En medio de días atípicos, y desde su reclusión solitaria, el escritor habla de arte y epidemias. Mientras permanece atento a cada información del virus que paraliza el mundo, está a punto de lanzar “Puentes Levadizos”, libro que recopila sus textos sobre artistas chilenos contemporáneos.

  • 15 abril, 2020

«Perplejo, pero con reservas de ánimo para rato”. Así define el escritor su estado emocional frente a la pandemia del coronavirus y el confinamiento social. A Roberto Merino (58) le tocó entrar en cuarentena antes que a la mayoría porque tiene una enfermedad crónica; desde hace casi treinta años padece de insuficiencia renal, incluso fue trasplantado de riñón, pero tiene que dializarse tres veces a la semana. Esas siguen siendo sus salidas, absolutamente obligatorias. Generalmente camina hasta una clínica cercana a su departamento en Providencia y al llegar ahí debe cumplir con algunos protocolos, como tomarse la temperatura. “Salgo muy temprano en la mañana, antes de las 7.00 am. A esa hora no hay nadie y me ha dado hasta miedo cruzarme con un puma porque voy cerca del cerro San Cristóbal y ellos podrían bajar desde el Manquehue”, cuenta el escritor al comentar la irrupción de animales salvajes en la ciudad. “Es como que recuperaran un espacio. No creo que piensen: ‘¿dónde están los seres humanos?’, pero olfatean y cachan, intuyen que está la cosa a disposición. Lo mismo está pasando en todas partes del mundo”, agrega.
Afirma que asumir la cuarentena como un tiempo de ocio infinito es una fantasía. En su caso, los días pasan volando: tiene que entregar sus columnas para Las Últimas Noticias, terminar el prólogo de su libro Puentes levadizos, además de otros encargos, y preparar las clases de Taller de Ensayo que imparte en la Universidad Diego Portales. Tuvo que alterar el programa habitual y partió mandándoles una “tracalada de lecturas” a sus alumnos, pero esta semana le tocaba debutar con el sistema de clases online. Como casi todos, Merino se encuentra resolviendo asuntos tecnológicos y adaptándose “a esta experiencia nunca antes vista”, dice. Sigue atento distintos acontecimientos curiosos: en su edificio se ha desatado una crisis –de la cual se entera por el chat de los vecinos– debido a la gran cantidad de zancudos que han llegado últimamente. Por otra parte, su hermano le comentó que cerca de su casa, en el barrio Santa Isabel, habían aparecido varias palomas muertas. “Son signos inquietantes, estoy especulando, pero es interesante cómo surgen relatos que se parecen a las historias de otras pestes históricas”, señala el autor.
“Se habla de vos como del gran escritor chileno”, le dice la periodista argentina Leila Guerriero en una entrevista para el diario El País en diciembre de 2017, refiriéndose a declaraciones de escritores como Alejandro Zambra. Merino responde con humildad: “Sí, pero yo creo que eso es equivocado. Me falta espesor. Yo escribo unos poemas sueltos. Escribo crónicas. Agradezco que digan eso, pero lo tomo con distancia”.

Vivir lo inédito

-¿Te desespera el encierro?
-No, no siento claustrofobia. Se parece un poco a la vida que he llevado estos últimos años. La otra vez pasé fuera de la casa de mi mamá, que me queda en el camino de vuelta de la clínica, y hablamos de la calle a la ventana. La verdad es que solo echo de menos ver a algunas personas. A mis dos hijos, que viven cerca, pero que por razones de seguridad no he visto.
-¿Sientes que hay una diferencia generacional respecto a cómo ellos viven este momento?
-Pensé que mis hijos adolescentes se lo iban a tomar con más ansiedad, pero entendieron inmediatamente el problema. Esto de la responsabilidad con otros, los convenció. Han sido súper maduros.
-¿Estás consumiendo mucha información?
-Sí, estaría todo el día viendo televisión con la ilusión de que venga algo nuevo. A diferencia de epidemias históricas, es increíble vivir la sensación de simultaneidad. Está todo sucediendo en vivo y en directo y no hay dónde arrancarse. Cuando no estoy trabajando, me quedo pegado. Me parece muy extraño, en una circunstancia así, abstraerse por escrúpulos culturales. No entiendo la gente que desprecia las noticias.
-¿Y la enfermedad misma te da temor?
-Me da temor el hecho de que traiga complicaciones pulmonares. El año pasado tuve influenza y hubo una noche que lo pasé muy mal. Me acuerdo de eso y prefiero mantenerme a resguardo. Pienso en cosas concretas que debiera hacer en caso de morir, pero por otro lado, imagino que en un tiempo más vamos a estar hablando de esto –que será histórico– como una cosa lejana. No estoy angustiado. Tengo fe en los milagros. El azar de repente proporciona soluciones a lo que parece condenarnos, es parte de la experiencia humana. Todo lo que parece que fuera a durar eternamente, igual se chinga.
-En comparación a otros hitos históricos, ¿cuál crees que es la magnitud de esta pandemia?
-Puede que en dos mil años más todavía se recuerde este momento. El mundo nunca antes tuvo tanta conciencia de su globalidad y simultaneidad. Te diría que nadie, ni una persona de 110 años, ha tenido una experiencia así. Es muy raro este confinamiento en función de algo tan incierto. Pero creo que hay algo en la memoria genética, si acaso eso existe, que nos ayuda a encerrarnos y esperar lo incierto.
-¿Un instinto ancestral?
-Algo así. A Chile llegó la fiebre española y a finales del siglo XIX, la epidemia del cólera dejó mucha mortandad. Pasaban los carros llenos de ataúdes, pero no hay testimonios en los escritos de los memorialistas de un encierro semejante, de tantos días y tan extremo. Me pregunto cómo irá a quedar este momento en la franja de la memoria colectiva. Para muchos será como una cicatriz.

