Todo gran cineasta tiene alguna vez la fantasía de compararse a sus maestros e intentar superarlos. En Roma, el mexicano Alfonso Cuarón intentó precisamente eso. Conseguir una obra maestra, expandir el lenguaje audiovisual. Eso sí, tanta ambición tuvo un alto precio: aunque diseñó su película para las salas, finalmente la exhibirá Netflix.

  • 20 diciembre, 2018

Hola a todos. Quiero invitarlos a ser parte del primer #ROMATON, organizando eventos Yo pongo la sábana. Es muy fácil. Se trata de que organicen funciones de Roma en su casa, escuelas o comunidades e inviten a sus conocidos a ser parte de esta experiencia colectiva…”

Alfonso Cuarón recita ese breve texto mirando directo a la cámara, con un telón color crema a sus espaldas. El clip, difundido en todas sus redes sociales, no llega a los treinta segundos. Lo bastante breve para que el lector casual interrumpa el movimiento en su timeline y le dé una rápida ojeada, antes de actualizar la pantalla. Demasiado breve, en realidad. A Cuarón no le alcanza el tiempo para dar cuenta de los cinco años invertidos en la aventura, ni para decir que el filme es una maravilla técnica y, probablemente, una de las películas más ambiciosas y monumentales de la cinematografía latina; ni tampoco para explicar que, de aquí a fines de mes, él y su equipo harán lo imposible para que la cinta pueda ser vista tal como fue concebida, en pantalla grande, a sabiendas de que la mayoría de sus futuros espectadores no tendrán otra chance que ponerle play a esta obra en la pantalla de un computador o –peor aún– en la de un celular.

Mirando otra vez el video, asalta una duda: ¿en qué momento Alfonso Cuarón –ganador del Oscar a mejor director y figura audiovisual de nivel mundial– se convirtió en humilde community manager de su propio filme? ¿Acaso no le quedó otra opción?

 

De Venecia a tu televisor

Para entenderlo hay que retroceder a fines de abril pasado, cuando se anunció la grilla del Festival de Cannes.

Gran parte de la expectación estaba centrada en la casi segura presencia de Roma –una de las películas más esperadas del año– en la selección oficial, pero el anuncio llegó y se fue. Cero Roma. De inmediato comenzó la polémica: Netflix, dueña de los derechos de distribución mundial de la cinta, había rechazado la invitación al evento. Si aceptaba, quedaba obligada por la ley francesa a postergar el streaming del filme en territorio francés hasta 2021. Imposible.

Todos los ojos se volvieron hacia un Cuarón súbitamente impedido de competir por la Palma de Oro. Silencio total. El hombre, que había vuelto a filmar en español por primera vez desde Y tu mamá también (2001), aguantó estoico por meses hasta que se confirmó que Roma se integraría al Festival de Venecia, certamen que ganó sin mayores problemas, convirtiéndose de paso en el primer filme de Netflix en hacerse con un premio fílmico de nivel mundial. Pero el show no se había acabado: fue en ese preciso momento, con el cineasta levantando su León de Oro, que los especialistas comenzaron a preguntarse qué pasaría a continuación. La lógica indicaba una carrera –con grandes posibilidades– hacia el Oscar, pero ¿Netflix tendría las espaldas para llegar a esa meta? La plataforma ya había anunciado su intención de estrenar la cinta el 13 de diciembre –en plena temporada de candidatas–, pero mientras sus potenciales competidoras se exhibirían en salas de cine (como tradicionalmente ocurre con todas las aspirantes a la estatuilla), Roma saltaría directo a la plataforma de streaming. Un empuje extraordinario de cara a su difusión global, pero francamente cuestionable en términos artísticos.

Porque –aunque suene presumido– Roma no fue concebida como una cinta cualquiera.

Desde su inicio, Cuarón la planteó como una empresa grandiosa: filmó con lentes de 65mm, en blanco y negro, planificando largos y complejos planos secuencia, usando en forma extraordinaria las fuentes de luz natural, proyectando tomas con cientos de extras y explorando al máximo los límites del sistema de audio Dolby Atmos. Más aún: se imprimieron copias físicas en 70mm, para proyectarla sin dificultad en pantallas de gran formato. Un desafío técnico y artístico sin parangón en el cine de América Latina y en el audiovisual del siglo XXI.

Entonces, ¿por qué distribuir un producto tan sofisticado y delicado vía Netflix? Se entiende que la compañía, ávida por alimentar su librería con contenidos prestigiosos, haya querido echar mano a la película apenas estuviese disponible; pero ¿por qué Cuarón decidió sacrificar el aspecto más atractivo de su trabajo, esa extraordinaria visualidad, que hace de Roma algo único?

