El fotógrafo Jorge Brantmayer empleó tres años para captar los rostros y la intimidad de reclusas. Los resultados obtenidos de la experiencia son, por decir lo menos, notables. 

  • 10 agosto, 2007

 

El fotógrafo Jorge Brantmayer empleó tres años para captar los rostros y la intimidad de reclusas. Los resultados obtenidos de la experiencia son, por decir lo menos, notables. Por Luisa Ulibarri.

 

Con una licenciatura de Pintura en Bellas Artes, obtenida en 1979, Jorge Brantmayer ha mirado y capturado por años imágenes anónimas y silentes de la vida con el lente fotográfico y hecho de ellas su oficio y pasión principal. Calladito por las piedras organizó a fines de los 70 en Venezuela el archivo fotográfico de la Universidad de Caracas, y desde los 80 al 2000 se dedicó a visualizar libros y catálogos de artistas como Gonzalo Díaz, Eugenio Dittborn, Arturo Duclós, entre muchos otros. Hizo paisajes, fotografía publicitaria, editorial, periodística y gastronómica. Recuerdo haberme sorprendido mucho trabajando con él en revista Mundo Diners hace un par de décadas, cuando su profesionalismo lo impulsaba a desplegar con rigurosa exigencia todo tipo de paraguas, implementos de luz y lo que fuera para registrar impecables tomas de obras teatrales, exposiciones o presentaciones literarias, que sabíamos se publicarían en formatos pequeños pero decidores de la sección Arcoiris (la cartelera cultural) de esa publicación.

Le gustaba mirar a Brantmayer. Mirar sobre todo la ciudad, el paisaje, la noche, las gentes, sus conductas y, en especial, toda suerte de gestos que le devolvían la mirada. Y, aunque parecía un sempiterno free lance, tenía su ancla en su propio estudio fotográfico y hoy elocuente página web –www.brantmayer.com– donde se consignan no solo sus polivalentes obras y estremecedoras series fotográficas, sino sus más de 30 exposiciones colectivas a la fecha, sus siete muestras individuales, una de las cuales (La vida está en otra parte), ganó el premio Altazor en 2000, y cerca de diez distinciones dentro y fuera de Chile.

El eje de la mirada se reforzó y cambió de un modo potente en Brantmayer, durante 2003. De su visión trashumante del paisaje, este devoto voyeur del cuerpo y los rostros como relato y albergue de historias y biografías inimaginables, optó por la mirada del cautiverio, el encierro y la prisión de una y muchas mujeres. Junto al siquiatra Sebastián Sepúlveda habían descubierto la cara del delito en un viejo retrato femenino adolescente del archivo judicial y luego centenares de rostros y miradas de mujeres más adultas (entre 18 y 40 años) recluidas en el Centro Penitenciario de Santiago, que le revelaron todas las marcas del dolor: la pregunta, el encierro, la desconfianza, el desafío, el miedo, la inocencia, la culpa, el placer, el dolor y ese sinfín de preguntas nacidas del alma de quien ha cometido parricidio, homicidio, tráfico de drogas, hurto y asesinato con premeditación y alevosía. “Quise conocer el deseo del delito, las marcas de su cuerpo, el motor de su violencia y terminé generando este verdadero casting para una película de Brian De Palma”, cuenta a propósito de Cautivas, su muestra, que abraza de norte a sur, de este a oeste los muros de la sala Matta del Bellas Artes.

Conversando durante tres años con decenas de reclusas, conociéndolas y –en cierto modo– entrando en su piel, quiso develar desde una pose casi inconsciente el alma de estas mujeres prisioneras en su cautiverio y al otro lado de cualquier límite. Algo así como lo que le ocurrió al americano Richard Avedon quien, tras registrar la espléndida opulencia de las modelos de Vogue y Harper¬s Bazaar y captar la derrota anímica y rasgos inesperados de Humphrey Bogart, Truman Capote o Marilyn Monroe, se olvidó del sueño americano y partió por el camino a retratar vagabundos, prostitutas, presos o empleados de oficina en sobrias fotografías de gran formato y tremenda fuerza expresiva.

“Sé tú la modelo” fue la invitación que Brantmayer hizo a 60 mujeres autoras de cruentos delitos tipificados –muchas de ellas con apariencias serenas, atractivas, coquetas, tímidas o desafiantes–, para contrariar su condición estigmatizada por el ilícito y el secreto, asumir la pose y observar esa disímil partitura de rostros y estados de alma en blanco y negro. El brillo de la inocencia, el desafío y la sospecha remecen a Cautivas, serie de frontales e inquisidores rostros y torsos de mujer, que bien podrían haber pertenecido a camareras, aspirantes al estrellato, estudiantes, mamás, esposas, tías o hermanas. Este relato de encierro y tiempo detenido, de mañana sin mañana –secreta obscenidad de cada día en vidas de destino y agenda incierta– condena al que mira a encontrarse con su propio vacío y soledad.