Forma parte de Los Dominios Perdidos, muestra que congrega heterogéneas obras de un grupo de artistas chilenos de los 80 y 90 reunidos bajo la identidad de Revuelta Vitalista. Aquí, el artista visual toma distancia de la melancolía ambiente para observar con interés los vicios del Chile de hoy.
Foto: Verónica Ortíz

  • 14 marzo, 2019

“Yo la quería”, así se llama el inmenso cuadro de Cabezas que ocupa uno de los muros del MAVI. Como la emblemática canción de Los Electrodomésticos que en 1986 narró el testimonio de un femicida. Esta obra forma parte de la nostalgia viva y colorida que ocupa los cuatro pisos del museo con el título de Los Dominios Perdidos, en remembranza al poema de Jorge Teillier, y bajo la curatoría de la cubana Dermis León que convocó a los artistas nacionales Carlos Araya, Ciro Beltrán, Víctor Hugo Bravo, Rodrigo Cabezas, Arturo Duclos, Coco González, Klaudia Kemper, Sebastián Leyton, Claudia Peña, Mario Soro, Malú Stewart, Bruna Truffa, Marcela Trujillo, Alicia Villarreal, Enrique Zamudio y Paula Zegers. Todos parte de la Revuelta Vitalista, movimiento de artistas que durante la dictadura y transición se desarrolló en paralelo, y a veces en conjunto, con la Escena de Avanzada, nombre que la teórica cultural y crítica de arte Nelly Richards usó para bautizar al grupo de artistas que enarboló el arte como instrumento de lucha política.

A los representantes de la Revuelta Vitalista se suman obras que forman parte de la selección del MAVI como Samy Benmayor, Bororo, Pablo Domínguez y Jorge Tacla, entre otros. Y además hay videos, cómics, música y objetos ochenteros en distintas vitrinas.

Afuera, en una todavía calurosa Plaza Mulato Gil, Cabezas recuerda que para la inauguración de la muestra, el pasado sábado 2 de marzo, el lugar estaba repleto de manera sorprendente y emocionante. También cuenta que Los Dominios Perdidos tiene largo camino por delante, con una itinerancia por países latinoamericanos como Perú, Ecuador, Bolivia y Uruguay, además de una importante publicación editorial.

Él, por su parte, está trabajando en una serie de gran formato donde aborda el tema de la violencia doméstica desde telas que emulan pantallas de televisión, y además viene saliendo de la exposición colectiva Chile tiene SIDA, en el Museo Nacional de Bellas Artes. Totalmente sumergido en el presente, a propósito de esta exposición se anima a mirar atrás.

-¿Cómo viviste el arte en los 80?

-Como no pasaba nada, todo era súper importante. Carlos Leppe hacía algo y altiro venía Eugenio Dittborn y hacía algo, y de ahí aparecía Gonzalo Díaz, y así, en una especie de guerra de quién escalaba más. Era muy entretenido, no lo he vuelto a ver así.

-¿Crees que el enemigo en común fortalecía un movimiento cultural?

-Claro, pasó como en política. Fue un periodo súper instrumental, a mí me convenía juntarme con los de la Escena de Avanzada, aprendí de ellos, sé de diseño, me manejo bien en el computador, puedo montar una exposición, tengo distintas experiencias de trabajo para poder hacer lo que quiera dentro del arte y eso lo aprendí de ellos también. Cuando no hay nada, te quedan dos alternativas: quejarte o hacer lo que quieras. Entonces era llegar y hacer ropa, performances, música, fiestas. Y eso no se usaba porque la escena era súper seria.

-¿Ese fue el aporte de tu generación?

-Es que también había otro tipo de denuncia, que era esa depresión endógena que había en el ambiente, la sensación de que no íbamos a salir nunca de la dictadura. Estábamos en pleno apagón cultural y se sentía esa tristeza.

-¿Dirías que en contraste con ese apagón cultural ahora habitamos una luz?

-(Ríe) No, para nada. Esta exposición creo que cayó súper bien en este momento porque varios de nosotros reactivamos una cosa política. Decir: “Se puede, se podía hacer hace 30 años, y se puede volver a hacer, no hay nada que lo impida”, solo el inmovilismo propio, porque estamos pulverizados sin ese enemigo común.

-¿Hay mayor frivolización en términos culturales?

-Hay una espectacularización de las cosas. El otro día veía en las noticias el funeral del Cangri y había más teléfonos que personas. La cantidad de registros que tuvo ese evento es impresionante. Es súper loco, estamos fuera de proporción. Creo que siempre hemos sido una sociedad muy ansiosa porque somos súper reprimidos.

-¿Y nuestros escapes actuales cuáles serían?

-El alcoholismo, las redes sociales y las drogas, más que nada farmacéuticas. Vivimos empastillados. Tenemos índices de salud mental espantosos y también está lo del sida. Para la muestra del Bellas Artes tuve charlas con epidemiólogos y es horrible. Los niveles de mortalidad son como si no existiese tratamiento porque la gente ni se entera.

-¿Para ti el arte tiene que involucrarse con los asuntos que atañen a la sociedad?