 

Un puñado de recuerdos

Es posible que la clave esté en las “romatones” que tan fervientemente el director anda convocando. En vez de seguir pregonando ese milagro artístico del que hablan los críticos, es muy posible que a Cuarón le preocupe más que su filme sea visto como una experiencia que se viva en comunidad; da lo mismo la pantalla, la sala y el formato.

Lo importante sería verla, conectar con ella, regresar hacia ese México DF del pasado, hacia el 1971 que se vive en una gran casona de la Colonia Roma donde viven Sofía y sus cinco hijos, más la abuela, un padre (que ya va de salida) y dos jóvenes empleadas mixtecas, Adela y Cleo. Es la mirada de esta última, la que el filme hace suya, mientras la cámara la sigue mansamente a través de sus tareas domésticas, sus compras por el barrio, el cuidado de los niños y salidas dominicales. Todo parece continuar tal y como ha sido siempre, a pesar de que ese mundo se ha sacudido hasta los cimientos: matrimonio, vida social, trabajo, orden público –la cinta recrea la matanza de Corpus Christi, donde murieron unas 200 personas– e incluso la vida de la propia Cleo, súbitamente embarazada por un novio que desaparece de escena con la misma velocidad con que llegó.     

Así dispuesta, Roma parece contener material para llenar un buen número de teleseries y, sin embargo, poco de eso se refleja en su interior: el gran eje dramático del relato –la separación de la pareja– poco a poco comienza a quedar sepultado por pequeños sucesos, momentos arbitrarios –algunos bellísimos, otros en extremo chocantes–, como si la matriz misma del relato estuviese alimentada no por las grandes emociones sino por la acumulación, por el sumar incansable de los días y las cosas.

“Cerca del 80 por ciento de lo que uno ve en la película son imágenes que quedaron guardadas en mi memoria”, ha dicho al respecto Cuarón, y es imposible no darle la razón. Sea el farol de un auto en la noche, el interminable pasar de los aviones en el cielo, la magnífica vista de una gran avenida al atardecer, camino del cine; el orden casi litúrgico de los muebles del living en la casa familiar; el sonido del carro manicero y el afilador de metales, sonando en la distancia; aquella tarde en que se jugó en el patio bajo la granizada… La mayor parte de lo que se ve en pantalla parece recuperado, arrebatado de recuerdos muy antiguos, a veces evocados a partir de fragmentos –que Cuarón filma en magníficos planos de detalle (un trozo de baldosa, el oscilar de un chorro de agua, un plato servido en la mesa)– y en otras ocasiones recreados con vocación monumental y apabullante, contenidos en gigantescos planos generales, como si Cuarón pusiera en escena los murales de Rivera, Orozco y Siqueiros, como si quisiera atrapar a su país de una sola vez, a sabiendas que ello es imposible.

¿Qué queda del intento? Probablemente ni el propio Cuarón lo tenga totalmente claro. A nadie le sale gratis intentar una película a la altura de Kubrick, de Bergman, de Tarkovski; porque de eso se trata Roma, de jugar a compararse con los titanes; de filmar el cielo, la tierra, la lluvia, las nubes, el suelo, el mar, como nadie lo había hecho antes.

¿Y cómo verla en el cine?

Ver Roma en sala no es tarea fácil. O, mejor dicho, Netflix no lo está haciendo fácil. Hace unas semanas, la mexicana Cinépolis –una de las compañías de exhibición más grandes del mundo (y que en Chile es dueña de Hoyts– dio a conocer una carta abierta en la que se le solicitaba al gigante del streaming la chance de poder pasar el filme en su cadena. No hubo respuesta. Y se entiende el porqué: Netflix necesita maximizar al tope su inversión; es decir, requiere la mayor cantidad de reproducciones posibles de Roma, pero en su plataforma. O formulado de otra manera: necesita que Roma sea vista por la menor cantidad posible de personas en salas. Aunque su director –privadamente– piense lo contrario. Vaya contradicción.

En nuestro país, la distribución de la película ha sido asumida por Fábula –la productora de los hermanos Larraín–, la cual dispuso funciones durante diciembre en la Cineteca Nacional, Normandie, Sala K, Cine Arte de Viña del Mar y Sala -1 de Puerto Varas. ¿Qué ocurrirá más tarde, cuando Roma se acerque inexorablemente al Oscar? Tal vez solo hacer click sobre su ícono de Netflix. Ya veremos.