• 23 septiembre, 2011



El deporte de la pelota ovalada, que hoy celebra un nuevo mundial, posee ciertos códigos -basados en la libertad, el respeto a las normas y el aprecio por la competencia justa, entre otros- que se echan de menos en el debate nacional.


“Deporte de rotos jugados por caballeros”. Esa debe ser la más cliché y políticamente incorrecta definición de este maravilloso deporte, que vive por estos días su fiesta mundial. Otros señalan que no es un juego, sino una forma de vida (pero fanáticos del futbol, del surf, del esquí, del golf o del tenis dirán probablemente lo mismo). ¿Qué esconde entonces esta práctica que resulta tan formativa para el carácter humano? ¿Qué podemos aprender de ella, no sólo desde el punto de vista recreativo sino de la enseñanza que nos puede entregar para ser mejores personas y con ello construir un mejor país?

La respuesta es bastante sencilla: incentivos correctos. Eso que alguno desprecian porque lo encuentran “economicista” o incluso “mercantilista”. Lo cierto es que se trata simplemente de normas, de reglas que alinean bien las virtudes morales, intelectuales y físicas de los seres humanos, en un juego esencialmente libre.

Veamos. Se trata en primer lugar de un juego que no sólo demanda mucho de sus jugadores, sino también de su árbitro: resulta imposible jugar rugby sin conocer sus reglas. Son pocas, pero claras y muy definidas. Ello hace que el árbitro deba ser aún más versado en su conocimiento. Es aquí donde vemos su primera virtud: todos respetan al árbitro. ¿Por qué? Muy sencillo: si usted reclama, retrocede 10 metros en la ejecución de la infracción a favor del otro equipo. ¿Otro reclamo? Otros 10 metros. Si insiste, simplemente se va para afuera. Y sólo el capitán puede dirigirse al árbitro, claro está. El principio básico es la libertad, por eso el árbitro “deja jugar”, pero sanciona fuertemente el quiebre de las reglas. Domina a la perfección el uso de la ley de la ventaja y no interrumpe el juego con cobros inútiles que suelen perjudicar al equipo al que intenta beneficiar. Eso sí, ello le impone la responsabilidad de permanecer muy atento a cómo se desarrolla el juego, interviniendo sólo en lo estrictamente necesario.

En segundo lugar, no hay lugar para el teatro, la simulación ni la victimización. Más bien ocurre lo contrario: si un jugador da muestras de que ha sufrido un golpe grave, el equipo contrario sabrá que ese es el punto débil del rival, e intentará concentrar su ataque precisamente por ese sector: no muy bueno para el jugador simulador ni para su equipo. He aquí un punto a favor de la reciedumbre y la superación frente a la adversidad como única fórmula para sacar el partido adelante.

Luego está la conformación del equipo. Aquí hay un puesto para cada biotipo físico, pero nadie lo impone por cuotas o regulaciones excesivas. Hay igualdad de oportunidades para altos, bajos, gordos, flacos, rápidos o fuertes, con buena patada o hábiles con las manos: diversidad, pero sin igualitarismos enfermizos ni discriminaciones positivas. Si bien el talento personal puede tener inicialmente un mérito, la diferencia la hace el sacrificio de cada uno. O sea, no importa si uno es “malo para el deporte”: mucho más gravitante serán el esfuerzo realizado en los entrenamientos y, ciertamente, el despliegue, entrega y concentración en el campo de juego. Aquí cada uno se gana su puesto con empuje individual concreto –donde nadie te regala nada– y del cual se beneficia todo el equipo. No hay asistencialismo en el rugby.

Tampoco se niega ni se intenta derogar la fuerza, sino que se ocupa inteligentemente en favor de un objetivo tanto personal como colectivo y las metas se consiguen –literalmente– paso a paso. Esto no quiere decir que no se produzcan de cuando en cuando ciertos abusos y conflictos: si ellos ocurren se sancionan con rigor, pero a nadie se ocurre prohibir los tacles para que no existan peleas.

Finalmente, los jugadores entienden que todo lo que ocurre dentro de la cancha queda en ella. No se confunden los choques en el juego con ataques personales, ni hay espacio para el resentimiento. Terminado un partido, por muy violento que haya sido, los jugadores se saludan y se respetan, particularmente si ha sido un juego duro: siempre habrá un túnel de aplausos para darse la mano y recordar el match en un ameno tercer tiempo.

Cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia.