Rob Krar, campeón de ultra trail, empezó a correr para superar una depresión endógena que, hasta ahora, apenas lo deja vivir. El atleta, que estuvo en Chile hace algunas semanas para correr la décima versión de The North Face Endurance Challenge, dice que correr cien e incluso ciento sesenta kilómetros te puede hacer muy feliz, aunque desgastes el cuerpo.

  • 22 noviembre, 2018

Se sabe: el trail y el ultra trail (correr más de 50 km, a través de salvajes senderos) se han convertido en una fiebre que, cada año, cautivan a más y más chilenos.

Si cinco años atrás con suerte se realizaba una de estas demoledoras carreras cada dos o tres meses, hoy se desarrollan varias solo en un mes. Y todas llevan por título temibles nombres que no poco tienen de advertencia: Andes Infernal, Ultra Fiord Vertical, Dientes de Navarino Trail, por nombrar a algunas de ellas.

Según los expertos, el boom se explica por las condiciones ideales que existen en nuestro país, donde al menos el 63% del territorio corresponde a montañas: incluidos senderos remotos que cruzan impactantes quebradas o selvas salpicadas de glaciares y bosques que, rápidamente, pueden transformarse en desafíos monumentales. 

Fue en este marco que, unas semanas atrás, en Santiago se dieron cita varias estrellas del ultra trail mundial, modalidad en la que se corren ciento sesenta kilómetros en una extenuante jornada que parece de nunca acabar. Entre ellos, Dean Karnazes, el mejor ultra runner de todos los tiempos, atleta que, sin usar capa, se vistió de héroe cuando corrió 50 maratones en 50 días. 

En la cita, además, estuvieron deportistas chilenos de elite como Moisés Jiménez y Enzo Ferrari, quienes han ganado múltiples competencias en Chile y el extranjero. 

Además, regularmente ofrecen clínicas y talleres para quienes se inician en esto del trail al mejor estilo Kilian Jornet, el deportista que, poco tiempo atrás, no se le ocurrió nada mejor que subir el Everest corriendo. Es que así es este deporte que, visto desde afuera, más parece una locura que algo sensato. 

Es, de hecho, lo que piensa Rob Krar, uno de los invitados especiales a la prueba. Y Krar sí que sabe. De profesión farmacéutico, se metió en esto del ultra trail para superar una depresión endógena que, hasta hoy, apenas lo deja vivir. 

En reiteradas ocasiones, Rob –un corredor atípico– ha dicho que no es Rocky Balboa y, en vez de sentir presión, le gusta estar en paz, relajado, en balance. Tal certeza es lo que le ha permitido mantenerse entre los mejores corredores del mundo, pese a haber pasado por difíciles trances: por ejemplo, haber tenido la enfermedad de Haglund, que deformó sus tobillos. O haberse hecho añicos la rodilla el año pasado.

La cosa es que nada de eso lo ha parado y Krar, atleta de The North Face, sigue viajando y compitiendo como si nada: hace poco en Canadá, mientras que a fin de año estará en Sudáfrica, con el objeto de correr, en Cape Town, una de las pruebas más extremas del mundo.

 

Oscuridad y deporte

Krar es, definitivamente, un tipo especial. Y, aprovechando su paso por Chile, lo llamé para coordinar una entrevista, horas antes de la carrera en la que, finalmente, saldría segundo. En la lógica de Krar, un lugar en el podio no es importante, pues ganar o perder es algo que, genuinamente, poco y nada le importa. “Corro –dice– no para ganar, sino para estar bien conmigo mismo; eso aun cuando hacerlo por 80 o 160 kilómetros significa que destruyes tu cuerpo en cada zancada”.

En Internet, suma reproducciones un documental muy especial. Se trata de un corto de ocho minutos, en el que el cineasta Joel Wolpert sigue a Rob Krar mientras entrena en el Cañón del Colorado.  

A diferencia de los clásicos videos extremos, esos en los que sobra vacío, adrenalina y tomas con dron, lo que hay es una larga e íntima confesión de Krar mientras corre sin detenerse.

Wolpert se animó a hacerlo luego de que el deportista confesara que no corría porque quisiera ganar sus carreras, sino porque sufre de continuas depresiones y aprendió que cada vez que pasaba diez, dieciséis horas corriendo, se le pasaba.

La película se ha convertido en un hito, en una industria en la que sigue siendo un misterio cómo es que hay gente que puede correr más allá de lo que, hasta hace poco, se pensaba que era el límite humano.

Krar afirma en el corto que existe bastante similitud entre una carrera de larga distancia y una enfermedad mental, ya que en ambas existiría la suficiente oscuridad, tristeza y enfadado con uno mismo.