-No necesariamente, pero hay momentos en los que existe esa conexión y las obras empiezan a interactuar con su tiempo. Me gusta estar conectado donde estoy. Vivimos mucho pensando en lo que fue y en lo que va a ser, y no en lo que está pasando ahora.

-Pero esta muestra es nostálgica.

-Tengo la impresión de que despierta nostalgia. Es divertido, la gente muchas veces ve mis cuadros y conmigo se acuerda de lo que vivió en los 80 y le da nostalgia. Pero yo no tengo nostalgia de los 80.

-¿No?

-¡No! Estás loca, con las cagadas que hacía en los ochenta prefiero no volver a eso (ríe). El nombre, Los Dominios Perdidos, transmite tristeza, pero la visión de la curadora, Dermis León, no. Ella es cubana, entonces ve las cosas de otra forma, más fresca, y eso también me interesó del proyecto. La Concertación y el gobierno de Aylwin, en la lógica de la alegría ya viene, eligieron a los exponentes de la pintura bonita, por así decirlo. Benmayor, Bororo, Domínguez, Mario Irarrázabal, ese fue el grupito que entró con la alegría.

-¿Esos fueron los colores que servían para pintar el arcoíris?

-Yo creo, era una forma de replantearse y no seguir pegado con la escena de avanzada. Partir de nuevo era más fácil sobre una base cultural liviana, y no con algo tan politizado. Ahí yo me fui a vivir a España y cuando volví ya existía esta escena donde todos conviven con todos, pero nadie se topa mucho. No hay hostilidades, pero tampoco se quieren mucho. Hay minigrupitos.

-¿Grupos muy segmentados generacionalmente?

-Sí, pero yo trato de romper un poco eso. A través de ferias como Faxxi. Me interesa lo que pasa para abajo. Lo mismo con la música, nunca escucho música de los 80, escucho lo que está sonando ahora. Soy súper curioso, siempre lo he sido.

-Participas frecuentemente de muestras colectivas y junto a Bruna Truffa funcionan con la dupla Truffa + Cabezas. ¿Te gusta trabajar con otros artistas?

-Es que me gusta competir (ríe). Pero aquí en Los Dominios Perdidos somos todos amigos desde chicos, entonces se mezcla la historia de la música, con el arte, las pololas (ríe)… y nos quieren harto parece, porque la inauguración se repletó.

-¿Y cómo se te arma el relato de la exposición? Porque tu cuadro es más político pero la exposición tiene de todo un poco.

-Creo que eso mismo tiene que ver con mi generación, fuimos más libres para asumir distintos papeles. Habíamos convivido en dictadura con la Escena de Avanzada, que era muy restrictiva; la pintura era burguesa y estaba prohibida. Yo partí al revés, en la escuela hice acciones de arte y arte conceptual, y cuando pude entrar al circuito me puse a pintar porque entonces era lo más rebelde que podía hacer.

-¿No es contradictorio que el arte restrinja?

-Eso pasa en Chile, tenemos esas paradojas culturales. Mi generación y este grupo representaba precisamente ese espíritu vitalista. A mí me tenía súper aburrido la tristeza, y entendía que se podía ser de oposición pero liberal. Mi generación es súper liberal, en su principio primitivo, somos autogestionados y capaces de generar plata haciendo muchas cosas. Yo creo en el mercado. Vendo y vivo de eso. Si aquí estuvieran todos pintando flores para ser millonarios, podría alegarte contra la farandulización del arte, pero no es así. La compulsión por destruir el mercado del arte es súper idiota.

-¿Y existe un mercado del arte en Chile?

-Incipiente.

-¿Los artistas pueden vivir del arte?

-No todos.

-¿Los mismos de siempre o cada vez más?

-Creo que ya se amplió a otra generación. Pero al mismo tiempo hay un remember fuerte por los años 80 de parte de los galeristas y coleccionistas.

 

Yo la quería

-¿Cómo observas el tratamiento que les dan las redes sociales y los medios de comunicación a los dramas domésticos?

-Hay un gustillo morboso en Chile. Tenemos una tradición de crónica roja súper fuerte que antes estaba en los diarios y ahora migró al matinal. Es un tema que por algún lado se derrama y eso me interesa. La trasmisión del juicio de Nabila Rifo fue un antes y un después. Creo que hay una cosa catártica; es como ver la teleserie nocturna pero en la vida real. La estructura de reality permeó a la realidad y se dirige como si fuese un show.

-¿Crees que la gente genuinamente empatiza con las tragedias ajenas o funciona bajo la lógica del espectáculo?

-Yo creo que se parece más a una patota de linchamiento. El ánimo es de bullying, hay mucha violencia social en este país. Es insultante la diferencia económica, entonces, creo que hay un nivel de estrés fuerte y eso genera cierto gusto por la violencia, como en el circo romano. Es una tendencia odiosa que aflora también con las redes sociales.

-¿Cómo te relacionas con ellas?

-Bien, aunque soy viejo me manejo bien. Uso Instagram y Facebook. Ahí la extrema felicidad permanente no me la creo. Soy pintor y sé que las imágenes esconden cosas. Hay gente que es obsesivamente alegre y feliz, y tú sabes que no es así. A veces llamo a esa gente y efectivamente les está pasando algo.