Rodrigo Santa María es arquitecto, profesor, músico y también autor de una novela recientemente publicada. Mientras promociona su tercer disco, cuenta que no le aproblema dedicarse a varias cosas a la vez: “Hay una segunda línea, y creo que estoy ahí, que es de los que nos atrevemos”.
Fotos: Verónica Ortíz

  • 26 abril, 2019

El tiempo de sangría es una prueba que sirve para evaluar la integridad de los vasos sanguíneos, plaquetas y la formación de coágulos. Cuando se trata de una persona sana, esto toma entre dos a cinco minutos, tiempo de duración aproximada de una canción. Rodrigo Santa María (40) estuvo obsesionado con el tema de la sangre durante el año pasado, mientras componía su tercer disco. Tuvo que ver con que el hijo de un amigo se enfermó de leucemia y con su decisión de transformarse en donante de células madres a través de la fundación DKMS. Luego de algunos exámenes y de un proceso de chequeo de compatibilidad, le avisaron que un paciente necesitaría de su donación. En unos días más va a someterse a una transfusión de sangre que dura varias horas y dice estar emocionado por la posibilidad de prolongar la vida de un paciente, del cual probablemente solo sabrá sexo y nacionalidad. La sangre en todos sus sentidos, también está bordada por la artista Juana Gómez en forma de venas para la carátula de su último disco, Tiempo de Sangría, que acaba de relanzar en el GAM. O como juego de palabras en alusión a la bebida alcohólica de origen español.

Santa María es hermano de Constanza, periodista y conductora de Canal 13, y de Antonia, destacada actriz de televisión y teatro. Santa María es su apellido y el nombre de la banda que integra junto a Gabriel Donoso. Partió solo, reuniendo canciones que venía construyendo hace años, incluidas producciones para la película Las Niñas (2008) y la obra de teatro Pérez (2009). Ese primer disco se llamó Cenizas (2013) y lo grabó con Donoso como productor. En la medida en que se fueron conociendo y trabajando juntos, se transformaron en un proyecto conjunto. Luego vino Imperio (2015) y ahora Tiempo de Sangría (2018). El año pasado hicieron un pequeño lanzamiento en el Teatro del Puente, pero se quedaron con gusto a poco y ahora convocaron a más artistas invitados y prepararon algunos covers, incluida una nueva versión de un tema de su tío Sebastián Santa María, destacado músico de jazz que murió en 1996 en Suiza.

-Tu familia es bien musical.

-Sí, pero hay algo de mito también.

-¿No son como los Von Trapp?

-Dicen que sí pero no es tan así (ríe). Igual los cuatro hermanos nos reunimos en torno a la música (Pedro, el mayor de los Santa María Monckeberg, también es músico). Eso viene de la familia de mi papá, él tocaba guitarra y cantaba boleros. También mis tíos Sebastián y Pelayo. Dos grandes músicos. Sebastián me marcó mucho porque era un capo mundial y eso fue súper inspirador para mí cuando era niño. Murió cuando yo tenía 18 años y físicamente no lo conocí mucho porque vivía en Europa, pero fue muy importante. Tan distinto a nosotros. Un referente de avanzada que en esos años andaba en otra.

Canto a la infancia

Desde la adolescencia Rodrigo dedicó parte de su tiempo a componer canciones con su guitarra, y aunque tuvo un par de bandas, lo suyo fue siempre más solitario: “Era súper para adentro, mis canciones no se las mostraba mucho a la gente”. Para Santa María lo más importante es la palabra, de hecho, sus referentes musicales son, en su mayoría, grandes letristas: Charly García, Luis Alberto Spinetta, Nick Cave, Leonard Cohen. Además de canciones, escribe historias, que suelen cruzarse en sus temáticas e inquietudes, pero para las cuales utiliza un lenguaje diferente. Más concreto, dice. También este año aterrizó en la radio con la conducción del espacio Sintonía Crónica (Duna 89.7), donde junto a Bárbara Espejo abordan las historias tras grandes personajes de la música. 

-¿Cómo te organizas creativamente? Entre tu profesión de arquitecto y el tiempo para la música y la escritura.

-Soy muy organizado o si no, no puedo. Por ejemplo, decidí que este año no tengo nada en la cabeza para componer, entonces me voy a dedicar a mostrar este último disco y a la arquitectura. Me voy equilibrando logísticamente.