Al respecto, hoy sabemos que cuando alguien está deprimido y realiza deporte, rápidamente aumenta la concentración de serotonina, lo cual incrementa la sensación de felicidad y bienestar, logrando un efecto similar al que producen los antidepresivos.

Krar, un tipo flaco y de gruesa barba, que bien podría vender sándwiches de lechuga y soja en Providencia, lo que hace es confesar que, finalmente, corre, entrena (buscando resistencia, flexibilidad y finalmente balance), porque quiere zafar, en el más amplio sentido de la palabra. “Correr –explica Rob– es parte de la vida. Pero no la vida”.

-Paso rápido –dice– de sentirme muy feliz a creer que estoy en un agujero donde lo único que sientes es una tristeza abrumadora que no tiene propósito. Y eso es realmente frustrante, me enoja mucho, pues esa emoción puede durar tres, cinco días o a veces toda la semana. Antes, cuando ocurría, me quedaba en cama tratando de que se pasara durmiendo. Ahora, en cambio, salgo a correr.

 

Química y zapatillas

Rob Krar tiene 41 años y en 2013 y 2014 fue elegido (por sus pares) como el mejor ultra runner del mundo, tras ganar en dos oportunidades el dificilísimo Western States, el desafío ultra trail (160 km) más antiguo del mundo, el cual parte en Squa Valley y termina en Auburn, California. Poco después, la revista Runner’s World Magazine lo puso en la lista de los 50 corredores más influyentes del mundo. Algo difícil de imaginar considerando que, apenas dos años antes, con suerte se levantaba para ir al trabajo.

La historia es más o menos así: Rob vivió de chico en Ontario, Canadá, lugar donde su padre solía llevarlo a caminar y a correr al valle Dundas. Criado en ese ambiente, pronto se transformó en un buen deportista, que llegó a representar a Canadá en competencias mundiales de triatlón. 

Sin embargo, tras el colegio, se concentró en estudiar química y farmacia y al egresar consiguió trabajo en una botica en Phoenix, Arizona. Fue ahí donde la cosa se puso dura. Muy dura. Rob hacía turnos nocturnos que empezaban al caer el sol y terminaban a las 8 de la mañana. Y en eso estuvo 13 años.

Cansado, se mudó a Flagstaff. Y pronto, motivado por sus vecinos y amigos, volvió al deporte. Primero participó en la maratón de Boston, luego en la Transrockies, una demencial carrera en la que los deportistas compiten durante seis días. Y le fue bien. 

-He aprendido –dice Rob– a no tener miedo de ponerme metas y objetivos que puedan parecer imposibles. Lo que me propongo lo dejo cerca del corazón. Se trata de promesas que me hago a mí mismo.

Metido de cabeza en las lides del trail, a poco andar ganó la célebre prueba de Mohab y luego Leona Dive (80 km). Esos y otros títulos le valieron convertirse en una celebridad que hoy suma más de 50 mil seguidores en Instagram, todos los cuales, regularmente, siguen sus consejos, muchos de los cuales tienen que ver con cómo administrar el dolor; tarea que profundiza en los camps que, constantemente, organiza en su casa en Arizona.  Ahí recibe a los atletas que quieren escucharlo desde temprano y, concluido el desayuno, los lleva a correr a los senderos de Coconino National Forest. A todos, cuando se ponen las zapatillas, les dice lo mismo: “Una carrera es simplemente la celebración del 99% que haces antes y que nadie se entera”.

-Seis años atrás –continúa Rob, sin soltar su cerveza– no imaginé que esto podía pasar. Fue una bola de nieve que fue creciendo y creciendo. 

 

“Aún estoy descubriendo qué me sucede”

Cuando Krar llegó a Chile lo hizo con nuevos pergaminos; entre ellos, su más reciente título en Leadville, logro que se suma al que probablemente lo convirtió en leyenda. Eso cuando impuso el récord al cruzar el Gran Cañón del Colorado, de norte a sur, en 2 horas y 51 minutos. Lo hizo comiendo Picky bars y no tomando bebidas energizantes, sino que simplemente té. 

-¿Cuál es el secreto para no solo correr una ultra trail, sino que además ganar?

-No hay una poción mágica, aunque creo que necesitas al menos un par de cosas. Lo primero es entender y valorar los fracasos. En mi caso, en el colegio, en la universidad, muchas veces corrí para tratar de impresionar a otros y no porque lo disfrutara. Ahora, en cambio, solo corro para mí. El segundo error es entrenar demasiado. Aunque siempre se requiere un trabajo duro, dedicación y sacrificio, no tiene sentido pasarte de la raya porque al final te juega en contra. 

