más allá de la comprensión humana”.

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Protagonizar titulares, pese a dar escasísimas entrevistas, es el sino de su vida. Sin embargo, los más escalofriantes –más aún que muchas de las controvertidas obras que expone la Saatchi Gallery– comenzaron a publicarse a mediados de junio, cuando los medios londinenses sacaron a la luz una serie de fotografías con lo que parecía ser la romántica cita de una de las parejas más jetseteras de la capital. Ahí estaban Saatchi y Nigella Lawson, la mujer que no sólo lo cautivó a él, sino que a los miles de televidentes que no dejan pasar su programa de cocina con recetas simples y caseras, pero preparadas por una voluptuosa, sensual, curvilínea y encantadora cocinera.

Pero la cosa era muy distinta. En medio de la conversación, él la tomó por la garganta en varias ocasiones y otras tantas torció su nariz. Al rato después, Nigella, su tercera esposa, su mujer por los últimos diez años, salía del lugar destrozada. Llorando.
“Cogí a Nigella del cuello para enfatizar mi punto de vista… fue una riña juguetona”, dijo el coleccionista al día siguiente que las fotos dieran la vuelta al mundo, y tras reconocer los hechos ante la policía. Asumido el maltrato, la palabra divorcio se materializó. La primera audiencia conciliatoria duró menos de un minuto. Fue sin marcha atrás.

Nigella, dueña de su propia fortuna a raíz del imperio levantado con sus shows de televisión, no desea ahondar en el asunto. Ha dicho que no quiere ni un centavo de los 200 millones de dólares que, se estima, tiene su ex. Será el tercer divorcio de Saatchi, quien antes estuvo casado con Doris Lockhart y Kay Hartenstien, esta última madre de su única hija, Phoebe.

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-Si usted tuviera una calcomanía en su auto, ¿qué diría?

-Jesús te ama. Pero yo soy su favorito.

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Él ha contado que su gusto por el arte empezó desde pequeño. Que la primera obra que compró fue cuando recién pasaba los 16 años, y que a los 19 quedó impactado con un Jackson Pollock en el Moma de Nueva York. Pero antes del coleccionismo, la vida le tenía preparada otra cosa. Luego de trabajar para un par de agencias de publicidad, en 1970, junto a su hermano Maurice, creó Saatchi & Saatchi. Jóvenes e impetuosos, cuenta la leyenda, que para publicitar su llegada a este mundo y dar imagen de confianza, buscaron en la calle doce desconocidos de presencia respetable con los que se fotografiaron al estilo “nuestro equipo”.
Cierta o no la historia, los clientes llegaron y para 1986 –después de comprar una infinidad de agencias por todo Europa y Estados Unidos– eran la firma de publicidad más grande del planeta, cotizando en las bolsas de Londres, Nueva York y Tokyo. En el medio, claro, se gastaron más de mil millones de dólares.

Sus ganas de comprarlo todo –nada muy distinto a la relación de Charles con el arte– los llevó a sumar empresas consultoras, doce en total, y de comunicaciones. No contentos con ello, hasta hicieron una oferta para comprar, en 1987, el Midland Bank PLC, completamente en crisis.

Sus cercanos confidenciaron que todo se trataba de ego y que para los hermanos Saatchi, más importante que manejar la agencia, era ser parte de la alta sociedad británica.

Hasta que el castillo comenzó a desmoronarse. En 1989 tuvieron que vender el área de consultoría, la rentabilidad cayó, el precio de las acciones ídem y la deuda creció. Lograron seguir a la cabeza hasta 1994, cuando una “revuelta” de los accionistas minoritarios los obligó a irse de su propia empresa. En pocos meses, y con las mejores cuentas que tenían, volvieron al ruedo abriendo las puertas de M&C Saatchi.

En todo este tiempo, Charles Saatchi nunca dejó de comprar arte. En la misma época en que fundaba su agencia, compraba en Nueva York el trabajo minimalista de Sol Lewit y Robert Manglod para, al poco tiempo, sumar al realista británico David Hepher. A comienzos de los 80, Saatchi y su primera esposa compraron una fábrica de pintura de 2.800 metros cuadrados en un suburbio residencial de Londres. Cinco años después, en Boundary Road 98A, la pareja inauguró la Saatchi Gallery con todas las obras que el publicista había coleccionado hasta ese minuto y donde el minimalismo y la abstracción de artistas norteamericanos eran el plato fuerte. Andy Warhol y Roy Lichtenstein incluidos, por cierto. Saatchi dijo que su objetivo era mejorar la actitud “insalubre” de Gran Bretaña sobre el arte contemporáneo.

Sus gustos empezaron a mutar iniciados los 90, cuando sus “objetos de caza” fueron los “Young British Artist”. Con ellos rompió por completo los esquemas del coleccionismo, el galerismo y el mecenazgo imperantes. Fue aquí cuando entraron los tiburones embalsamados y los autoretratos de sangre congelada. Pero el momento en que Charles Saatchi se ganó un espacio de verdad en el mundo del arte fue en 1997, cuando parte de su colección fue exhibida en la Real Academia bajo el nombre Sensation. Su recorrido por el mundo fue un hito de titulares, alabanzas y críticas despiadadas de espectadores escandalizados. Todo ayudó para que Charles Saatchi se transformara en el creador del hoy llamado Brit Art, título que actualmente nadie osaría arrebatarle.

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-Si tuviera que elegir cualquiera de estas carreras, cuál sería: político, profesor o contador.

-No puedo manejar las matemáticas básicas, así que posiblemente no llegaría a ser un buen contador. No sé suficientemente de nada como para ser un profesor de escuela, pero supongo que le puedo enseñar a los niños del kindergarten cómo fumar. Con limitadas habilidades, mínima inteligencia y pequeña aritmética, obviamente tengo una excelente oportunidad de ser aclamado en la política.

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¿Quién es de verdad Charles Saatchi? Complejo saber. Todas sus frases buscan, abiertamente, polemizar, hacer ruido.

¿Provocación, estrategia publicitaria, marketing o la simple y pura verdad? Quién sabe. Dos son los libros que ha escrito intentando develar el misterio: My Name is Charles Saatchi and I Am an Artoholic y Be the Worst You Can Be: Life’s Too Long for Patience & Virtue. En los dos casos, se trata de un listado de preguntas de todo orden que él responde con su peculiar estilo.

“Contra todo lo que se piensa, soy la persona menos complicada que existe. Toda mi rareza pasa por adquirir a precios elevados obras de arte que, dentro de diez años, en un 90%, probablemente no valgan nada. Podría dedicarme a comprar Matisses o Van Goghs, pero eso no es lo mío, aunque sea muy conservador para otras cosas. Mi pasatiempo favorito es jugar al Scrabble con mis amigos. En realidad, me muestro poco para que la gente no sepa lo normal y corriente que soy. Yo soy tan poca cosa. Lo más emocionante que me ha ocurrido fue un día que corrió el rumor de que me habían asesinado a balazos en Miami. Al final se supo que el muerto era Versace. Como dijo Frank Stella, refiriéndose al minimalismo: ‘Lo que ves es lo que ves’. Así soy yo”. •••