-¿La arquitectura siempre formó parte de tu horizonte o te lo pensaste mucho?

-Estudié arquitectura no muy convencido, pero tenía cierta cultura arquitectónica a través de mi abuelo. Me fue bien como alumno y me encantó. De ahí no salí más, me quedé en la escuela haciendo clases para siempre. Hago obras, pero me gusta sobre todo enseñar arquitectura, me parece alucinante. Tuve la suerte de tener una gran educación a nivel familiar y creo que eso hay que transmitirlo. Me llama la atención esa gente que tuvo todo y que se dedica solo a ganar plata. Me parece raro no relacionar que todo lo que uno tuvo se lo debe a un país, a un contexto del cual es parte.

-La enseñanza, la literatura, la músicatienen en común un diálogo con el mundo, ¿te interesa comunicar?

-Tal cual. Transmitir información o sensibilidades. Esa es una sociedad para mí. Que no pase inadvertido el que está al lado tuyo. Yo admiro a mucha gente porque me han enseñado cosas.

-¿Le cantas al amor generalmente?

-Siento que canto más sobre la melancolía, tengo un rollo con el pasado. Creo que en la infancia está todo. Todo lo que hago y escribo es una terapia para sacar cosas de la infancia.

-¿Tuviste una infancia feliz?

-Sí, super, pero se acabó rápido (ríe). Son pocos años de felicidad, después ya se trata más de supervivencia. Tengo ciertas teorías: creo que hasta los siete años el ser humano es de verdad, después se te caen los dientes y empiezas a ser social, aprendes a actuar y todo se empieza a enturbiar. Siempre vuelvo al recuerdo, porque no hay que olvidarse de que los niños tienen el sentido de algo más potente que todo lo que hablamos la gente grande.

-¿Te reconoces a ti mismo en Rodrigo el niño?

-Sí, de todas maneras. Me enseñaron que instruirse era importante, que entender el mundo era importante, que leer era importante, que escuchar música era importante. Nunca me enseñaron que los autos son importantes. De repente digo: ‘ojalá me lo hubieran explicado un poco más’ (ríe), pero no.

-¿Te sientes idealista en contraste con tu entorno?

-Pasé por eso, pero cada vez menos. Ya siento que hay mucha gente con la cual somos parecidos, eso pasa cuando te relacionas con un mundo más artista. Yo trato de defender la idea de que la gente que hacemos arte somos los normales y los raros son los ingenieros comerciales. Porque nosotros estamos haciendo algo muy genuino, que es sentir, emocionarse. Creo que nos ha hecho muy mal la idea de que los artistas son sujetos raros.

-Pero siguiendo ese estereotipo, un ingeniero comercial podría argumentar que él está construyendo sociedad, generando empleos, y que el arte en cambio es más individualista.

-Sí, me puede decir lo que quiera, pero a mí los ingenieros comerciales no me gustan (ríe). No me interesa la vocación del dinero o de ser práctico para resolver ciertas problemáticas. Incluso creo que le hace un poco mal a la sociedad.

El tiempo perdido

“Tacet” es un término utilizado en notación musical para indicar un espacio de silencio. Es también el título de la novela que lanzó Santa María a finales del año pasado, a través de Ediciones de la Lumbre, y que cuenta la historia de un grupo de internos en un centro de acogida para personas que han decidido voluntariamente guardar silencio.

-¿Cómo, siendo músico, se te ocurrió escribir una historia que se cuenta desde el silencio?

-La escribí como hace diez años, cuando estaba empezando a grabar el primer disco. Me rondaba la idea del silencio, desde un punto de vista no espiritual sino que práctico. Como experimento social, ¿qué pasa si nos relacionamos en silencio? La novela la volví a agarrar hace dos años y ahí la estuvimos corrigiendo con el editor, tenía que botarla porque me siguió mucho tiempo.

-La novela es bien misteriosa, no se resuelven todas las preguntas.