-Ok, pero muchos entrenan tanto como tú. O incluso más porque quieren ser campeones. Pero finalmente no lo logran y tú les sigues ganando. ¿Dónde está la diferencia? 

-Es verdad. Todos necesitan entrenar mucho y efectivamente lo hacen. 

-¿La diferencia está en la mente entonces?

-En 2013, cuando corrí mi primera carrera de 160 kilómetros, había muchos buenos ultra runners. Pero ese día me sentí especial. Tenía 36 años y tras haber corrido mucho, a diferencia de antes, tenía paciencia y algo de sabiduría. En el ultra trail, muchos de los que compiten parten rápido y se gastan muy luego. En este tipo de carreras la parte sicológica es la que hace la diferencia. Imagínate: corres 80 kilómetros, que es una barbaridad, y cuando estás destruido, tienes que correr 80 más. Es en ese momento que la mente empieza a hacer lo suyo y ahí muchos ignoran el dolor o se hacen los tontos. Yo en cambio lo enfrento y le doy la bienvenida. Disfruto la experiencia. Aprendo del sufrimiento. 

-¿Y qué diablos se puede aprender del dolor?

-Aprendes de lo que eres capaz. Dices ¿cómo voy a correr 180 km? Y resulta que puedes. En el ultra trail piensas más de lo que la gente normalmente piensa que puede hacer. 

-Has hecho del combate a la depresión parte de tu marca personal.

-Ahora soy capaz de hablar más abiertamente de lo que me pasa, al menos mucho más de lo que podía hacerlo seis años atrás, cuando volví a correr. Todo esto es nuevo y aún estoy descubriendo qué es lo que me sucede. A veces crees que la vida será lo que piensas cuando eres joven: irás a la escuela, luego a la universidad, tendrás un buen trabajo, te casarás y tendrás una buena jubilación. Pero entremedio te das cuenta de que las cosas no ocurren como las tenías planeadas. Así que ahora prefiero vivir el momento, lo cual es particularmente difícil para mí. 

-¿Por qué a la gente le dio por correr? Y cada vez distancias más largas y extremas. Primero fueron las maratones, luego el trail y, como si eso fuera poco, el ultra trail. ¡Todos corren como animales! ¿Por qué?

-Creo que hay al menos un par de razones que lo explican. En los 70, los hombres pensaban que las mujeres no eran capaces de correr maratones. Pero resultó que sí podían, y muy bien, y en ese momento se rompió una barrera. Hoy, mucha gente se está animando a correr ultra trails y, desde entonces, otras barreras se han roto. De partida, porque ahora sabemos que una persona normal sí puede correr 160 kilómetros. Creo que, en buena medida, lo que explica que la gente se haya lanzado a correr es que se dan cuenta de que es mucho lo que pueden hacer.

-Pero cada vez la cosa se pone más extrema. Y, si ya el trail es exigente, más el ultra trail. ¿Qué vendrá ahora? ¿El trail imposible? ¿Para qué correr y correr?

-Supongo que es parte de lo humano: hacer que lo imposible se vuelva posible. Pero hay otra cosa: el mundo está cada vez más complicado, confuso, enredado, tanto que hay lugares donde todo se cae a pedazos. En medio de eso, correr es una forma de desconectarse Es escapar de los edificios, de los problemas, y reconectarte con la naturaleza. Supongo que todas las personas van descubriendo qué es lo que les hace bien. Yo descubrí que correr es mi medicina. 

-Al final correr es más que correr.

-Es algo espiritual. Es complicado explicarlo, pero tiene muchas capas. Correr no es solo correr. Muchas piezas se deben conectar para que esto funcione 

-Estuve un tiempo escribiendo las memorias de un célebre entrenador chileno de largas distancias. Él decía que, en carreras muy largas, otra persona pasaba a comandar tu cuerpo. 

-Estoy totalmente de acuerdo. Cuando corres más de 80 kilómetros, el dolor empeora a cada momento. Dices “no puedo hacer esto”, pero extrañamente algo pasa y de pronto te das cuenta de que sí puedes. Eso es porque pasas a un nivel diferente. Entras a lo desconocido. 

-Quieres decir que, en ese momento, no sabes lo que pasa realmente.

-No.

-Pero sí sabes de lo que eres capaz.

-Si estás entrenado, todo es más agradable. A veces duele, pero lo disfrutas. Igual tienes que saber qué vas a comer y, en la noche, cómo te protegerás del frío. En las carreras te haces daño y nunca sabes qué puede pasar. Por lo mismo, trato de cuidarme y no ir en la punta, pues mi objetivo es correr mi propia carrera. Lo que me gusta es la sensación de correr. La posibilidad de olvidarse de todo.