Por razones de cuarentena, estas imágenes corresponden a una sesión fotográfica de diciembre de 2013. En esa ocasión Merino fue entrevistado en revista Capital para hablar de su libro «Barrio República: una crónica»

Remoción del paisaje

-¿Crees que vamos a salir a un mundo distinto?
-Es el mismo mundo que se recompone, pero la huella del trauma será visible. Es como la crisis económica del 30, que provocó la caída de grandes compañías. En mi familia todavía circula el fantasma de la pobreza asociada a ese momento. Creo que ahora habrá una multiplicación de fantasmas particulares. Y una remoción del paisaje que es inevitable. Ya estaba distinto Santiago como corolario del estallido: los negocios blindados con madera aglomerada o planchas de aluminio. Un paisaje de temor donde algunos locatarios ponían letreros pidiendo clemencia a un destinatario que no se sabía si vendría.
-¿Y nosotros cambiaremos?
-No sé. La normalidad no tarda en imponerse, con sus problemas acuciantes. Uno se maneja a niveles muy superficiales: hay que resolver ciertas cosas para financiar otras, y por lo tanto, trabajar. ¿Será el momento para la filosofía? Eso en el caso de las personas que no tengan problemas económicos, pero la gran mayoría tiene que solucionar reales quebraderos de cabeza. Los pequeños locatarios con suerte tienen margen para pagarles un mes a sus empleados estando cerrados. La cuarentena total es muy difícil de implementar porque no hay plata para financiar dos o tres meses de inactividad general. Hay tanta gente dando cátedra o criticando al gobierno por no declarar cuarentena total, me parece absolutamente irresponsable. Tener ahorros o que te mantengan el sueldo es un privilegio.
-¿Estás llevando una crónica del aislamiento?
-Para nada. Siempre he escrito sobre temas afines a vivir encerrado y lo que pasa cuando uno está inmóvil en una cama. Entonces me parece redundante y excesivo. Prefiero estar atento a lo que está pasando. El principio de necesidad en la literatura es clave; cuando las ganas de narrar ciertas cosas resultan impostergables. Este momento de encierro me lleva a pensar que no tengo mucho que aportar. Es hora de que hable la ciencia. Me interesa mucho lo que diga un doctor, un biólogo, incluso un historiador. La frivolidad es una manera de no mirar a los demás, y creo que ese defecto no lo tengo, teniendo muchos otros.
-Y la novela que vienes escribiendo hace años, ¿tiene fecha?
-La famosa novela es como una especie de justificación, no sé ni qué categoría darle (ríe). Ya es como la novela de la novela. Me pego unas avanzadas y luego se bloquea de nuevo. La última vez que estuve con Claudio López (editor español de Random House que murió en enero de 2019), me dijo: “Eso no lo vas a terminar nunca”. Con tal seguridad, que me pregunté en qué parte de mí lo veía tan claro. Los primeros días de esta cuarentena empecé a meterme en la frecuencia mental de la novela, pero después me llega trabajo y no puedo hacer nada.
-Quizás es como una compañera de vida.
-Cierto. Pero una compañera que no está siempre presente. Son tantos años con la idea de ella.