-Igual que mi música. Salvo algunas canciones que son las más poperas y que se resuelven en sí mismas, el resto son como sensaciones de algo. Una de las intenciones era presentar a un grupo de personas que tiene penas, frustracione y que se instalan a compartir esas carencias en una especie de experimento. Me interesaba hablar de que nada de lo que parece, es. Y que hay otras formas de relacionarse fuera de las palabras. Por abajo aparece el desarrollo de una historia que arma la trama. Pero sobre todo, me interesan los pequeños guiños a momentos de soledad, de silencio y de reflexiones de gente desamparada.

-A pesar del silencio, Tacet resulta bastante cinematográfica, ¿te interesa esa dimensión?

-Sí, la escribí así. También me dicen que mis canciones son escenas, compongo súper visualmente y eso debe tener que ver con que soy arquitecto. Tacet la escribí pensando en alguna peliculita. Tengo hasta actores en la cabeza para los personajes (ríe).

-¿No te conflictúa estar abarcando mucha cosa?

-No. Tengo claro que nunca voy a ser muy bueno en nada. Para ser exitoso en algo, tienes que dedicarte, y yo no he tomado ese camino. Cada vez me alejo más. No me voy a concentrar en una sola cosa porque mi personalidad no es así.

-¿No persigues el éxito?

-Estoy persiguiendo un éxito que quizás no es el visible y obvio.

-¿Cómo lo definirías?

-Superar ciertas frustraciones mías, algo así. Un éxito personal. Siento que me demoré muchos años en hacer cosas y estoy tratando de apurarme. Recuperando el tiempo; perdí años en asados y partidos de fútbol con los amigos. Entretenido, pero creo que partí tarde ejecutando ideas. 

-¿No te intimida lanzar un libro o sacar discos? Hay gente que no se atreve, sobre todo si además ejercen otra profesión.

-Tengo súper claro que hay una primera línea de hombres y mujeres capos que yo admiro y que nunca seré como ellos. Pero después hay una segunda línea, y creo que estoy ahí, que es de los que nos atrevemos a hacer las cosas. Supongo que haré cada vez cosas mejores, pero no postulo a nada increíble tampoco. Entiendo que hay gente que se estanca porque no está lo suficientemente convencido de lo que hace, pero yo creo que hay que exponerse un poco más. Con el costo de que no sea la gran cosa lo que estás haciendo. No pretendo cambiar el mundo. Quienes lo hacen son contados con los dedos de una mano.

-Pero también hay gente que crea su gran obra a los 50 años.

-Puede ser, ojalá, pero en general es porque ya han hecho varias cosas. Yo encuentro que mis canciones son buenísimas, pero no postulo a ser el músico exitoso de Chile como lo es Gepe. No me resulta dedicarme así. Después de tocar mucho un disco, me dan ganas de escribir y ¿por qué no voy a hacerlo? Creo que es muy válido dedicarse a una sola cosa cuando eres realmente talentoso. Pero yo no me considero así.

Instagram: @santamariamu

-Convocaste a varios músicos para que participaran de este disco, ¿cómo se dio eso?

Tiempo de sangría es un disco que compuse pensando en gente que admiraba, con la idea de conocerlos y entender cómo funcionan sus cabezas. A Pancho Sazo de Congreso lo llamé a su casa, porque no usa celular, le conté quién era y le dije que tenía una canción que compuse pensando en él y que me gustaría que la cantáramos juntos. La escuchó, le encantó y la grabamos. Fue una experiencia maravillosa. Es un ídolo absoluto. Me propongo esas cosas, súper patudamente. Lo mismo en su momento con Manuel García.

-Eso requiere cierta personalidad también.

-Sí, es que tengo personalidad (ríe). No le tengo miedo al ridículo, no me importa nada. También les he mostrado canciones a otras personas que no me han pescado. Pero eso no me desestabiliza. Ahora también convoqué a Javier Barría, Felipe Cadenasso, Andrés Valdivia y a mi hermana Antonia.

-¿Te pasó algo al cumplir 40 años?

-Sí, pero para bien. Ahora estoy cachando cosas que me costó mucho entender. Lo pasé muy mal a los 30 y ahí sentía que estaba acabado. Tiene que ver con las frustraciones, pero ahora siento que estoy súper bien. Entiendo que en esta sociedad cuesta dejar de catalogar y sé que hay quienes dirán: “No me voy a hacer la casa con un músico” o “no le compro su música porque es arquitecto”. Pero problema de ellos, no mío.