Arte y sueños

Está ad portas de publicar Puentes levadizos, título que reúne textos sobre artistas contemporáneos chilenos, escritos durante más de 25 años para los catálogos de sus exposiciones. Cronológicamente, la primera pieza que forma parte de este compendio data de 1993 y es un texto sobre “El jardín del artista”, obra de Gonzalo Díaz que formó parte de una muestra colectiva en Uruguay. El último corresponde a la exposición “Tres habitaciones y el viento”, de la artista Francisca Aninat, que tuvo lugar el año pasado en Ciudad de México. Entremedio hay pasajes dedicados al trabajo de Juan Pablo Langlois, Eugenio Dittborn, Claudio Bertoni, Carlos Altamirano y Natalia Babarovic, entre varios otros artistas chilenos. Lejos del modo académico que se suele utilizar en los escritos de arte, aquí conviven distintos tonos y caben anécdotas, recuerdos, divagues y conversaciones. La idea del libro surgió desde Ediciones UDP y la encargada de recopilar el material, hace tres años atrás, fue Macarena Valenzuela, quien murió trágicamente en un accidente en San Pedro de Atacama en febrero de 2018. “Yo no tenía mucha memoria de estos textos y la Maca hizo casi toda la búsqueda antes de morir. Fue terrible, muy triste. Tiempo después, su marido me hizo llegar lo que ella tenía en el computador y así resucitó el proyecto, que luego fue editado por Andrés Braithwaite”, cuenta el cronista.
-¿Qué te pasa cuando lees textos tuyos de hace 20 años atrás?
-Algunos los tenía tan olvidados que me transformé en un lector ajeno. Y me entretuve harto revisándolos. Eso me da una pista de que los textos están bien y pueden funcionar.
-¿Cómo fue que te convertiste en escritor recurrente de arte?
-Por estar en un lugar. No soy crítico de arte ni especialista en el tema, estos son los escritos de un aficionado. Yo tenía interés en el arte desde muy chico, pero no me sentía facultado para escribir. El año 1988, Eugenio Dittborn me instó a escribir después de una conversación que tuvimos respecto de sus obras aeropostales. A veces, sicológicamente uno necesita ciertos permisos para poder hacer las cosas, yo no me confería esa autorización, pero como Dittborn me lo pidió, pasé el límite y llegué a un lugar de libertad.
-¿No te intimidó meterte ahí sin ser escritor especializado?
-Como decía Bioy Casares: confié en mi inteligencia. Un ensayista no tiene por qué ser experto en nada más que en aportar cierto tipo de mirada. No voy a usar el tono didáctico del que da clases porque se genera cierta reverberación falsa en el texto. Siempre traté de huir de eso. Hago clases en una universidad, pero para mí, académico es una mala palabra. Existen estudios académicos muy valiosos, en la medida que atrás hay una investigación real. Pero también puede ser un texto con un objeto feble, casi inexistente, que echa a andar una máquina retórica.
-El blabla.
-El Código Papagayo: repetir frases con cierta resonancia sin pensar lo que se está diciendo. Muchos de estos comunicados repiten una finta verbal. Eso lo tenía muy cachado Enrique Lihn. Por algo el animal heráldico de su República Independiente de Miranda era el papagayo. Lihn pensaba en el mundo intelectual del momento y su retórica vacía. Pensé que, de joven, por una cosa de inseguridad, yo podría haber caído en eso, pero al releer siento que no fue así, menos mal.
-En tus textos te metes mucho al taller del artista, ¿te interesa el proceso de las obras?
-Es como la estrategia del detective Columbo, en el sentido de husmear, hacerse el que no cacha mucho, pero ir haciendo las preguntas. Sapear. Si iba al taller de un artista, iba a encontrar algo que me diera una clave respecto a su obra. Lo mismo cuando escribía las crónicas de Santiago, ir al lugar siempre me proporcionaba un detalle impagable: un árbol que antes no había visto o alguien que pasaba gritando algo.
-En Puentes levadizos incluso incluyes imágenes de tus sueños.
-Sí, en los textos de Dittborn hay harto de eso. Ahora sueño menos, pero hubo una época, a fines de los 90s, que tuve un diario donde en las mañanas anotaba lo que había soñado. Al cabo de un tiempo era muy raro revisar esos apuntes. Como leer otra vida que no se diferenciaba mucho de esta, pero era muy intensa. Somos personas muy acontecidas en los sueños (ríe). Ahora podríamos despertar y decir: “Soñé que estábamos viviendo una pandemia”.